Martes, 21 de Enero 2020
Cultura | Por: Martín Almádez

Itinerario

Charlot, Charlot

Por: EL INFORMADOR

Hace unos días llegó a mis manos, El renacimiento del muralismo mexicano 1920-1925, de Jean Charlot, gracias a la generosidad del doctor Arturo Camacho.

Hacía tiempo que no disfrutaba un libro con la tensión, el interés, pero sobre todo, bajo la clasificación de libros que un día hiciera José Vasconcelos, al distinguir entre aquellos que se leen sentados, y los que por su intensidad y constante hilo de curiosidad, deben ser leídos de pie.

El libro escrito por este francés radicado en México a partir de 1921, consigue mostrar los despliegues vivos, coloridos e intrigantes de la vida cultural del lustro anunciado, en la que tomó parte como uno de los muralistas que dieron luz al antiguo edificio de San Ildefonso, entre otros espacios públicos que abarcó esta corriente pictórica.

Sin embargo, el hecho de que sea un libro para ser leído de pie, no está tanto en el manejo de la información sobre el tópico tratado, sino más bien en las características de las relaciones entre los protagonistas, que al igual que un buen novelista, Charlot logra definir perfiles psicológicos y escenarios de la más pura condición humana.

Aparece entonces un Diego Rivera -a quien Vasconcelos había encargado “reclutar” pintores para dar inicio a la magna obra mural- con un gesto de ingenio en la plástica y con otro, humano, de soberbia, egoísmo y charlatanería ante sus compañeros, a los que siempre consideró inferiores, tontos y bobalicones, al ignorarlos e incluso ofrecerles información falsa sobre la mezcla de algunos materiales y preparación de colores. Punto y aparte merece la breve pero más que plástica escena, en la que la muy tapatía Lupe Marín, entra a defender a su robusto marido, de entre la amenaza de los amigos de propinarle una inminente golpiza.

Un cuadro más drástico y a la vez divertido lo da José Clemente Orozco, quien en su papel “cioranesco”, reniega de los mayores símbolos e imágenes que en los principios del siglo XX eran tomados como principios plásticos y semánticos de la nueva tendencia del pincel que sería conocida como Escuela Mexicana de Pintura. Para todos, Orozco tenía, siempre, una buena frase de desaliento, sarcasmo y aguda inteligencia.

Y el cuadro de los tres grandes muralistas por citar a los ejes, lo cubre David Alfaro Siqueiros quien es señalado por Rivera y el mismo Vasconcelos como un flojo que solo cobra y está en espera de que la fama pronuncie su nombre.

Charlot permite que 90 años después de sucedida, la vida cultural de la Ciudad de México y parcialmente la de Guadalajara cobre vida, y se precise, con mayor claridad, lo hecho y lo omitido, los errores y lo conquistado, solo con el propósito de que en el presente, se guarde esa referencia, y se marque un parámetro, como una de las funciones básicas de la Historia misma.

La escritura de Charlot es un placer empotrado en los muros; es también una ventana a la flaqueza humana de grandes artistas; es una radiografía del pensamiento político de una revolución en vías de ser institucionalizada; es un colorido de anécdotas que incluyen las autopsias practicadas por Amado de la Cueva y su muerte por las calles de Guadalajara; y sobre todo, es la crónica de uno de los más ambiciosos proyectos de promoción cultural que sí lograron transformar al país: las convicciones de José Vasconcelos.

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