No debe sorprender a nadie que la campaña oficialista en Venezuela gire en torno al mito en que se convirtió a su muerte Hugo Chávez Frías. Tampoco debe extrañar que el presidente en funciones y candidato bolivariano, Nicolás Maduro, no haga otra cosa que referirse a su padre putativo, su mentor, su guía, en cualquier oportunidad, algo así como cinco mil 500 veces en el último mes, pero en el tono se pueden encontrar verdaderas perlas japonesas. La última, ayer, cuando Maduro se aventó la ocurrencia de decir, a propósito del arranque formal de la campaña, en el patio de la casa natal de Chávez en Sabaneta, en el Estado Barinas, que al orar en una pequeña capilla, sintió que éste se le apareció “en forma de pajarito chiquitico” y lo bendijo; “lo sentí ahí como dándonos una bendición, diciéndonos: ‘hoy arranca la batalla. Vayan a la victoria. Tienen nuestra bendiciones’. Así lo sentí yo desde mi alma”. El entorno, por supuesto, embelesado, al punto del llanto que sólo es posible por la máxima alegría ante la revelación del pajarito que entró a la capilla, dio tres vueltas, “se paró en una viga de madera y empezó a silbar, un silbido bonito”. Claro, no hay otra explicación posible que el espíritu de Chávez dando la bendición. Estamos ante un auténtico liderazgo mesiánico, en el que Maduro es el representante en la tierra de esa suerte de nueva deidad bolivariana que es Chávez, que además, le habla y aconseja y el que no lo crea, no es más que esbirro de la oligarquía, un traidor a los más altos y sentidos valores de la Patria y del pueblo. Ese es el planteamiento, y por más absurdo que parezca, lo realmente grave del caso, es que funciona, lo suficiente para oficializar al ex conductor del metro de Caracas y líder sindical como máxima autoridad en Venezuela. Ver a Nicolás Maduro silbando como pajarito, el decir que es el espíritu de Chávez que lo bendice, no debería representar algo más que una postal simpática de una persona que ha decidido despojarse de cualquier rasgo propio de personalidad y apostar su futuro, su vida misma al sacerdocio de una nueva religión en la que Chávez es la deidad. Pues sí, pero se trata del hombre que sin duda habrá de gobernar Venezuela y que en el lance intentará perpetuar una dictadura amorosa, bolivariana, revolucionaria, buena y santa, pero dictadura en fin, y más notable aún que exista a estas alturas del partido global, un pueblo que se manifieste, en su mayoría, tan conforme con eso de que el espíritu de Chávez, el cristo redentor bolivariano, los seguirá gobernando desde el cielo a través de su mensajero, Nicolás Maduro. Lo que sucede en Venezuela sería hasta divertido si se tratase de la segunda parte de la película de Woody Allen, ''Bananas'', pero no, es la realidad en una nación que, gracias a su petróleo, tiene altísima influencia en todo el Cono Sur… de ese tamaño.