Sábado, 11 de Octubre 2025

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La lección de Culiacán

Por: Juan Palomar

La lección de Culiacán

La lección de Culiacán

Hace treinta años un ingeniero civil de Culiacán, formado en Guadalajara, Carlos Murillo Depraect (1925-2006), se propuso una noble empresa que ha logrado transformar a esa ciudad. Al efecto, logró convertir 10 hectáreas de propiedad oficial en un extraordinario jardín botánico que fue su pasión hasta el día de su muerte.

El Jardín Botánico de Culiacán es una institución modelo para todo el país. Contiene una inapreciable colección vegetal fruto de décadas de esfuerzos del ingeniero Murillo y sus colaboradores. Actualmente se encuentra bajo la dirección del hijo del fundador, el también ingeniero Carlos Murillo Michel. Es de resaltar el más que generoso patronazgo de una asociación civil que impulsa el proyecto, y particularmente de Agustín Coppel.

Estar en el jardín produce una sensación invaluable: la de que en este país es posible realizar empresas como ésta, de gran beneficio social, científico, ecológico y urbano. Su funcionamiento y manutención son impecables. Estar allí genera, casi por ósmosis, un bienestar espiritual y físico que experimentan sus decenas de miles de visitantes anuales. El contacto con el mundo natural, en estos términos, es sumamente saludable e instructivo. Especies rarísimas y comunes se pueden apreciar en todo su esplendor: su vigor y lozanía son gratificantes. La apertura al mundo y sus distintas especies que entraña el enfoque de este Jardín Botánico es sumamente interesante y enriquecedora. El ingeniero Murillo introdujo en México, por ejemplo, al olivo negro y la wedelia, entre otras especies.

El aprendizaje que un jardín botánico otorga al observador atento es, en términos estrictos, edificante. La infinita sabiduría de la naturaleza ofrece oportunidades de reflexión y discreto crecimiento personal que son un verdadero patrimonio para la comunidad, que en el caso de Culiacán, así lo ha comprendido y asumido.

Es inevitable referirnos, por contraste, al caso de Guadalajara. Tenemos, desde hace más de doscientos años, un pequeño jardín botánico que, con muy desigual fortuna, se encuentra enfrente del Hospital Civil. Es todo. Los loables esfuerzos del ingeniero Óscar Valencia Pelayo por realizar un jardín botánico a la dimensión e importancia de la ciudad, en la ceja de la Barranca de Oblatos, no han encontrado aún el merecido apoyo y es urgente colaborar con ese muy valioso esfuerzo ya emprendido desde hace años.

En el Jardín Botánico de Culiacán, gracias también a Agustín Coppel, se encuentra además una colección de intervenciones artísticas —curada por el tapatío Patrick Charpenel— que constituye también un muy valioso acervo de arte contemporáneo.

Culiacán, y el ingeniero Murillo Depraect, le han puesto un ejemplo a todo el país difícil de superar. Es la muestra de cómo gestionar, materializar y conservar un ámbito natural que, además, ha logrado extender su benéfica influencia regeneradora, a través de la vegetación, a toda la ciudad. Guadalajara y todas las ciudades de México deberían de aprender de esa muestra para el inmenso beneficio de su población.

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