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Miércoles, 16 de Octubre 2019
Cultura | Enrique Navarro

Visiones de Atemajac

Dr. Atl (IV)

Por: EL INFORMADOR

A su regreso a México, dividió su tiempo en la persecución de diversos afanes. Esta etapa transcurre entre 1903 y 1911. Un tanto cuanto disperso, lo mismo organizó exposiciones que impartió conferencias; igual intentó enamorar a colegialas que escribió artículos; también inició otras de sus pasiones: ascender, pernoctar y pintar el volcán Popocatépetl. Todo esto y más -no es difícil adivinarlo- lo vivió instintivamente y con la asertividad que su espíritu libre le dictaba. Tuvo en ésta y otras etapas inconsistencias, como las ideológicas o las derivadas de una personalidad dispersa, entre otras que analizaremos, pero felizmente subordinadas a sus aportes tanto luminosos como estéticos. Es cierto, pues, que se atoró en muchos meandros de su proceso vital, pero también lo es que, al final de cuentas, el río fluyó.

Es memorable, por ejemplo, su actitud contestataria ante la malinchista exposición celebratoria del Centenario de la Independencia de 1910 (integrada por obra de artistas europeos), auspiciada, de manera contradictoria, por el régimen de Porfirio Díaz. Digo contradictoria, porque el veterano dictador, siendo mestizo con fuerte carga genética indígena y apoyando, como lo hacía, la formación profesional y viajes de estudio de artistas y escritores nacidos en México, pugnaba por estéticas y valores extranjerizantes. Revisando los testimonios visuales de los festejos del Centenario asombra constatar la aparición de cuadrillas y personajes del México indígena, ataviados y desfilando por las calles capitalinas, organizados, lamentablemente, desde la hipócrita visión -por decir lo menos- del régimen porfirista.

No estaba mal, por otro lado, la arquitectura que su gobierno promovía: antes, al contrario, nos legó formidables edificios, palacios, estaciones y mercados, pero Gerardo Murillo, desafiante, no opinaba lo mismo en los terrenos pictóricos. Gracias a su empeño por organizar una muestra alternativa de "rechazados" pintores mexicanos, preñados de visiones renovadoras más acordes a la realidad mexicana y al emergente arte nacional, y gracias, en fin, a una pléyade de combativos artistas e intelectuales de las décadas subsiguientes, es que la cultura mexicana vuelve a posar sus ojos sobre sí misma.

Memorables son, asimismo, sus escarceos en torno a la geografía y volcanes mexicanos. El Dr. Atl tomó esta estafeta de un maestro de la talla de José María Velasco. Rebelde como un adolescente perenne, Gerardo Murillo no podía representar tales visiones sin una técnica y materiales propios. Ideó (no podía ser de otra manera) los "atl-colors", que consistían en barras de colores secos resinosos fabricados con base en el copal, la cera, el jabón y el aceite de linaza. Versátiles, estos colores se aplicaban en soportes de metal, cemento o madera y soportaban, además, los agentes de la intemperie. Es curioso, sin embargo, que sus contemporáneos no los utilizaron.

 No sabemos la causa, pero yo me inclino a pensar que esto se debía más al tradicionalismo de los artistas en el manejo de las técnicas (¡qué paradójico!) y menos debido al supuesto egoísmo de nuestro personaje por no estar dispuesto a compartir la fórmula. Es más fácil imaginar al Dr. Atl divulgando sus secretos entre sus arengas y dimes y diretes que a sus colegas utilizando técnicas diferentes al óleo, temple y encáustica ancestrales.

navatorr@hotmail.com

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