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Martes, 22 de Mayo 2018

Suplementos

Una joya escondida entre las arenas mexicanas

Conoce una de las zonas que durante eones ha estado escondida entre las arenas de Cuatro Ciénegas Coahuila, que forman parte del gran Desierto de Chihuahua

 

Por: Pedro Fernández Somellera

La belleza de una poza milenaria en el desierto. EL INFORMADOR/ P. Somellera

La belleza de una poza milenaria en el desierto. EL INFORMADOR/ P. Somellera

Una de las cosas más extrañas y bellas que he tenido la suerte de vivir, es el haber podido visitar las pozas de agua cristalina y milenaria, que durante eones ha estado escondida entre las arenas de Cuatro Ciénegas Coahuila, que forman parte del gran Desierto de Chihuahua. Estas aguas han estado ahí sumergidas desde cuando los continentes se encontraban en plena formación, y formaban parte del súper continente norteño llamado Laurasia.

Unos 80 km. al Sur de Monclova, aparecen una serie de lagunitas de agua transparente y clara, que indiscutiblemente son invaluables fósiles llenos de historia que provienen del antiquísimo subsuelo milenario. Unas tienen agua caliente y otras fría; unas son salobres y otras no; algunas están conectadas por canales -algunos subterráneos y otros superficiales- que forman un ecosistema único e irrepetible, actualmente está siendo amenazado por las actividades agrícolas y ganaderas que (principalmente) Lala y Soriana llevan a cabo en la región.

Cada una de estas pozas forma en si misma un acuario individual con sus propios habitantes sin cambios significativos desde eras inmemoriales: Cada poza es un libro abierto donde se puede leer la memoria de la Tierra. Se dice que el acopio de información que poseen es tan valioso como el de Los Galápagos mismo.
La carretera por donde, muy de madrugada, nos acercábamos a las pozas era deliciosa. Los montes de uno y otro lado, parecían que nos conducían a un desierto interminable que nos ofrecía sus huisaches, ocotillos y matas espinosas a manera de bienvenida.

Las cumbres erizadas se iluminaban con los dorados y naranjas del amanecer, enmarcando las lejanísimas planicies azules y plomo que la noche todavía no quería dejarnos  disfrutar. Un poco más delante (me dio risa) en un  punto desde donde se divisaba un vasto horizonte plano y desolado rayado por el gris que una carretera recta, recta; tan recta que parecía que nunca terminaría en donde… alguien tuvo la ironía de colocar un letrero oficial de carretera que decía: “¡No se estacione en curva!”. Me alegró el sentido del humor de quien lo puso. Dicen que si no hubiera sentido del humor en el mundo…¡el alma enfermaría! Lo gocé.

Cuatro Ciénegas es un pueblo recio. Recio de fríos y de calores. Recio de la reciedumbre del desierto: de ahí  era Carranza: el Varón de Cuatro Ciénegas, homenajeado por los políticos, desconfiado por la historia y odiado por sus correligionarios.

La dureza de sus tierras y de su paisaje, poco a poco fueron desapareciendo al sentir lo hospitalario y amable de su gente. Todo mundo nos recibía de maravilla; unos nos invitaban una nieve, otros a unas chelas, otros… nomás a platicar. Estaban ávidos de plática: y si traes mentiras nuevas… pos’ que mejor. Todos tienen historias que contar. Que si de la revolución; que si la (ésta me gusta) de aquel al que lo venían persiguiendo, y que… entre el susto y las carreras, se le cayó la pistola. Pero dicen que lo curioso fue que esa mismísima pistola la vino a encontrar cuarenta años después, en una cantina; y además… ¡fajada en el cinturón por quien lo había perseguido! (así lo cuentan). Y dicen también que con el correr de unos cuantos tragos, perseguidor y perseguido siguieron juntos la parranda olvidando sus cuitas anteriores (y yo creo que hasta la pistola).

Después de haber “sido orejas” para tanto cuento y tanta historia,  acabamos -igual que los compadres- en las famosas Cavas de los Ferigno en donde, debo de aceptar que nos entretuvimos un poquito; han de perdonar pero había que probar tantos tipos de Jerez que se nos hizo tantito tarde; tantito nomás pues.

Más tarde visitamos las lagunas de la región, a invitación de los propietarios de los predios donde están: Puente Zumbadora, Los Burros, El Hundido, La Becerra, Churince, y la impresionante Poza Azul… ¡Ah, que bonita! Chiquita; tendrá unos veinte metros de diámetro y doce de fondo. El agua es azul, azul; cómo si estuviera teñida, y tan clara que su fondo se alcanza a ver perfectamente. En ellas existen unos pececitos (Ciclids) que son endémicos de la región, y se alimentan sepultándose en la arena para sacar pequeñas almejas, y luego de expulsar sus desechos se vuelven a enterrar por otro bocadillo.

Muy impresionante es también el Río Mezquites, con su fondo lleno de estromatolitos: pequeños seres milenarios que supuestamente son las formas primigenias que existieron el planeta y creadores del primer oxígeno y fotosíntesis terrestre.

Maravillosamente se conservan aún vivientes en este lugar. Un poco más al Sur, en donde millones y millones de años de vientos y lluvias y sequías, fríos y calores formaron unas dunas de arena blanca en un paisaje casi lunar, habrá que gastar unas cuantas horas para dejar a la imaginación volar, ilusa, entre las blancas superficies onduladas esperando a los fantasmas del desierto. Dunas, lagunas, ríos, pantanos, ciclids, estromatolitos, delicadas flores, tortugas de bisagra, arenas, espinas y bastedades, son parte del increíble surrealismo del que disfrutamos en nuestro maravilloso México.

pedrofernandezsomellera@prodigy.net.mx

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