Me cuesta trabajo entender por qué un Gobierno se mete en tantos problemas queriendo volver a nombrar lo que ya tiene nombre. Los sucesos del 1 de mayo no son ni terrorismo ni vandalismo, son atentados del crimen organizado o violencia del narcotráfico- lo que siempre han sido. Entiendo menos por qué este apelativo suena tan corto que hay que buscar un calificativo más contundente. Los bloqueos son lo que son: actos del crimen organizado para demostrar su fuerza territorial, su capacidad operativa y su eficaz logística. Pero, si el Gobierno y la oposición lo colocan en la mesa, entremos al debate conceptual.Para empezar, debo decir que bajo ningún análisis serio, los hechos del viernes primero de mayo son actos de terrorismo. El terrorismo, por naturaleza, debe de tener un objetivo político. Tenemos casos a nivel mundial como el de las FARC en Colombia o ETA en el País Vasco. Y aunque la Real Academia Española (RAE) define terrorismo como todo acto que infunde terror, queda claro que es una simplificación; la RAE no se encarga de dirimir debates conceptuales. Si fuera eso el terrorismo, un acto terrorista sería desde un asalto a mano armada hasta el secuestro de una persona. El objetivo del narcotráfico no es político, sino económico; sólo rivaliza con el Estado en la medida en que éste último le pone barreras a su posibilidad de comerciar libremente estupefacientes. No hagamos del concepto terrorismo, uno de esos “cacha todo” que pierde total y completa eficacia para definir lo que vivimos.Tampoco es vandalismo, aunque la misma RAE lo defina como “espíritu de destrucción que no respeta cosa alguna, sagrada ni profana”. Y es que aquí nos enfrentamos a la disociación del uso cotidiano del concepto; el vandalismo se entiende socialmente como ataques a infraestructura pública y privada, aunque no de grandes consecuencias. Por supuesto que hubo vandalismo el primero de mayor, pero no sólo vandalismo.Nombrar las cosas siempre es importante. Lo fue en México cuando en el año 68, el debate sobre las manifestaciones universitarias versaba en la dicotomía entre estudiantes democráticos que buscaban que el país cambiara y la narrativa oficial que los identificaba como agentes de la Unión Soviética en México. O cuando en la guerra de Calderón, llamamos desaparecidos a los hijos perdidos y no jóvenes que andaban en malos pasos. Nombrar siempre es importante, nos ayuda a dimensionar, pero en entornos polarizados nos pueden hacer perder el rumbo.Sin embargo, el debate en Jalisco en los últimos días, se encuentra muy lejos de plantear esos objetivos. Me parece que hay en la batalla de narrativas, en las diferencias conceptuales, una intención más partidista que objetiva. Los que dicen que fue terrorismo, no lo hacen porque lo crean, sino porque lo juzgan conveniente en esta coyuntura electoral. Los mismos que decían que no era terrorismo los bloqueos en el sexenio de Emilio González, ahora mágicamente creen que con el PRI sí son actos terroristas. Igualmente, el Gobierno, al hablar de vandalismo, y de acciones de unos cuantos jóvenes drogados, le quiere restar importancia a un hecho que expresa muchísimo del control que tienen los narcos del territorio en nuestro Estado. Los debates son fundamentales, pero en esta coyuntura se encuentran realmente contaminados de intereses, prejuicios y cortoplacismo.Olvidémonos de terroristas o de vándalos, ninguna de esas etiquetas sirve para definir lo que vivimos hace 10 días. El crimen organizado en Jalisco demuestra que tiene la capacidad de infundir miedo, poner a las autoridades contra las cuerdas y operar territorialmente con amplia impunidad.Es el añejo reto del narcotráfico contra las instituciones de Gobierno. Es un problema de ingobernabilidad e incapacidad del Estado para brindar seguridad. Con esos problemas tenemos, no estamos como para inventarnos otros.