Martes, 30 de Noviembre 2021
Entretenimiento | A finales de 1997 dio a la estampa el libro Chivas: la historia oficial del Guadalajara

Homenaje escrito a la memoria de un grande: Jaime “Tubo” Gómez vivio para el deporte

Colofón: en el libro de condolencias, el domingo antepasado, hubo espacio para escribir, con el corazón en la mano, ocho palabras que sintetizan una relación de medio siglo: “Tocayo: gracias por tu amistad. Descansa en paz”.

Por: EL INFORMADOR

Por: Jaime García Elías

Paradojas del destino: este espacio estaba destinado, desde hacía algunas semanas, a Jaime “Tubo” Gómez. Personificación del deporte jalisciense, a despecho de haber tenido a Manzanillo como su tierra natal -o precisamente por ello, toda vez que Guadalajara ha sido desde sus orígenes un polo de atracción para emigrantes de las entidades vecinas, sobre todo-, el que fuera portero en los últimos años del mítico “Ya Merito” y en los primeros del Guadalajara “Campeonísimo”, había accedido a abrir el arcón de sus recuerdos...

Por supuesto, considerando que la suya fue una vida consagrada a los deportes -desde el voleibol de sus inicios hasta el “cachibol” de los últimos años, pasando por el futbol donde escribió innumerables páginas gloriosas-, la proyectada entrevista estaba condenada a ser, en el mejor de los casos, una retrospección sumaria, a vuelo de pájaro, de su historia personal. ¿Cómo, si no, condensar, en unas cuantas páginas de un suplemento, siete décadas de dedicación, siempre en plan sobresaliente, a la práctica de los deportes?...

“El hombre propone...”, reza en adagio. El destino, en este caso, dispuso las cosas de otra manera. La muerte del que sería protagonista de una serie de reminiscencias, narradas “a su manera”, ocurrida sorpresivamente -aunque desde hacía meses se sabía que su salud estaba irremisiblemente deteriorada y que el fatal desenlace no podía estar lejos- la mañana del pasado domingo 4 de mayo, obligó el viraje: la proyectada entrevista se convertiría en esto: un homenaje escrito a la memoria de un grande del deporte mexicano, encomendado a la modesta pluma del último de sus amigos.

Cuando Jaime Gómez dio el paso de un deporte amateur, como el voleibol, al futbol profesional, vinculándose con el Guadalajara -precisamente con el Guadalajara- cuando éste comenzaba a ser el fenómeno social en que al paso de los años ha devenido, quizá menos aficionados se hayan enterado de su existencia por haber sido testigos presenciales de sus primeras hazañas en las canchas, o al menos a través de las crónicas de la prensa deportiva, que a través de... las historietas.

En efecto: por mediados de la década de los cincuenta, el dibujante Joaquín Cervantes Bassoco lanzó una exitosa historieta, ilustrada en blanco y negro, que tomó el mote de uno de los mejores futbolistas mexicanos de la época -Luis de la Fuente- para colocarle un antifaz y convertirlo en híbrido de detective con jugador de futbol: “El Pirata Negro”. En la faceta futbolística del personaje, los partidos contra “el Guadalajara” constituían episodios relevantes. Y del Guadalajara real, el único jugador perfectamente identificado y caracterizado era... el “Tubo” Gómez.
(Una de las frustraciones de Jaime fue que Cervantes Bassoco le prometió, para su “egoteca”, un dibujo a tinta en una cartulina, para enmarcarlo... y las maromas de la vida le impidieron cumplir aquella promesa).

El “Tubo” Gómez llegó al Guadalajara cuando empezaba a formarse el que sería “Campeonísimo”. Vivió, pues, las reiteradas frustraciones de la era del “Ya Merito”, tanto más dolorosa cuando que el Atlas presumía ya el título conquistado en 1951.
En poco tiempo desbancó a Vicente González. El 3 de enero de 1957 vivió la alegría inconmensurable del triunfo sobre el Irapuato (1-0, con gol de Salvador Reyes) que se traduciría en la primera de una larga serie de coronaciones. Jaime estuvo en las seis primeras conquistas, interrumpidas por el Zacatepec (dirigido por Nacho Trelles, con quien mantendría una amistad de por vida) y por el Oro de la primera generación de brasileños incorporada al futbol mexicano.

