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Lunes, 12 de Noviembre 2018
Deportes | Por Héctor Huerta

Atuendo futbolero

Por Héctor Huerta

Por: EL INFORMADOR

Axioma mundial del futbol.


Todas las semanas, pero sobre todo en las últimas, se ha vuelto a ver el mismo fenómeno: arbitrajes que dan o quitan penales, que conceden o quitan goles en fuera de lugar y que influyen en los resultados.

La jornada anterior, al San Luis, el árbitro José Gabriel Gómez le perdonó un claro penal a su portero Adrián Martínez en el juego contra Necaxa, tras un claro empujón sobre Hugo Rodallega; al América, Armando Archundia le dio una manita al no marcar un claro tiro de esquina en favor de los Tecos que luego terminó en el segundo gol de las Águilas; al Atlante, Fabián Delgado Horcasitas le birló un claro penalty cometido por José María Basanta (defensa argentino del Monterrey) sobre Gabriel Pereira; y el colmo se vio en el partido Morelia-Jaguares, donde Germán Arredondo marcó tres penales que no eran, dejó de sancionar dos que sí eran y fue una auténtica grosería su mal desempeño.

El presidente de la Comisión de Arbitraje, Aarón Padilla reconoció que la jornada 15 de este torneo había sido una de las más malas desde que él está al cargo, pero que la cuestión no tenía nada que ver con la mala fe, sino con errores humanos de sus silbantes.

Ante esa máxima de que errar es de humanos, todos debemos guardar silencio. Ajá… Pero no. Ojalá fuera así de simple.

Cada uno de esos errores va a la puntuación de los equipos, a reflejar su posición en la tabla y a calificar de fracaso o no su participación en el campeonato.

En esta jornada, la evidencia más clara de los malos arbitrajes se vio de nuevo en el partido del América, donde el silbante (otra vez) José Gabriel Gómez dejó de marcar dos faltas en el área que bien pudo sancionar como penales en favor de Monterrey.

Los árbitros, jueces al fin, tienen en sus manos la salvaguarda más preciada del futbol: la credibilidad. En el momento en que se sepa, como en otros países, que en México alguna vez el arbitraje ha sido tocado por la corrupción, por los malos manejos o por los favores a cambio de alguna concesión, en ese mismo momento se estaría dañando de fondo al futbol.

Esa es la pieza angular donde se sostiene la institucionalidad del futbol. El aficionado debe estar seguro, absolutamente seguro, de que los errores en la cancha cometidos por el árbitro son humanos, no producto de alguna tenebrosa maquinación para favorecer o perjudicar a ciertos equipos. Ya bastantes dudas dejaron cuando casi por decreto descendieron hace poco más de un año al Querétaro, quitándole en el escritorio tres puntos que habían ganado en la cancha.

Este torneo, cargado de mediocridad, está dando un importante aviso a los dueños de equipos porque los niveles de audiencia por televisión han bajado (el clásico América-Chivas estuvo 10 puntos por debajo del de otros torneos) y las entradas también. Vendrá la liguilla, donde generalmente los estadios se llenan y podría causar un nuevo espejismo, pero la realidad que se vio en la ronda de clasificación es más que evidente: el nivel general de los equipos es bajo en calidad, escasean las figuras, la afición está eligiendo otras opciones de entretenimiento y los arbitrajes están para llorar.

En la agenda de los dueños deberá incorporarse un proyecto serio de cómo hacer que la gente siga interesada en conservar al futbol como el entretenimiento nacional, por encima de todos los demás deportes, del cine, del teatro o de la ópera.

Pero todo tiene que partir de la aceptación de que, efectivamente, las cosas no andan bien. No hay peor ciego, recordemos, que quien no quiere ver.

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