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Viernes, 19 de Octubre 2018
Entretenimiento | El hombre urbano ha perdido la capacidad de observar los fenómenos naturales, somos poco concientes del paso de las estaciones

ARQUITECTURA: espacios verdes urbanos. Necesidades urbanas

Una ciudad sin áreas verdes es una ciudad triste, confusa y confundida, atareada en su propio trajín, sin lugares para la contemplación y vivificación del espíritu. Una ciudad sin jardines es una ciudad sin sosiego.

Por: EL INFORMADOR

Cuarta de seis entregas

“Los problemas de las ciudades son una señal de alarma,
indicio de una crisis más profunda que nos obligará a cuestionarnos
los actuales modelos de organización y de desarrollo urbano”
Libro Verde sobre el Medio Ambiente Urbano

Por: Álvaro Morales

La ciudad actual se puede definir solamente a través de la complejidad. Y como tal es concebida como un sistema, es decir, como la asociación combinatoria de elementos diferentes y, más aún, como un sistema abierto que presenta, como decía Edgar Morin, la “paradoja de lo uno y lo múltiple”. De tal forma la ciudad debe ser entendida, siguiendo con Morin, como “el tejido de eventos, acciones, interacciones, retroacciones, determinaciones, azares que constituyen nuestro mundo fenoménico” pero también como el espacio, tanto físico como simbólico, donde se empalman las infraestructuras (redes funcionales) con las infoestructuras (redes sociales). Donde se articulan de manera íntima las personas y su entorno.

Hemos dicho que la ciudad es un sistema abierto, y ésta es, originalmente una noción termodinámica. La entropía es una función de la termodinámica que mide el grado de dispersión de la energía. Al hablar de la necesidad a nivel urbano de implementar una propuesta de áreas verdes, debemos partir de la idea de que la ciudad moderna es despilfarradora de energía, generadora de altísimos niveles de entropía; es decir, terriblemente ineficiente en términos energéticos.

Sirva lo anterior como puntos de partida básicos, como preámbulo indispensable para entender a la ciudad como un fenómeno complejo y terriblemente ineficiente en términos energéticos.

En la introducción a una pequeña guía editada por el Área de Cultura y Educación del Ayuntamiento de Sevilla, titulada Parques de Sevilla, se dice que “los parques y jardines de una ciudad son el espejo donde ésta se refleja y a través del cual se proyecta su propia imagen: constituyen un derecho ciudadano reclamado con carácter prioritario, define sus condiciones de vida y su capacidad para hacer felices a quienes la habitan”. Con esto, vemos el empeño que hoy en día se tiene, por parte de las autoridades concientes, en el mejoramiento de la calidad de vida urbana en sintonía con la ampliación y el mejoramiento de las áreas verdes, destacando en esta relación la posibilidad no sólo de ejercer un derecho, sino además de contribuir a la felicidad del ciudadano.

Espacios abandonados en Guadalajara

Para dotar de mas áreas verdes a la ciudad de Guadalajara, una opción real debe ser pensar en la utilización de terrenos baldíos, de lugares abandonados o fincas derruidas, ya que estos espacios degradan el entorno y son un lugar potencial para la inseguridad. Un ejemplo lo tenemos en la ampliación de la avenida Federalismo, que a pesar de haber sido hecha hace tantos años, presenta aún una imagen de abandono y ruina que bien puede ser por fin revertida en beneficio de la ciudad. H. Sukopp y P. Werner nos dicen que “en la ciudad aparecen, frecuentemente, superficies vacías que no se utilizaron como originalmente estaba planeado. A largo plazo, estas superficies podrían servir para la construcción, sistemática, de biotopos de transición entre las zonas verdes aisladas, o para unir una serie de ellas”; es decir, la utilización de estos vacíos urbanos para generar e incentivar formas de vida vegetal y animal.

En Guadalajara, la evolución de la ciudad como paisaje cultural densamente edificado ha llevado más bien a la destrucción de los ecosistemas naturales y la casi total desaparición de la flora autóctona. Incluso se da el caso de que en los espacios no edificados, las especies autóctonas son sustituidas por otra vegetación planificada y por plantas ornamentales no propias del lugar (especies alóctonas que colonizan el sitio compitiendo con las autóctonas y que a menudo le hacen desaparecer).

