Viernes, 10 de Octubre 2025

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¿Quién es responsable del urbanicidio? Cambiar la ecuación de los desarrolladores

Por: Juan Palomar

¿Quién es responsable del urbanicidio?  Cambiar la ecuación de los desarrolladores

¿Quién es responsable del urbanicidio? Cambiar la ecuación de los desarrolladores

Las ciudades, para simplificar las cosas, son el resultado de una ecuación. En esta operación matemática participan varios factores que llevan a despejar una incógnita: la ciudad resultante. Los factores pueden ser los términos humanos, sociales, territoriales, somáticos, de sustentabilidad, económicos, estéticos… Es, obviamente, una operación compleja.

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Igual de compleja que la que resolvieron con éxito, y durante siglos, miles de pueblos y ciudades que lograron ser lugares satisfactorios para vivir. ¿Por qué ahora las cuentas que salen en tantas partes, no salen ciertamente entre nosotros?

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Porque hay por lo menos dos clases de ecuaciones que se utilizan para resolver el problema de la ciudad. Las que llamaremos urbanófilas; y las que serían urbanófobas, si no es que urbanicidas.

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Las urbanófilas: producen comunidad, habitabilidad, sana economía distributiva. Contienen los necesarios elementos para asegurar una apropiada vida urbana. Para no complicar las cosas, un ejemplo contundente: el casco tradicional de Pátzcuaro. (O los buenos barrios tapatíos). Deducir de allí la ecuación utilizada puede ser simple, y muy útil. Así se encontrará, derivada a nuestro medio, algunas grandes soluciones: como insertar invariablemente las nuevas viviendas y servicios en polígonos –hay miles- intraurbanos, en el redesarrollo de las áreas urbanas consolidadas.

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Las urbanófobas (y urbanicidas): producen empobrecimiento de la gente, inequidad, disolución de la comunidad, múltiples deseconomías, degradación del medio natural. Su ecuación es turbia, manoseada, manipulada para el provecho de unos pocos: desarrolladores sin escrúpulos, políticos igualmente corruptos, tácticas clientelares, resignación de los usuarios a contentarse con los resultados, resignación de la ciudadanía ante la injusticia. Ejemplos múltiples: la gran mayoría de los “desarrollos” extra urbanos que rodean a Guadalajara y otras ciudades. (Los llamados “cotos” son otro buen ejemplo de urbanofobia).

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¿Cuál es la clave que distingue una ecuación de la otra? El peso de las variables que se colocan en ellas. La ausencia o la insignificancia de otras. La más importante variable que se utiliza en las ecuaciones urbanófilas es el bien común (cuya vigilancia en su inclusión adecuada es obligación indeclinable del Estado). En cambio, la variable principal y determinante de las ecuaciones urbanófobas (y urbanicidas) es la ganancia de unos pocos, siempre los mismos: “desarrolladores” y políticos corruptos.

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El Plan de Ordenamiento Metropolitano (Potmet) propone un buen principio, que debe ser impulsado resuletamnte desde el Estado, para obtener buenas ecuaciones urbanas: de fondo, buscar una ciudad cercana, compacta, conectada y equitativa. (Pátzcuaro, los buenos barrios). Lo que demasiadas, más que demasiadas veces, se hace en Guadalajara, deriva de la ecuación del provecho personal, la especulación y la corrupción pública y privada: la ciudad distante, desconectada, dispersa y desigual. (Los “desarrollos” extra urbanos, los “cotos”, la mudanza pretendida por el Instituto de Ciencias para apoyar expresamente este modelo).

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Inmediatamente surgirán las coartadas: es que a lo mejor “eso es lo que la gente quiere”. “Es que el mercado (en realidad la especulación) manda.” “Es que la (famosa e intocable) TIR (tasa interna de retorno) no da.” “Es que así son las reglas.” Cualquier cosa se puede decir antes de asumir la propia responsabilidad, resolverse a ser radicales, a cambiar las cosas, a enfrentar al urbanicidio.

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Faltaría decir algo que, con todos los riesgos, es preciso decir: ¿Quién encabeza y guía el indispensable viraje, el establecimiento de buenas ecuaciones urbanas? Es una responsabilidad de todos, pero alguien tiene que trazar la estrategia, apoyada por ciudadanos, políticos, científicos de todas las disciplinas, técnicos, activistas... Hay que decirlo: el gremio de los arquitectos y urbanistas (que debe ser lo mismo, y que en Pátzuaro era múltiple) tiene esa muy alta y grave responsabilidad social y profesional. Por más que se sigan oyendo voces timoratas e irresponsables, por más que se quiera seguir enturbiando la ecuación con especiosos rollos. Basta revisar la historia, aprenderlo.

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Se puede plantear, desde hoy, con imaginación, ciencia y audacia la buena ecuación urbana. Nunca será perfecta. Pero la justicia y la sustentabilidad no pueden ser postergadas ni un día más.

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