Luis Urquiza, director de Obediencia perfecta, película basada en el poder enorme de Marcial Maciel, fundador de los Legionarios de Cristo, centra su film en un caso concreto: la relación de abuso entre el cura pederasta y un seminarista niño. No se detiene en un análisis macro sobre la red de relaciones y complicidades que fue tejiendo el siniestro personaje, conminado por Benedicto XVI al silencio y a la penitencia por sus fallas. Subraya, en cambio, la operación de seducción, control y mentiras que precede y acompaña al abuso sexual. Conviene a padres y madres de familia verla, para “tomar providencias”, y crear conciencia de un problema que la Iglesia Católica ha ido afrontando a tropezones. Lo ha hecho tardíamente, con grandes costos, pero con pasos que esperamos más decididos y firmes, a fin de que no se nuble su valiosa obra civilizatoria, su innegable rostro luminoso y solidario. La Iglesia está siendo sometida a una valiente renovación por el Papa Francisco. Pero no será posible prevenir y erradicar la pederastia sacerdotal si no se abre a reconocer la plena dignidad de las mujeres. En la película es evidente cómo el discurso del poder abusivo de este sacerdote, descansó en menospreciarlas, reducidas a ser benefactoras, siervas, objetos sexuales o seres que encarnan el pecado. Marcial Maciel ya murió, no precisamente en olor de santidad, pero siguen vivas otras historias de abuso. Este 4 de mayo Sanjuana Martínez documenta en La Jornada el caso de otro sacerdote católico, Eduardo Córdova Bautista, que ha causado daño por décadas en colegios y asociaciones católicas de San Luis Potosí y que continúa siendo protegido por el arzobispo Cabrero Romero, quien “pide pruebas”, en sentido contrario a la determinación del Papa Francisco de combatir con firmeza la pederastia en la Iglesia. En su edición en Jalisco, el 5 de mayo Mauricio Ferrer publica en el mismo diario un dramático reportaje sobre la violencia física y sexual que por casi 30 años sufrió la familia, mujer e hijas, de un pastor de la Iglesia Cristiana, en Guadalajara. Brutal, ineficiente, fue la respuesta de las instituciones públicas encargadas de proteger a las víctimas. El DIF Jalisco, hacia 2002, les sugería propuestas de conciliación. Tampoco actuó el Concilio Nacional de las Asambleas de Dios, distrito Occidente. La Procuraduría de Justicia estatal, ahora Fiscalía, pese a denuncias previas, apenas detuvo al agresor en 2013. En una escena de Obediencia perfecta, una mamá desoye la petición desesperada de su hijo para escapar del seminario. En nuestra cultura patriarcal suele prevalecer la voz de varones, curas, pastores o seglares, y poco se escucha a las víctimas, mujeres, niños, niñas. Cambiar esto requiere un trabajo generacional de afinación sensible y fina de nuestras maneras de entender y vivir las relaciones interpersonales. Amar a los semejantes, primer mandamiento evangélico, comienza con el amor a una/uno mismo. Y suena a blasfemia invocar a Dios para dañar a otros.