La salud de una ciudad depende en mucho de sus áreas verdes, y aquí no nos referimos solamente a la salud de sus habitantes en términos fisiológicos, sino a la salud en la percepción de la urbe. Entendemos con V. Bettini, que “la salud de una ciudad depende de la influencia que tiene la vegetación sobre el microclima, de la presencia de hábitats para la fauna silvestre, de estanques y zonas húmedas, bosques, corredores vegetales naturales y artificiales, de la capacidad de poder integrar en el propio ciclo biológico la depuración de sus propios vertidos”, pero además vemos que una ciudad sin áreas verdes es una ciudad triste, confusa y confundida, atareada en su propio trajín, sin lugares para la contemplación y vivificación del espíritu, es como una ciudad sin reductos en que el hombre se encuentre consigo mismo, a partir de encontrase con formas de la naturaleza. Una ciudad sin jardines es una ciudad sin sosiego.

El hombre urbano ha perdido la capacidad de observar los fenómenos naturales, somos poco concientes del paso de las estaciones, de los ciclos naturales de vida, ya que el ambiente urbano nos aísla de los procesos naturales y humanos que sostienen la vida. Los espacios verdes en la ciudad nos pueden ayudar a devolver el encantamiento que produce la observación de la vida. Y si a esto añadimos el valor artístico implícito al buen hacer del arte jardinero tenemos que, a decir del arquitecto y escultor Fernando González Gortázar, “la jardinería debiera ser una de las presencias artísticas más comunes, continuas e importantes en nuestras ciudades”.

La función vegetal

El arbolado urbano, en sí mismo, nos brinda numerosas ventajas que derivan de su función vegetal. Pero en un sentido más estricto, los beneficios específicos serán mayores cuando mejor esté configurada su estructura y su estratificación; es decir, dependiendo del número de plantas, de si se trata de árboles, arbusto o herbáceas, de la diversidad de especies y su disposición en el espacio, de la edad y el grado de madurez, será el nivel de los beneficios. Estos factores de lo que nos hablan a final de cuentas es de la mezcla específica de la vegetación y de la estructura forestal. Siguiendo con Bettini, tenemos que  “en otras palabras, el aspecto es una función de la estructura de la vegetación forestal. Un paisaje que se plantee fines estéticos puede asumir una determinada estructura, mientras que un paisaje que pretenda ser un ambiente silvestre deberá asumir otra”. La forma que adquiere el paisaje es, por tanto, no solamente el producto de una percepción estética, sino del conocimiento de las interrelaciones biológicas que darán más riqueza al jardín y por lo mismo al entorno que le contiene.

Sabemos que las plantas en un contexto urbano están amenazadas por el ambiente, que la vegetación está sometida a duras condiciones de calor, luz reflejada, de contaminación, vandalismo y de confinamiento, pero son un importante elemento para el hombre en los difíciles ambientes de las ciudades en los cuales las plantas ofrecen sombra, provocan zonas de transición y confieren variedad al paisaje.

Resulta paradójico que las zonas verdes de los centros urbanos se caracterizan por dos extremos, ya que, o son sometidas a una planificación y cuidado intensivo que los hace jardines impenetrables y más que nada como decorado de la ciudad, o se abandonan totalmente, convirtiéndose en basureros sin control alguno y en zonas potenciales de inseguridad.

Si consideramos en la ciudad de Guadalajara el tamaño y la calidad del verde público, nos damos cuenta de que su tradición histórica y en definitiva su diversidad y complejidad, se han visto alteradas y desvirtuadas en los últimos tiempos. Ahora, aunque con gran dificultad, se abren camino propuestas que ven a la ciudad desde la perspectiva del bosque urbano. Es fundamental entonces esa visión, ya que creemos que es así como que debe considerarse cualquier propuesta de renovación de áreas verdes en nuestra ciudad, ya no como un mejoramiento en el decorado, que parece ha sido la preocupación principal que tanto desvirtuó nuestra ciudad, sino como sitios para la educación ambiental, para la recreación, para la contemplación y la convivencia, como verdaderos corredores de vida e indicadores de la “fitogeografía cultural”, es decir, de las interrelaciones entre los componentes vegetales del ambiente y la sociedad que se expresa en una determinada cultura.

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