Sábado, 11 de Octubre 2025

LO ÚLTIMO DE Ideas

Ideas |

La vida es juego

Por: Paty Blue

Y los juegos, juegos son, completaría el título enunciado, parafraseando el poema más popular del insigne Calderón de la Barca. Así que no me vengan a decir que, a cierta edad, los humanos debemos adoptar la solemnidad y circunspección como única y válida manifestación de la experiencia porque, imagínense nomás, viejos y ceremoniosos, nos volveríamos tan insoportables, como esa pariente que me sugiere que ya era tiempo de que adopte yo una actitud más mesurada y acorde a los años que llevo como pobladora en el planeta y que, ciertamente, para expresarlos necesito extender ambas palmas y darles cinco vueltas y pico, por anverso y reverso. Pero no es aquí que quiero platicar sobre la edad ni sus estragos (sobre todo, mentales, en algunos casos), ni del especial empeño que pongo en no proyectarme como una vetusta cacatúa, de ésas que amargaron mi infancia apresurada y purgaron mi adolescencia arrepentida, sino del asunto del juego, que ése sí ha marcado mi vida entera y es hora que no puedo sacudirme la excitación que me provoca, la emoción que me infunde, el entusiasmo que me desata y que me ha llevado, tanto a caer en toda suerte de desatinos, como a experimentar diversas y significativas pérdidas. Nunca me he preocupado por indagar si la ludofilia (nombre catrín del amor por el juego) me llegó por la vía genética o fue un vicio adquirido en cuanto tuve uso de razón. Para hacerlo, tendría que remontarme a mis lejanos e ignotos ayeres de donde sólo rescato la necedad con que imploraba a mis hermanas mayores que nos sentáramos a jugar lotería, serpientes y escaleras, palillos chinos, matatena, burro castigado o cualquiera otra inocente jugarreta de mesa, excepto, turista, que siempre me provocó un insalvable sopor capitalista. Desde entonces debí haber advertido la indómita compulsión que me agarra con cada nueva afición que pesco pero, como no fue así, en cuanto conseguí mayor libertad, independencia y un novio que me develó el fascinante mundo del boliche, mi vida no tuvo otro derrotero que abatir pinos y elevar promedios, a costa de dilapidar mis tempranas quincenas en largas sesiones de juego. Por ái de la quinta ocurrencia al bol de nuestras preferencias, e incapaz de seguirle costeando la afición a aquella prenda tan amada como gastalona, el novio incitador desapareció, pero me dejó a expensas de lo que siempre he considerado como mi primer gran vicio sin beneficio y el detonante por el que nunca aprendí a administrar mis centavos ni a darlos por mejor empleados. Una vez casada con un sujeto mucho más cauto que yo, tarde se me hacía que llegara el sábado para enfrascarnos en reñidas aunque gratuitas tandas de dominó, y con ansia aguardaba las tardes de jueves para darle a la barajita con mis parientes, habiendo pasado por incontables sesiones de Maratón y dominó cubano, cuando éstos se volvieron moda. Así las cosas y una vez probado el fascinante embrujo de las máquinas tragamonedas (por un fugaz viajecillo a la capital del pecado), más tardaron en abrir el primer antro de juego en nuestra ciudad, que yo en hacerme presente para engordarles el caldo. Por fortuna, y aunque mi pariente piense que me hace falta conducirme con más prudencia, a la segunda despelucada me convencí de que la única manera de ganar en un casino es comprándolo, así que ya estoy haciendo mi alcancía. Mientras tanto, sigo dilapidando el tiempo que podría emplear de mejor manera, frente a la computadora, como una más de tantas víctimas del Facebook y sus jueguitos zonzos.

Recibe las últimas noticias en tu e-mail

Todo lo que necesitas saber para comenzar tu día

Registrarse implica aceptar los Términos y Condiciones