Por Xavier Toscano G. de QuevedoYa inició la cuenta regresiva, el reloj irá caminando poco a poco, y día a día para que finalmente —no hay plazo que no se cumpla— se llegue al medio siglo, y a la fecha exacta del feliz aniversario de la inauguración de la plaza de toros “Monumental de Jalisco”. Ese recinto edificado y que permanece de pie, gracias a la iniciativa de Leodegario Hernández, ya que sin él probablemente nuestra Perla de Occidente no tendría una plazas de toros. Se han cumplido casi las cinco décadas, tiempo que marca un antes y después en los hombres y la sociedad, es una fecha muy significativa para los acontecimientos en la vida de las personas y de nuestro entorno, no en vano se les nombra época, bodas, etc. “De Oro”, porque no es tarea fácil conseguir o lograr dicha meta, pero a llegar a ella el júbilo, las celebraciones son mayúsculas y con justificada razón, por ello y en espera de alcanzar tan significativa fecha para la “Monumental de Jalisco”, bien valdría recordar aquel histórico día del sábado 4 de febrero de 1967.Cuántas tardes de gloria se han visto, pero también qué cúmulo interminable de lamentables tardes de tedio y desperdicio, —la mayor parte vividas en la últimas tres décadas— tardes interminables de toreo fino, y tardes prescindibles de toreo burdo e insustancial, de animales vergonzosamente presentados, y de la representación inadmisible de la cancerígena mansedumbre, que tiene a la fiesta en la más deplorable y triste agonía.Pero mejor regresemos a nuestra histórica fecha. Han pasado un poco más de cincuenta y dos años, cuando en la mente de Leodegario Hernández se iba forjando la inquietud de construir otro coso más en nuestra ciudad. La noticia se desprendió pronto de la puerta de toriles de la indiscreción, el mundillo taurino — ¡siempre tan prudente y curioso!— se inquietaba; ¿qué, se quiere competir con el coso El Progreso y su empresario? Pero en aquellos años sí había alguien que contra todos los pronósticos tenía muy clara sus ideas. Y fue así que se gestaba ya la “Monumental de Jalisco”.Contra viento y marea comenzó la construcción del inmueble, poco a poco transcurrían los meses y aquellas primeras excavaciones de lo que anteriormente habían sido viejas ladrilleras, se iban transformando en graderías, palcos, ruedo, corrales, enfermería, capilla, etc. Era para mí un agradable pasatiempo ir y visitar la obra, con una modesta cámara de fotografía, donde iba guardando los avances de la obra. Fueron aproximadamente 24 meses de ardua labor constructiva, pero Leodegario Hernández había prometido a Francisco Medina Asencio, entonces gobernador de nuestro Estado, que durante su informe de Gobierno, tendría como festejo el inaugurar la plaza. Así, se redoblaron los turnos de trabajo y finalmente —aunque con algunos detalles inconclusos— se llegó la fecha del 4 de febrero de 1967, y el nuevo empresario taurino de Guadalajara cumplía su promesa, y así, la mañana de aquel sábado 4, el Sr. Cardenal José Garibi Rivera bendijo la nueva plaza de toros, después de finalizada la solemne celebración religiosa se dio pase al primer sorteo de los toros que habrían de lidiarse esa tarde, que provenían de la vacada zacatecana de José Julián Llaguno. Ante el juez Guillermo Padilla, salían de la copa de un sombrero los números de los toros para que se determinara el orden de su aperción en el ruedo. Después de efectuarse el sorteo, se procedió al encierro de los toros de Llaguno, y empezaba poco a poco, a escribirse la historia de la “Monumental de Jalisco”. Llegada las 16:00 horas, el gobernador Francisco Medina Asencio, acompañado por el entonces presidente municipal de Guadalajara, Eduardo Aviña Bátiz, políticos, empresarios y un número importante de aficionados, devela la placa alusiva a la inauguración, para después bajar por el túnel al ruedo y frente a la puerta de cuadrillas cortar el simbólico listón con lo que se inauguraba la “Monumental de Jalisco”.Pocos minutos después, a las 16:30 —tiempo taurino— el juez, Gustavo Padilla, y sus asesores, el matador Eduardo Solórzano y Enrique Aceves “Latiguillo”, ordenaron sonar clarines y timbales, para que se abriera la puerta de cuadrillas y tuviera lugar el “primer paseíllo”. Apareció como primer espada Joselito Huerta enfundado en un terno marfil y oro. Seguido del segundo espada Raúl Contreras “Finito” vestido de azul marino y oro, y finamente saldría al ruedo el regiomontano Manolo Martínez, delgado, con porte y figura de torero grande, y elegantemente ataviado en un terno obispo y oro. Bajo las notas del pasodoble “Cielo Andaluz” se llevó a cabo el primer paseíllo del nuevo coso.Los toros de José Julián Llaguno fueron bautizados con los siguientes nombres: “¿No qué No?”, en alusión a todos aquellos que no confiaron en los sueños de Don Leodegario. Los demás nombres fueron, “Jalisciense”, “Arandense”, “Jugador”, “Tequilero” y “Alfarero”. “¿No qué No?” salió marcado con el número 14, era cárdeno obscuro, vuelto de encornadura y registró en la báscula 440 kilos. Con este peso, era un toro con presencia, tenía edad y el público lo aplaudió de salida. Muchos años han transcurrido desde aquella tarde inaugural, que siempre estará presente en nuestra memoria, y que gracias a Dios nunca olvidaremos mientras Él nos preste la vida. Pero los atroces y tristes cambios ya se vivieron. Hoy seguramente que no habrá nadie que tenga la voluntad, el carácter y la honestidad para resarcir los daños, y restituirle al coso de la Calzada Independencia su verdadero nombre, “Monumental de Jalisco” y reconocer la extraordinaria e histórica labor de Leodegario Hernández. Seguiremos esperando el milagro —aunque seguramente jamás se logrará— sin embargo, lo que Sí deberían cambiar y corregirse inmediatamente, es el hecho inequívoco —ojalá que ya no sea muy tarde— de que el único medio firme y verdadero para que el Espectáculo Taurino recobre su categoría, verdad y esplendor, llegará solamente, cuando en todos los ruedos de nuestro país, esté de regreso el eje central y único de esta Fiesta, su Majestad, El Toro Bravo.