Viernes, 10 de Octubre 2025

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Jeroglíficos emocionales

Por: José Luis Cuellar de Dios

Jeroglíficos emocionales

Jeroglíficos emocionales

El nacimiento de un hijo con discapacidad es un asunto difícil de enfrentar, la desazón y el escepticismo que de inmediato aparece en la vida emocional de la pareja conduce –con más frecuencia de la deseada– a una fatigada y errónea capacidad de analizar el reto con lucidez. A pesar de la asistencia psicológica indispensable y pronta que se requiere, tanto la madre como el padre desarrollan un síndrome de “paraíso perdido” –el término es mío–, cuyo primer e inevitable síntoma es desarrollar una peligrosa tendencia a aparecer como victima, en otras palabras, hacernos sujetos de lástima... lástima soterrada que si bien busca justificadamente apoyo y comprensión, de no atenderse, combatirse y controlarse adecuadamente se convierte en comportamiento irresistible y casi inconsciente, a tal grado perjudicial que se instala en nosotros como un pálpito presente que al menor descuido se enraíza como angustiosa opresión. Madre y padre deben prepararse para enfrentar de ahí en delante el dolor que causa la ignominia de la indiferencia de parte de los seres que nos rodean, por demás explicable dada nuestra peculiar condición humana: primero yo; luego, quizá tú. Ante tal disyuntiva habremos de evitar hacer una taxonomía del ser humano bajo el criterio de la dicotomía absoluta: el ser humano es bueno o malo y lo que hace es correcto o incorrecto. Padecer el síndrome de “paraíso perdido”, es decir, convertirse en un sujeto permanente de lástima es un impulso sentimental tan imbricado, subjetivo, personal y aparentemente inconciente, que como muchos de nuestros desajustes emocionales se niega en una primera instancia, lo que lleva a un tardío abordaje del asunto que pronto acarrea serias consecuencias: “¡no quiero que me quieran!”, la más peligrosa de ellas. El riesgo de ser presa de este peligroso síndrome y sus lamentables consecuencias, es más profundo que aparente, de no recibir el trato y la atención que suponemos merecemos, es muy difícil que las relaciones con nuestros semejantes se desarrollen tranquila y coherentemente; siempre concluiremos que recibimos menos de lo que esperamos, sin darnos cuenta que lo que esperamos es una febril utopía. El riesgo del síndrome de “paraíso perdido”, es vivir bajo el agobio de pesadillas recurrentes que luego nos conducen al desahucio social. Es obvio que si dejamos que la presencia en nuestras vidas de un hijo con discapacidad nos flagele nuestra dignidad, más temprano que tarde seremos practicantes eneritos de la gazmoñería y la tartufez. Refugiarnos en el asilo de los desengaños, abandonos y supuestas traiciones es desarrollar una personalidad marcada por la resignación fatalista, enfrentar la vida diaria con ironía y escepticismo es conducir nuestra vida a una ineludible decadencia emocional. Resolver el reto de cuidar, educar y convivir con un hijo en discapacidad a plenitud  es un acertijo pendiente y mucho me temo que seguirá siendo. Enfrentar esa traidora, subversiva y peligrosa pregunta de “¿por qué a mi?”, sólo se podrá hacer cuando la práctica diaria de la gimnasia del espíritu desarrolle de tal manera nuestra paciencia que lleguemos a convencernos, sin la menor duda ni el asomo del síndrome de “paraíso perdido”, que la cercanía con la discapacidad es entrar a un estado de gracia. Para terminar, sobrecojámonos con el arte siempre renacido de J. G. Cobo Borda cuando escribe: “Amor: dame la mano /  para salir / del tortuoso laberinto / donde te aguardo”. Amén de los amenes.

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