Una mujer tiene el derecho intacto de interpretar el mundo, así sea friendo chícharos en la cocina, decía Sor Juana Inés de la Cruz, la gran escritora del México colonial, monja jerónima, alguna vez dama interlocutora de virreyes y virreinas. Contaba esa anécdota Marcela Lagarde, maestra en muchos sentidos de quienes hemos ido aprendiendo en nuestro país el ser feministas. Sor Juana lo decía tras el silencio al que fue obligada por “salirse del huacal”, cuando su capacidad de lectora, poeta científica y teóloga de la época molestó, pues “no era lo que le correspondía” (según retorcidas mentes controladoras inquisitivas). Un huacal es un contenedor donde se acomodan cosas conocidas. Se les traslada y distribuye, y cuando alguna de ellas se mueve, por perdida debe tenérsele, pues su sitio era dentro del huacal, dócil, modosa, acomodable. Salirse del huacal, pues, interpretar el mundo, es derecho de las mujeres, desde una cocina o el patio íntimo; desde el sitio donde dicen sí o no; donde deciden hornear sus propias recetas, inventar sus reglas, practicar sus modos de leer una realidad que las interpela. Desde el enorme poderío que da alimentar al mundo (que me perdonen los chefs masculinos), una mujer no sólo decide sabores, texturas, puntos de cocción, formas de limpiar y presentar los alimentos. También se pregunta cuántos caben en su mesa, a quiénes le gustaría invitar, cómo haría que mejor conversaran entre sí, qué bebidas servir y cómo salir del apuro si caen más de los que esperaba. Pero sobre todo, en ese laboratorio de la vida que es su cocina o cualquier lugar donde interprete el mundo, una mujer (o quien quiera ponerse en sus zapatos), se pregunta por el hambre en su país, por el sentido de los programas para paliar ese déficit de humanidad, por las políticas públicas para arrancar como malas yerbas las múltiples desigualdades que son nuestro principal mal y principal desafío en México. Por eso son importantes los mercados. Son el sitio donde las mujeres (y quienes quieran imitar sus virtudes interpretativas del mundo) socializan en torno a las necesidades más elementales de su entorno: alimentos, plantas curativas, cruce de caminos entre la ciudad y el campo, entre lados asoleados de la vida y lados atribulados; mesa en común donde somos semejantes: distribuidoras, marchantas, vendedoras independientes, consumidoras ávidas de sabores y remedios de infancia. No quiero caer en lo de roles asignados. He conocido señores que eran los mejores amos de casa de su hogar mientras sus esposas se desempeñaban en la academia, la investigación, la vida pública. Bienaventurados y bienvenidos al reino de Sor Juana, les diría: también ustedes, en lo cotidiano, en lo aparentemente minúsculo, cultivan el derecho a interpretar el mundo, así sea friendo chícharos. Lo que importa es que, más allá de la ventana, alguien discierne y se sale del huacal. Esté libre: interpreta, lee su realidad, imagina, crea.