Sábado, 15 de Noviembre 2025
Jalisco | Entre veras y bromas, por Jaime García Elías

- Ruina

Llamar, pues, niños, “ciudad amable” a un conglomerado urbano, implica reconocer y rendir homenaje a sus atributos

Por: EL INFORMADOR

“Amable”, queridos niños, es uno de los mayores ornamentos morales al que puede aspirar una persona. “Amable”, como posiblemente ya os lo imaginabais, es una hermosa palabra que comparte la misma raíz que el verbo amar y el sustantivo amor: dos de los vocablos más hermosos que existen en la lengua castellana. Amar, además de todas las cosas bellas que desde la antigüedad más remota han escrito los poetas, es, a decir de los lingüistas, el ánimo o disposición permanente de desear y procurar la felicidad del objeto o la persona amada. Merece el epíteto de “amable”, por tanto, la persona educada, afectuosa, servicial en el mejor de los sentidos.

—II—

Llamar, pues, niños, “ciudad amable” a un conglomerado urbano, implica reconocer y rendir homenaje a sus atributos: las bondades de su clima, la  armonía de su traza, la dignidad de sus edificios, el encanto de sus barrios, el decoro de sus casas, el talante afable de sus habitantes...

Llamar “ciudad amable” a alguna, la que ustedes quieran, es uno de los mayores elogios que pueden dedicársele. Una ciudad que a lo largo de su historia y por su conducta cotidiana se gana ese adjetivo, invita a sus habitantes a esmerarse en su cuidado: invita a conservar lo que a ella la enaltece y a ellos los honra; invita a mejorar y acrecentar, incluso, sus timbres de orgullo.

Una ciudad así invita a sus visitantes a respetarla, a envidiarla, a imitarla... y, de ser posible, a poseerla: a tener el anhelo de formar parte de ella. Por eso Chesterton, escritor inglés de finales del siglo XIX y principios del XX, decía, sabiamente, que “El hombre es de donde quiere”.

Ahora bien, niños: si una ciudad que tuvo justa fama de ser, por todo lo que  hemos dicho, “ciudad amable”, de repente se muestra desordenada, sucia, ruidosa, maloliente, insegura; si sus habitantes, antaño cordiales, se tornan hostiles; si por todas partes resplandecen las señales de descuido y las expresiones de patanería; si en sus calles, por la noche, se respira el miedo; si sus visitantes advierten el abandono y la dejadez de sus moradores y la incompetencia de sus gobernantes, estamos hablando de su deterioro físico; de su decadencia moral. En una palabra, de su ruina.

—III—

Tarea: un ejemplo, de preferencia cercano, de ciudad que, a partir de los conceptos que hoy hemos manejado, esté labrando meticulosamente, día con día, su propia ruina... Hasta mañana, niños.

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