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Domingo, 09 de Diciembre 2018

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Yo soy el pan vivo

La presencia de Dios en medio de los hombres es una forma de continua creación de amor

Por: El Informador

Levántate, come, que el camino es superior a tus fuerzas... ¡Camina! ESPECIAL

Levántate, come, que el camino es superior a tus fuerzas... ¡Camina! ESPECIAL

• Decimonoveno domingo ordinario
• Dinámica pastoral UNIVA

LA PALABRA DE DIOS

PRIMERA LECTURA
De los Reyes 19, 4-8

“Levántate y come, porque aún te queda un largo camino. Se levantó Elías. Comió y bebió. Y con la fuerza de aquel alimento, caminó cuarenta días y cuarenta noches hasta el Horeb, el monte de Dios”.

SEGUNDA LECTURA
San Pablo a los efesios 4, 30 – 5, 2

“Imiten a Dios como hijos queridos. Vivan amando como Cristo, que nos amó y se entregó por nosotros, como ofrenda y víctima de fragancia agradable a Dios”.

EVANGELIO
San Juan 6, 41-51

“Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo les voy a dar es mi carne para que el mundo tenga vida”.

Por segunda vez, es el evangelio de San Juan, en el capítulo sexto, el mensaje luminoso de Cristo sobre su persona, su presencia y su acción en medio de los hombres, en la historia de todos y en la de cada uno; algo trascendental que sólo Dios puede hacer y hace.

En el universo nada es estático, todo es movimiento continuo, todo es actividad, todo es vida. La tierra se mueve y arde constantemente el sol, que es una estrella; y los millones de estrellas que pueblan el cosmos son piezas de una perfecta, inmensa, armoniosa máquina que, complacido contempla su Creador.

De este universo inconmensurable, algo, muy poco, ha percibido el hombre con el telescopio. Hay otro mundo también en perpetuo movimiento, y una breve porción cae bajo el dominio del microscopio.

Y un tercer mundo, no perceptible por los sentidos ni apoyado por aparato alguno, es el espiritual, en el que Dios actúa continuamente en la vida de las almas. Dios es un espíritu puro y el alma humana es espiritual, y la presencia de Dios en el mundo de las almas no es una presencia pasiva, de sólo espectador, o -lo que erróneamente alguien puede pensar- de vigilante severo para corregir y castigar culpables.

La presencia de Dios en medio de los hombres es una forma de continua creación de amor. En Él estamos, nos movemos y somos -como lo percibió San Pablo-, sin ayuda de aparatitos, con la sola respuesta de la fe.

Bajado del cielo... Ser pan, y pan vivo, es la expresión con la que Cristo se autorrevela, se da a conocer: pan que es alimento, que es vida. Mas con algo que sorprende: al sustantivo pan le pone el epíteto vivo, porque si el pan es material, ¿cómo puede decirse del que tiene vida? Y más todavía: no es pan de la tierra, porque el pan vivo es bajado del cielo.

A lo largo de 20 siglos de cristianismo, muchos cristianos con incapacidad teórica o práctica, o técnico-práctica, han tenido una pobre visión de la persona de Cristo, y han desfigurado y minimizado su persona y su acción, a intereses -terrenales, sociológicos y políticos.

La fe no consiste en aceptar conceptos o verdades abstractos; la fe no se nutre con elucubraciones intelectuales; la verdadera virtud consiste en aceptar a Jesús, el Hijo de Dios bajado del cielo. Conoce Jesús la incredulidad de esos judíos y les dice:
“Nadie puede venir a mi, si no lo trae el Padre que me ha enviado”. Así les revela dos verdades: Primera, que la fe es don gratuito de Dios. Cree aquel a quien Dios le da la gracia de creer, de aceptar algo nuevo, inesperado, incomprensible. Es la grata sorpresa de los que no creían y un día, misteriosamente, abrieron los ojos a la fe, a ver a Dios y las obras de Dios.

Segunda, que es el enviado del Padre, y por lo mismo está en estrecha relación con quien lo envió, a quien le da toda potestad.

