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Miércoles, 22 de Noviembre 2017

Cultura

Cultura | Columna semanal

Contemplaciones contra el tedio

Por: David Negro Guerrero

                                                                  I

Las noticias que nos impactan suelen tener la forma de una moneda y su impredecible azar. Difícil es aventarla al aire y querer que caiga de canto, sostenida por el ligero aire de nuestra esperanza más remota o nuestro más cercano aliento de desconcierto. Por lo regular, toda noticia, como cualquier moneda, arrastra la doble cualidad que también distingue a la vida: tiene su necesaria dosis de aventura y la misma de pesar.

 Al menos así me ha sucedido al enterarme de que este talentosísimo creador ya no estará más con nosotros. La última vez que lo vi, apenas un par de meses atrás de estas fechas, nuestras pequeñas hijas jugaron a tocarse la nariz mientras nosotros platicábamos, en cosa de menos de 15 minutos, de en dónde andábamos, qué hacíamos, qué esperábamos. Siempre le agradecí el que le gustara mi trabajo radiofónico.

Alguna vez hasta compartí con él la idea de que realizábamos cosas similares: llevar adelante aquellos proyectos que estaban alejados de la comodidad aparente que las nuevas tecnologías habían traído: "hoy es el tiempo de los apantallapendejos", coincidíamos con una rebelde resignación. No fui precisamente su amigo de confianza, mucho menos un conocido habitual.

 Fui un colega ocasional con el que compartía ideas sobre lo mucho que se podía hacer -y puede- en una ciudad como Tapatilandia a favor del arte y la cultura, y cómo era -es- necesario sacudirse ese aburrido espantapájaros que significa el conformismo, la soberbia y la estupidez vuelta autoelogio permanente.

"Parece que estamos llenos de eso, ¿no te parece?", me dijo alguna vez, mientras nos despachábamos unos dogos de Pedro Moreno y Escorza. "Pues sí, pero ¿cómo lo evitas?". "No se trata de evitarlo, sino de trabajar", me dijo con una serenidad digna de Kaliman, mientras mordía un chile jalapeño.

                                                                 II

La noticia de su desaparición física es, por un lado, el rostro de una de las caras de esa moneda inevitable que es la vida. ¿Por qué? Porque queda la certeza de que sí se está más desvalido, como si de sopetón se hubiera arrancado algo a lo que uno no le dio la importancia que merecía.

Pero, por el otro, ¿cómo evitar la satisfacción que da saber que el legado y las enseñanzas dejadas por este personaje irrepetible hoy están más fuertes que nunca? El golpe más contundente lo ha resentido la familia cinematográfica, particularmente aquella que creció y aprendió con él desde una de las trincheras más fantásticas e ilimitadas que ofrece el séptimo arte cocinado en estas tierras: la de la animación.

Todos coinciden en eso: si hay alguien al que se le debe entregar todo el reconocimiento que ha alcanzado el desarrollo de la animación en esta parte del occidente del país, y su réplica hacia el resto de la nación, es a Rigoberto Mora. Entusiasta, divertido, impredecible, trabajador hasta el cansancio, congruente y honesto, Rigo Mora ha hecho su última gran puntada: dejarnos a todos como en ascuas.

No en vano, uno de sus más fuertes cómplices, de resonancia mundial, Guillermo del Toro, escribió, en un testimonio bastante conmovedor, que "para un ecosistema así, perder a un cineasta o a un animador es grave, sí, pero perder a un ser humano como Rigoberto Mora es trágico, porque pierde también un poeta, un escultor, un filósofo, un terrible cantante, un gran maestro. En fin, pierde una colonia entera de artistas" (Público, 07-05-09). Buen viaje al maestro Rigo Mora.

                                                               III

Cambio de ruta: ¿Qué pasará por la cabeza de ese mortal, que suele estar rodeado de aduladores y lambiscones, a la hora de que está solo con su soledad, pensando en el bien o el daño que hace con sus acciones y la forma en que repercuten éstas en la colectividad? ¿Habrá algún respingo en su corazón, o en el último de sus nervios atorados hasta el fondo de su conciencia -si acaso la tiene-, sabedor de que vive ufano al cobrar un salario que está hecho con las aportaciones de hasta el más jodido?

¿Sabe ese singular personaje, tan dado a la labia y a la saliva presurosa, con un tic sin freno que se apura en querer saludar hasta el aire más invisible, qué es lo que tiene que hacer la gran mayoría de ciudadanos que no están bendecidos por el tufo verdoso de la política y su cínico rostro de grilla para poder sobrevivir?

¿Sabrá, mientras brinda en esos restaurantes de postín, con sus guaruras y achichincles aburridos en el estacionamiento, gastándose el dinero que de otra forma nunca podría por sus propios méritos ganar -a no ser que sean los de la transa, la traición, la corrupción, la dejadez, la humillación, y tantos vicios ocultos debajo de trajes y vestidos de marca-, lo que tienen que hacer todos aquellos que nada más no pueden vivir con un solo sueldo?

¿Tendrán idea? Cuando uno se entera que esos ejemplares ciudadanos, tan honrados y dispuestos a sacrificarse con sus acciones por los demás, que ganan entre 80 y casi 110 mil pesos mensuales, que ya aventaron la toalla para buscar otro cargo público, pero con la misma perorata, las mismas y nada originales fórmulas retóricas ("haremos", "promoveremos", "nunca más…", "ya basta", "yo creo en ti", y demás idioteces), de lo único que dan ganas es de vomitar. ¿Por qué se ha envilecido la política a esos niveles? ¿Quién les hizo daño a esos pobres ladrones de méritos? Quién sabe.

Finalmente la culpa no es de ellos que ya bastante grandecitos -y nada ingenuos- están. Más bien, la culpa tal vez la tenemos en nuestras propias narices.

Comentarios, quejas y presunción de cheques millonarios honrosamente devengados a: davidguerrero.lemus@gmail.com

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