Domingo, 19 de Octubre 2025

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La pesadilla de la orfandad

Por: Antonio Ortuño

La pesadilla de la orfandad

La pesadilla de la orfandad

Hace unos días, uno de nuestros santones literarios se preocupaba en un programa de radio por el futuro de las letras mexicanas. Algunos de los colaboradores mostraban, a tono con el profeta, una profunda inquietud: ¿surgirán en México nuevos autores que remplacen a las nuestras ya agonizantes vacas sagradas del siglo?

Tales desgarros apocalípticos, creo, resultan una exageración. Imaginemos una biblioteca que no contenga un sólo libro escrito por un tlaxcalteca. O un queretano. O un nativo de Perrosbravos, Nuevo León. Concebirla no debería resultar demasiado difícil. ¿O acaso importa quién es el rey del monólogo interior en Irapuato, el amo del calembour en Naucalpan, el supremo sonetista de Tapachula? La patria de un autor, si alguna requiere, es su idioma: no cuatro cerros pelones y una bandera.

Imposible angustiarse por el futuro de la literatura mexicana, al menos como lector. Si repentinamente nadie en el país fuese capaz de esgrimir la pluma —o machacar el teclado— con alguna gracia, pues leeremos guatemaltecos, vietnamitas o naturales de Andorra.

Pero eso no pasará. México nunca ha carecido de ciudadanos y habitantes que justifiquen la práctica literaria. Tablada y López Velarde, Reyes y Paz, Ibargüengoitia y Tario, Elizondo, Rulfo y Arreola durante el siglo pasado. Y ahora mismo, Juan Villoro, Mario Bellatin, Enrique Serna, Yuri Herrera, Guadalupe Nettel, David Miklos, etcétera. Quizá no estemos presenciando un florecimiento masivo de las bellas letras —y eso que menudean los talleres literarios y pululan las escuelas de escritores—, pero es posible localizar propuestas sólidas, que exploran con acierto muy diversos territorios.

La inexistencia de literatos capitales en nuestros días es, pues, ilusoria. Algo está en marcha, en alguna parte. Los compañeros de secundaria de Jorge Cuesta debieron sufrir sus pullas sin enterarse que eran el germen de un discurso tan lúcido como feroz. Resulta imposible prever la trascendencia futura de los escritores. Esta misma noche puede alumbrar una obra que será referencia indispensable para los actuales lactantes.

Además, muy pocos autores pueden presumir de pisar un suelo definitivamente firme en el interés público o especializado. La fortuna es voluble, decían los latinos. Amos incuestionables de la poesía popular del siglo XIX, Juan de Dios Peza y Amado Nervo fueron tan aplaudidos en su tiempo como algunos de sus discípulos en el nuestro, y entre sujetos esencialmente similares. Y ambos fueron más tarde olvidados, en beneficio de poetas más apropiados para la oreja de su auditorio. Por ello, me temo que el sentimiento de orfandad —la falta de fe en que los nuevos literatos trascenderán—, resulta inevitablemente una exageración.

¿Qué los jovencitos no dan aullidos de gusto al leer la prosa espléndida de Fabio Morábito y prefieren las monsergas de don Eduardo Galeano? Peor para ellos. Incluso tras sufrir esa decepción, debería ser posible conciliar el sueño esta noche.

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