Lunes, 10 de Mayo 2021

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En septiembre: ¡gloria y tragedia!

Por: El Informador

Por Xavier Toscano G. de Quevedo

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Por fin llegó el tan esperado día, contamos ya con un nuevo y flamante matador de toros que venía ilusionándonos desde su interesante y exitosa etapa novilleril. Así, el domingo anterior en el majestuoso y solemne “Coliseo Romano de la ciudad de Nimes”, Luis David Adame dio un paso importante en su vida de torero, y lo hizo de forma brillante. No consiguió la salida por la “Puerta de los Cónsules” como todos hubiéramos deseado —propiciado por la nula casta y mansedumbre del ganado—, pero su actitud fue más que meritoria, abandonando “Las arenas de Nimes” por la “Puerta Grande”, a hombros de su hermano Joselito.

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Ahora inicia para Luis David lo complicado: luchar con ahínco y “honradez” por alcanzar un lugar de privilegio en esta complicadísima carrera. Pero mientras él irá construyendo y forjando su historia, los aficionados no debemos olvidar a dos grandes toreros de nuestro México, que durante este mes, pero del año de 1947, alcanzaban la gloria e inmortalidad de su vida torera.   

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Hablemos en primer lugar por haber sido torero de alternativa, de José González “Carnicerito”, nacido en la ciudad de Tepatilán un 19 de marzo de 1905. Hombre recio y de carácter cuya principal virtud fue su valor estoico, que lo llevó a ganarse el respeto y la admiración de los aficionados de su época. Recibió el doctorado en la ciudad española de Murcia, el 13 de “septiembre” —premonición o coincidencia— de 1931de manos de Domingo Ortega que le cedió al toro “Zahonero” de la ganadería de Don Eduardo Miura. Dieciséis años después estaba anunciado para torear en la ciudad portuguesa de Vila Vicosa, era el 14 de “septiembre” de 1947, esa tarde “Sombreiro”, de la ganadería de Estevao Olivera, era responsable de asestar la mortal cornada a José.          

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Qué amargo continuó el mes de “septiembre” del 47. En la Plaza México, el domingo 28, un joven español radicado en nuestro país, de nombre Laurentino José López Rodríguez, recibía una letal herida por un novillo de Santín llamado “Ovaciones”. ¡Qué corta pero qué intensa, conmovedora y apasionante fue su vida torera! Con el nombre en los carteles de José Rodríguez “Joselillo”, surgió en los ruedos este privilegiado torero que es meritoriamente llamado “El Rey de los Novilleros”.        
   
Difícil es el descifrar y entender a la Fiesta Brava, por lo cual considero que para muchas personas sí es difícil entenderla y mucho menos admitirla, más en estos tiempos tan controversiales y de variadas ideologías. Es por ello que todos los que la admiramos, ante cualquier circunstancia y tiempo, tendremos que resaltar su grandeza y enaltecer a los hombres que con categoría y sacrificio, han conquistado para la perpetuidad la gloria e inmortalidad.      

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Valdría la pena volver a recordar las palabras que dijo el gran escritor Federico Sáenz de Robles: “La fiesta brava es una agonía, en donde el toro y su lidiador son los protagonistas, la muerte de uno de ellos es el fatal desenlace natural”. Así de dramático y sorprendente es este mágico y extraordinario mundo que se crea, existe y continúa viviendo, únicamente gracias a la presencia de su Majestad: El Toro Bravo.

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