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Viernes, 17 de Noviembre 2017

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El fin de los dictadores del siglo XX

En mi casa, absolutamente republicana, cada año nuevo, mi padre, Emilio, siempre hacia el brindis de rigor: “Este año muere Franco”. Y el maldito Franco nunca moría, hasta su agonía fue interminable. Mi padre, que había sido comunista en su juventud, pero que siempre fue un hombre liberal y de izquierda, admiraba a Fidel Castro. Para él era exactamente la antítesis de Franco. En parte era verdad, sin embargo, eran los años 70, no sabíamos ni mi padre ni nosotros, que la relación política de Castro con Franco era razonablemente buena y mucho menos que Castro terminaría convirtiéndose en un personaje que generara con su pueblo una diáspora, una fractura tan profunda como la que generó Franco en España.

Es verdad, los dictadores, lo recordaba ayer Leo Zuckerman, se digan de izquierda o de derecha, no dejan, por su identificación ideológica, de serlo. Pero sin perder esa condición, las historias de los grandes dictadores de derecha y de izquierda del siglo veinte (y Fidel Castro era uno de ellos) no son iguales, ni concluyen de la misma forma, aunque su legado inevitablemente tiene que ser destruido junto con ellos.

Hitler y Mussolini terminaron, el primero, suicidándose en su bunker de Berlín con la ciudad tomada por las tropas soviéticas, el otro fusilado, colgado en una plaza de Milán junto con una de sus amantes. Los dos dejaron patrias, sociedades, destruidas, divididas. Claro que, hasta el día de hoy, hay quienes siguen añorando a esos personajes brutales, crueles, que terminan fascinando a los historiadores por su banalidad, por la oscuridad de la que surgieron y a la que regresaron con su muerte.

Fueron más inteligentes Stalin o Mao. El gran constructor de la Unión Soviética, el principal triunfador de la Segunda Guerra Mundial, fue un dictador brutal. No fue ni remotamente el principal de los líderes de la revolución rusa, pero los destruyó a todos: el propio Lenin murió muy pronto como para controlar su sucesión de la que pronto se apoderó el más gris y duro de los miembros del buró político. En pocos años acabó con Trotsky, Bujarin, Kamenev, con todos los dirigentes representativos, con los líderes militares del ejército rojo, con cualquiera que pudiera disputarle el poder. Millones murieron en los campos de concentración, en los Gulags. La Segunda Guerra fue ganada por el heroísmo del pueblo soviético y sus grandes generales que llevó a muchos de esos triunfadores como Zhukov, a pagar con el ostracismo y la degradación de su popularidad. Otros lo pagaron con la vida. Stalin murió solo en su recámara: ninguno de sus allegados se atrevía a entrar en la habitación sin su autorización, tanto era el miedo que generaba entre los suyos. Cuando finalmente se decidieron a entrar Stalin estaba muerto.

Mao, a diferencia de Stalin, fue un líder militar y político. La larga marcha, la política de alianzas que suscribió, la visión para tomar todo el territorio chino ante la derrota japonesa, le permitió convertirse en un dirigente tan autoritario como indiscutible y temido.

Ni China, ni tampoco la antigua Rusia convertida en Unión Soviética, habían disfrutado de algo similar a la democracia. Tanto Stalin como Mao fueron herederos de la cultura de los zares y los emperadores. Los experimentos sociales que realizaron fueron positivos en algunos pocos casos pero solían terminar con consecuencias terribles. Pero Occidente los cobijó, durante décadas a ambos.

Resulta inexplicable que mientras la revolución cultural estaba acabando con la vida de millones, hundía al pueblo chino en la hambruna, en un movimiento anti intelectual brutal, en París, en México, en muchas partes del mundo, la intelectualidad del 68 levantara el libro rojo de Mao y la revolución cultural como bandera libertaria.

Lo cierto es que Mao, como Stalin, murieron, tuvieron extraordinarios entierros, dignos de zares y emperadores e inmediatamente después, sus sucesores se deshicieron de ellos, de sus políticas y en muchos casos (con en China) hasta de los suyos.

Fidel era distinto. Era el único de todos ellos que había surgido y se había formado en Occidente. Chávez o ahora Maduro u Ortega, fueron, son, caricaturas de Castro, como Kim Il Sung y sus descendientes o el tétrico Pol Pot, lo han sido de Mao o Enver Hoxha y Ceaucescu de Stalin. Hay una diferencia adicional: a Fidel lo sucede Raúl Castro, su hermano incondicional pese a sus diferencias políticas que casi nunca se han exhibido en público.

El régimen de Fidel se transformará en otra cosa, como muy parcialmente ha venido ocurriendo pero Raúl tratará de evitar que el legado de su hermano desaparezca. Pero Raúl tiene 85 años y tendrán que tener sucesores de otra generación, de otra época, quizás el principal de ellos Miguel Díaz-Canel, un ingeniero eléctrico de 56 años. Raúl está pensando para Cuba, más que en China, en un Vietnam, con una economía relativamente abierta y un partido único. Pero quién sabe cuál puede ser el destino de la Cuba a 90 millas de Miami, con un exilio con muchos más recursos que el propio gobierno y con un pueblo que ansía conocer algo nuevo, respirar un aire de libertad que perdió hace ya medio siglo.

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