Entretenimiento | A la altura en que aparecen los pinos se sabe que la obsesionante Ciudad de México está menos lejana Diario de un espectador Donovan es un artista cuya obsolescencia parecía insuperable. Su música es un retrato de unos años sesenta demasiado arquetípicos. Por: EL INFORMADOR 15 de mayo de 2008 - 17:05 hs Por: Juan Palomar Más noticias de Santa Cruz. Camino a Ferrería el valle de cañas es un mosaico esplendoroso al que apenas vela una bruma que exhala el valle adormecido por el calor. La última estribación de la Sierra del Tigre mira como las explotaciones minerales le amputan una garra hasta entonces intacta. Un paisaje milenario que en pocos años ve alterado su perfil, rota su conformación, en aras de la febril voracidad de las fábricas vecinas de Zapoltictic. Los volcanes no son ni un trazo en el horizonte empañado de la sequía. El arroyo corre, con indomable alegría, piedras abajo. El camino sigue hasta El Limón, y luego a Concepción de Buenos Aires, según dice el recuerdo. El puente de Ferrería sigue viendo pasar el tiempo y los chiquillos de apenas ayer hoy se sientan a tomar una cerveza en el tejabán de la esquina, y hacen planes para emigrar al norte. Abajo, el torreón guerrero e inexpugnable de la hacienda del Rincón sigue vigilando el cruce de caminos. El monolito de concreto de la encrucijada de Tecalitlán, que haría palidecer de envidia a Richard Serra, sigue interperrito. Una larga arboleda que guarda el camino fue cercenada salvajemente para no sombrear unos cultivos que tenían, literalmente, todo el campo. En el ámbito rural hay seguido una feroz indiferencia ante la palmaria belleza de las cosas. El pueblo se sigue transformando, en un proceso que se acerca a la autofagocitación: de los buenos jacales de ayer surgen unas especies de transformers provistos de cupulitas, molduras y falsos arcos, que son una postal del desconsuelo. Se anuncia el comienzo de los trabajos de la presa: la cascada de la planta, fulgor de maravillas, deberá salir incólume. Piloto de guerra. En plena derrota francesa, con el país invadido y bajo el peso de la confusión y la amargura, Saint-Exupéry escribió un tenso monólogo acerca de la permanencia de la civilización, de la responsabilidad, la libertad y la victoria. Con la perspectiva de una relectura que se separa 30 años de su primera visita, Piloto de Guerra aparece como un testimonio de una grandeza moral, de una entereza y un brío vital, que resulta ejemplar. Como si en cada oscura escaramuza que los vericuetos del camino depara pudiera leerse su lección. Aún arriesga el humor entre el desastre: El capitán Saint-Ex se sorprende él mismo de la cantidad de indicadores en el tablero de controles de su avión. Los cuenta y piensa en asombrar al granjero en cuya casa se aloja al pedirle que adivine su número. Al oír la pregunta, el buen ranchero contesta: “No tengo idea de cuántos sean, pero de seguro allí hacen falta los indicadores de cómo ganar la guerra.” A medida que las líneas alemanas avanzaban los pueblos de las comarcas invadidas iniciaban precipitados, tumultuosos éxodos hacia el sur. Semejantes maniobras estaban condenadas casi siempre a mayores sufrimientos y al fracaso. En un pueblo un grupo de vecinos logra imponer la cordura. “Nos quedamos”, concluyen. Un rato después el cariacontecido alcalde informa que la partida es inminente: “Se ha ido el panadero...”. Camino a Colima. A lo largo de las playas de Sayula se levantan pardos surtidores de arena arremolinada. Las pitayas se ofrecen, sobre sus camas de yerbas, a los lados de la carretera. Es todo el campo, todo el fragor de su más profunda entraña, lo que destella en cada fruto que al paso recoge el viajero. Tiembla el día inmenso sobre los arenales sembrados de espejismos. A la altura en que aparecen los pinos se sabe que la obsesionante Ciudad de México está menos lejana. Michoacán se despide con su cauda de nombres entrañables. Algo dice después que la urbe inmensa se acerca. Los campos comienzan, como por contagio, a llenarse de ruinas recién estrenadas, de anuncios y de basura movediza y ubicua. Cuando México comparece está el que pasa ya avisado: nadie cruza impunemente sus umbrales. Parque aproximativo. Legiones de niños acalorizados encuentran en un largo estanque alivio y reconfortante jolgorio. Medio millar de nuevos árboles progresan. El inusitado entusiasmo de la gente casi arrasa con el parque. No le hace: se rearma, se pertrecha, se acerca mejor a su vocación y destino. Los chorros del estanque oscilan levemente. Donovan es un artista cuya obsolescencia parecía insuperable. Su música es un retrato de unos años sesenta demasiado arquetípicos y –quizás- adocenados. Pero una recuperada caja con algunos discos viejos trae en su contenido sus Greatest hits. Giran ahora las tonadas, simples, con un cierto dejo de acidez, con un humor que las hace más leves. Siguen estando allí algunas infumables melopeas. Pero hay canciones que retoman toda su fuerza (a pesar de que no está la espléndida Atlantis). Hurdy Gurdy Man, Colours, Lalena. Sobre todo Catch the wind: “En las heladas horas y minutos/ de la incertidumbre, quisiera estar/ en el tibio abrazo de tu amorosa mente.// Sentirte a todo mi alrededor/ y tomar tu mano sobre la arena, / Ah, pero tanto daría que tratara de atrapar el viento...”. Es ahora otro tocadiscos, en una azotea de Chapala, el que gira en la memoria, y giran también, rápidas y fugaces, las muchachas de entonces, y bajo el cielo oscurecido se distinguen las crestas pálidas de las olas de la laguna. Atrapar el viento. Temas Tapatío Lee También El río Lerma: un pasado majestuoso, un presente letal Año de “ballenas flacas” El maestro de la brevedad: a 107 años del nacimiento de Juan José Arreola La vida del jazz tapatío Recibe las últimas noticias en tu e-mail Todo lo que necesitas saber para comenzar tu día Registrarse implica aceptar los Términos y Condiciones