Martes, 21 de Octubre 2025

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“¡Éste es muerto...!”

Por: EL INFORMADOR

Querer convertir a Fernando Martí en el santo laico protector de las víctimas de secuestros en México —los propios secuestrados, sus familiares y la sociedad en pleno, amenazada por uno de los crímenes más repugnantes que eso que llaman “El Rey de la Creación” ha discurrido—, es injusto. Tan injusto, por lo menos, como las celebraciones triunfalistas que en su momento se hicieron a raíz de la liberación de Ingrid Betancourt, hace unas semanas, por parte de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia. Desgarrarse las vestiduras por el secuestro y asesinato del joven hijo de un prominente empresario; cubrirse la cabeza de ceniza porque entre sus plagiarios había antiguos policías; “exigir”, a partir de esos hechos, “acciones concretas”, y conseguir, en efecto, que las autoridades parezcan despertar, como si se tratara del primer hecho de esa naturaleza, representa cierto desprecio a las demás víctimas, pretéritas o actuales, de esa ralea de delincuentes, y una burla a la inteligencia de todos los ciudadanos.

—II—
De entrada, queda la sensación —por no decir “la convicción”— de que fue necesaria una víctima prominente para que la irritación social encontrara eco en la clase gobernante. Bastó con que una asociación civil pusiera el grito en el cielo, para que el Gobierno federal convocara —por vez primera— al Consejo Nacional de Seguridad Pública, y el jefe de Gobierno del Distrito Federal promoviera una “cumbre”. En uno y otro caso, la agenda consistirá en rehacer lo que hasta ahora se ha hecho en forma deficiente y en medida insuficiente.
Una vez que se pase de las reacciones presentes, dominadas por la emoción, a las acciones futuras —regidas, se espera, por la razón—, es probable que se compruebe que la “alta seguridad” de los penales no depende de los materiales de construcción con que se elaboran, sino de impermeabilizarlos contra la corrupción. Es probable que los hechos den la razón a quienes sostienen que las altas penalidades no son disuasivas para los delincuentes.

—III—
Por lo pronto, es una pena que la moraleja de la historia, considerando cuál fue el catalizador de estos hechos, sea la misma del consabido, grosero chascarrillo: “¡Éste es muerto...!”, (etc.).

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