Domingo, 19 de Octubre 2025

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* Escuelas

Por: Jaime García Elías

* Escuelas

* Escuelas

Dicen los historiadores que Pep Guardiola empató la marca como técnico más laureado del Barcelona. Exhiben los pelos pardos de la burra: 11 títulos, por 11 que conquistó, en su era, Johan Cruyff. Y dicen los profetas que Lionel Messi sigue dando los pasos necesarios para convertirse en el mejor futbolista de la historia... aunque aún tiene pendientes las asignaturas de los Mundiales que ganó Brasil, con Pelé como protagonista.
* El partido de vuelta por la Supercopa española, en el Nou Camp, fue, ayer, el partido más visto en todo el mundo. Ni cosquillas le hicieron, en cuanto a niveles de audiencia, las semifinales del Mundial Sub-20 disputados en Colombia. Sin ánimo de chotear la mercancía, estos últimos circunscriben su trascendencia al ámbito de lo aldeano, y gracias. Independientemente del atractivo de los dos equipos españoles —escoltas, en materia de popularidad, en todo el planeta, del Manchester United—, se trata de dos escuelas. Como hasta hace algunos años se hablaba de “la menottista” y “la bilardista”, ahora son, en la esquina de los técnicos, “la guardiolista”; en la de los rudos, “la mourinhista”. Las escuelas en cuestión representan a las corrientes idealista y utilitarista que a lo largo de la historia y en todos los órdenes de la vida, han sido antagónicas. * Ayer, el Real Madrid repitió la fórmula del partido de ida: un estilo agresivo en lo táctico, porque había la consigna de presionar en toda la cancha para meter al Barcelona en su propio campo, reduciéndole la posibilidad de manifestarse en la faceta que más domina colectivamente y más agrada a sus jugadores: la ofensiva. Y en lo físico, porque los blancos salieron con el cuchillo entre los dientes, decididos a disputar cada balón en el límite mismo del reglamento. El Barcelona, por su parte, aun con menos posesión de la pelota, hizo lo que sabe: conjugar en todos sus tiempos, números y personas, el verbo jugar. El gol de la victoria, ya cerca del final, fue un poema de capacidad para hacer añicos todo un sistema defensivo. Y el desplante de Mourinho, en la gresca que fue un indigno corolario de un partido épico, una manifestación de cobardía y un desplante de impotencia: un baldón en su palmarés, una prueba de que el buen deportista también debe saber perder, y una mancha en el rico historial del Real Madrid.

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