Si algo me rebuzna en esta vida, es que se instale la universal afirmación de que todas las mujeres estamos cortadas por la misma tijera, o que se reitere que todos los hombres, sin excepción, son iguales. Será por eso que también me indigesta la ociosa difusión de chistes sexistas que destacan la valía de un género sobre otro, porque siempre he pensado que todas las mujeres, por el simple y llano hecho de habernos ataviado de rosa desde nuestro nacimiento, merecemos respeto, consideración, buen trato y, si no es mucho pedir, hasta detalles gentiles por parte de los varones. He tenido entre mis piensos que tan dilecto tratamiento debe pronunciarse, en particular y de forma mutua, cuando uno de esos muchos señores que pueblan el planeta hace las negociaciones correspondientes para adoptarnos como su compañera de vida y resuelve compartir con nosotros techo, comida y deudas hasta que la muerte (o un buen abogado) disuelva esa alianza de voluntades y recopilación de tiliches. Pero seguramente mis baratas filosofías sobre la lealtad marital no contemplaron la existencia de algunas mujeres, como cierta lejana pariente política con la que de manera fortuita y transitoria coincidí en un viajecillo de tres días al finalizar el año, que más le habría valido descubrir a tiempo su vocación de monja cartuja, recluida lejos de la gente y el mundanal ruido, antes que desgraciarle la vida a un inofensivo prójimo y su descendencia. Nunca he sido partidaria de la violencia ni de los remedios agresivos para hacer que las cosas cambien de modo radical. Poca fe les tengo a los arrebatos verbales y deploro los ajustes de cuentas conyugales que se hacen en público y hasta buscan la complicidad del propio género para imponerse. Pero, si aquel mozo de buen ver y mejor hablar, en algún punto de la convivencia hubiese dejado aflorar su dignidad irguiéndose para estampar sus cinco huellas digitales en ambos lados de la cara de quien se decía su esposa, por lo menos tres de los ahí congregados le habríamos vitoreado, aclamado y hasta paseado en hombros. Todo fue conocerla y cruzar apenas tres palabras con ella, para darme cuenta de que me encontraba frente a un genuino espécimen de esos que desacreditan al gremio femenino entero. Aquella mujer era, ni más ni menos, la versión encarnada y semoviente de eso que los hombres, en el más despectivo de los tonos, llaman “vieja” y todavía se atreven a instalarla como igual que todas las de su género. Era, pues, una virtual amenaza para el equilibrio psicológico de cualquiera y un verdadero atentado contra el orden social establecido entre quienes le rodeábamos. Enlistar sus desatinos, a razón de cinco por hora, de las 72 que compartimos durante un fin de semana en una casa de campo, sería tan extenuante como el ritmo al que pretendía hacer marchar a su marido e hijos. Porque el pobre hombre comía o dejaba de hacerlo, porque empinaba el codo o probaba una cerveza y la dejaba a medias, ya estaba la doña lanzándole respingos y observaciones. Porque danzaban o se quedaban quietos, porque entraban o salían, porque se abrigaban o descobijaban, porque volaba la mosca o caminaba la araña, a los hijos no les iba mejor. Por fortuna, y porque se encontraba en público, imagino que la belicosa mujer midió sus descarados reproches. Aunque sus actitudes me dieron en el hígado, por cortesía anoté su teléfono que gustosa compartiría con quien decidiera contratarla para ambientar, con su voz chillona y sus tonantes gruñidos, la mansión del terror en cualquier feria. Pero que no vuelva yo a escuchar que alguien se atreva a decir que todas las mujeres somos iguales, porque se las presento.