El Padre atrae a los afortunados, a los llamados a la fe. Así se entienden los dos momentos de la fe: el primero es iniciativa divina, y el segundo es la respuesta de quien es llamado.

La acción se inicia, por tanto, por la atracción del Padre, y ya con la fe se acepta al Hijo.

“El que cree en mi, tiene vida eterna”. Solamente Cristo puede dar satisfacción plena a los anhelos del hombre, de no morir para siempre, de tener vida después de esta vida, de vivir la verdadera vida.

Cristo viene del Padre, y sólo Él trae la solución para el hambre del hombre, que inquieta, quita el sueño y suelta en la mente del ser humano un manojo de dudas, de preguntas sin respuesta, de congojas. Creer es romper las tinieblas con una sola luz: la de la fe. Creer es aceptar a Cristo, que afirmó de sí mismo...

“Yo soy el pan de la vida”. La revelación como comunicación personal de Dios, trae al hombre algo que éste no podría descubrir por sí mismo; y aceptar la revelación, que es creer, al mismo tiempo da confianza, seguridad, alegría. Es el regocijo de quien andaba sin rumbo y ha encontrado el camino; es el placer del ciego de nacimiento, que milagrosamente abre los ojos a la luz.

José Rosario Ramírez M.

Levántate, camina, come

Caminó Elías un día entero por el desierto, vencido, cansado y sin esperanza se sentó y sintió deseos de morir, el cansancio es frecuente no solo en Elías, podemos decir que en todos, por el peso del camino, por los incidentes, desilusiones, incomprensiones, fallos de la vida, traiciones, injusticias, hipocresías, desconfianzas y muchas más cosas que pueden engrosar la lista.

Ante realidades como estas el camino, las esperanzas, las ilusiones pierden todo interés, teniendo como único y pobre interés, encontrar un lugar donde recostarse y olvidar el fracaso vestido de cansancio.  

El desalentado Elías, se tira bajo el árbol y quiere olvidarse de todo, duerme cuando Dios se hace presente en el ángel que tiene necesidad de gritarle para disipar su letargo: -“Levántate y come”, despierta y somnoliento descubre un pan y agua que come más como sonámbulo que consciente de quien le habla y quien se lo ha enviado, por lo cual vuelve a dormir.

Pareciera que la pedagogía de Dios es contraria a la razón, pero es efectiva y conforme a la realidad y condición del hombre, no hemos sido creados para la derrota, y la inacción, somos peregrinos, caminantes, el imperativo del ángel para que se levante y coma no solo es para que no muera, sino para que viva con dignidad y cumpliendo con su misión, caminando por largo que sea el camino.

Hemos de ser conscientes que el camino no es la meta, es el medio, la meta es el alimento, después de cuarenta días y cuarenta noches de camino, Elías llega al monte de Dios, el lugar donde se reconoce la presencia de Dios, se llega a Dios.

Aún cuando en el texto de la primera lectura, el orden de las palabras dichas por el ángel son levántate, come y camina. La realidad es otra: Levántate, camina para que comas.

El evangelio, nos permite comprender la profundidad del mensaje, el pan que restablece debemos entenderlo como el camino, y conducción a la meta, que es Dios mismo, la meta de Elías fue el monte, lugar de la presencia de Dios, para el creyente, conforme al mensaje del evangelio de estos domingos, es el pan de la vida que es Jesús: “Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo les voy a dar es mi carne para que el mundo tenga vida”.

Así pues, comiéndole a él, nos alimentamos con nuestro camino. El camino se convierte en nuestro alimento. El camino se hace fuerza, remedio de nuestro cansancio.

Levántate, come, que el camino es superior a tus fuerzas. ¡Camina! Cuanto más largo sea el camino que pretendes recorrer, más a disposición tendrás un espacio para dejar atrás el cansancio y caer en la cuenta de cuan bueno y, también, exigente a sido Dios contigo, porque Dios exige a los que ama.

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