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Criterios de baja estofa

Por: José Luis Cuellar de Dios

Criterios de baja estofa

Criterios de baja estofa

GUADALAJARA, JALISCO (24/MAY/2013).- Cuando se dan casos como el que a continuación relato, se pregunta uno quién o qué redimirá a las personas con discapacidad intelectual. Hace unos días, un funcionario del área de ¿imparticion de justicia? perteneciente a un juzgado de la localidad, acusó, de forma arrogante e imprudente, a una persona con discapacidad intelectual de haber cometido un delito menor; no sólo lo acusó, sino que además lo privó de su libertad aplicando un criterio irracional e improcedente, comportándose ante los ruegos y explicaciones de la madre del acusado, para colmo, con actitud de pestilente indiferencia.

Afortunadamente este hijo tiene una madre, como todos estos maravillosos pero vulnerables seres, de carácter titánico –la madre tenía que ser– que decidió que su tolerancia no fuera silenciosa y acudió a la Comisión Estatal de los Derechos Humanos de Jalisco, CEDHJ por sus siglas, e interpuso una queja que –para fortuna– fue atendida eficaz y rápidamente, queja que dio como resultado que la persona que actuó con una total ausencia de filosofía humanitaria y sentido común, fuera suspendida por unos días sin goce de sueldo. Al margen del tema, me parece que estos casos, respetando los derechos humanos del suspendido, deberían recibir mayor difusión de los medios a manera de reivindicación del colectivo de la discapacidad.

Para entender a las personas con discapacidad intelectual hay que, sobre todo, tomar en cuenta sus momentos inoperativos y de confusión por los que irremediablemente transitan: es parte de su insita condición humana.

El caso que nos ocupa, como muchos otros más que cotidianamente ocurren, es un claro ejemplo de la práctica aún no erradicada –por más que se diga lo contrario– de la más desquiciada intolerancia con que nos conducimos. Por lo pronto, al agraviado, hijo vulnerable pero persona antes que nada, le robaron su cualidad de persona atropellándole sus más elementales derechos humanos; impertinencia de un funcionario prepotente e insensible que condujo a la humillación de un ser humano. Para la familia, en especial para esta valiente y ejemplar madre, una experiencia más con el signo del pesar.

Muchas son las tristes, dolorosas e injustas historias que ocurren alrededor de un paradójico colectivo en donde el hombre no es el lobo del hombre, pero que para su desgracia vive entre un colectivo cuantitativamente mayoritario en donde el hombre sí es el lobo del hombre. El caso en comento es un claro ejemplo que ratifica que si se abandona la generosidad se da paso a la arbitrariedad.

Según los alegatos de la parte ofendida, el funcionario castigado no escuchó ni los argumentos de la madre mucho menos las súplicas; en otras palabras, ni escuchó, descalificó y mucho menos se prestó al diálogo, consecuencia: la razón fracaso.

Desgraciadamente son múltiples y frecuentes las actitudes excluyentes, intolerantes e irrespetuosas hacia las personas con discapacidad intelectual; más aún, hemos sido omisos siquiera para escuchar y entender la naturaleza de ellos y así poder cambiar la indiferencia por admiración. Lealtad emocional digo yo.

En ocasiones los padres con hijos en discapacidad intelectual sentimos que ciertos y amplios sectores de la sociedad aún los ve con la vieja campana que usaban los leprosos para anunciar su cercanía; no olvidemos que el silencio es una cierta forma de exclusión.

Por lo pronto, un gran reconocimiento a una madre que decidió no soportar estoicamente el violento e injusto trato a su hijo y que nos deja el ejemplo de que se anhelan logros, no buenos propósitos. Amén de los amenes.

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