De entonces data el episodio del “vicegol” más célebre de la historia del futbol mexicano: en los minutos finales, cuando el Oro ganaba por 1-0 (gol de Neco) y al Guadalajara le bastaba el empate para coronarse, Jaime hizo algo inaudito en aquellos tiempos: comparecer en el área rival y rematar dos veces, de cabeza, sendos tiros de esquina cobrados por Isidoro Díaz. Toño Mota desvió el primero sobre el travesaño; Jaime mandó el segundo ligeramente encima del marco.

Ya en la década de los sesenta, Nacho Calderón llegó para desbancarlo. Jaime decidió continuar su carrera en Monterrey. Allá jugó seis temporadas. Allá conoció y se casó con la que sería la madre de sus tres hijos (Jorge, Jaime y María). Regresó a jugar con el Oro, dirigido por el bicampeón mundial brasileño Mauro Ramos (qepd), una temporada dramática en que el descenso se dirimió favorablemente en tres partidos ante los ya desaparecidos “Jabatos” de Nuevo León. Ney Blanco -otro de sus grandes amigos, fallecido hace tres años- y Walter Ormeño se lo llevaron a jugar, cuando ya contaba 41 años, su última temporada con el Laguna.

De nuevo como amateur, Jaime siguió jugando, hasta unos meses antes de su muerte, con los veteranos del Guadalajara. Fue gerente del recién nacido Club Providencia y campeón, como centro delantero, de varios torneos internos, con el equipo de Cronistas, al lado de prestigiosos periodistas como Armando Morquecho, Pepe Morfín (fallecidos ya), Nacho González, etc.
Llegó su etapa de cronista deportivo. La inició en las páginas de EL INFORMADOR. Incursionó en la radio, donde proyectaba la vehemencia de su temperamento y lo radical de sus opiniones. “¡No es posible...!”, era una de sus características frases de reprobación a las cosas que lo indignaban y que tomaba, incluso, como afrentas personales. El catálogo de los temas en que arremetió, lanza en ristre, a voz en cuello contra sus propios molinos de viento, sería inagotable.

A finales de 1997 dio a la estampa el libro Chivas: la historia oficial del Guadalajara. El indigno prologuista invitado por Jaime a introducir el libro, escribió: “Como los evangelistas, un poco cronista de la historia que refiere, Jaime Gómez Munguía toma la pluma y suelta la mano: la mano que se ha vuelto diestra en el noble oficio de escribir historias. Y también como los evangelistas, un poco protagonista de los hechos que vivieron antes de verse en la incumbencia de escribirlos, el ‘Tubo’ Gómez, personificación -no la única, seguramente... aunque seguramente una de las más dignas y más características- de una de las leyendas áureas del deporte en México,  pone la firma en el relato que por fuerza ha de tener algo de autobiografía. Y con la firma, la garantía para el lector: de este singular evangelio (...) podrá decirse cualquier cosa... excepto que sea apócrifo.

“Conceder el mérito que corresponde a los protagonistas de la historia, equivale a rememorar, como quien recita el ‘Señor mío Jesucristo’, una colección de nombres: Jaime ‘Tubo’ Gómez... y todos los demás.
“Significa lo anterior un argumento, trazado a vuela-pluma, arrancado a la primera del desván de la memoria, de que la del Guadalajara y la del ‘Tubo’ Gómez no son dos historias diferentes. Vasos comunicantes, son dos puntos de mira de una misma historia. Y así como la del Guadalajara no sería exactamente la misma sin el ‘Tubo’ Gómez, seguramente la de Jaime Gómez Munguía -ahora su cronista-protagonista- no sería la misma del Guadalajara”.

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