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Viernes, 22 de Junio 2018

Una fiesta de cuentos

AndraVal Ediciones y la Universidad Autónoma de Sinaloa comparten con los lectores de EL INFORMADOR un extracto del cuento “La primera vez que vi a Kim Novak”

Por: El Informador

El autor es referente entre los literatos jaliscienses.CORTESÍA/ ANDRAVAL EDICIONES

El autor es referente entre los literatos jaliscienses.CORTESÍA/ ANDRAVAL EDICIONES

La primera vez que vi a Kim Novak yo estaba montado a horcajadas sobre la espinosa rama de un guamúchil. Fue en una noche de invierno, desgarrada por un viento gélido cuyo ulular quemante partía los labios y amorataba el rostro sin misericordia. Había llegado hasta allí tratando de sortear las dificultades que ofrecía el tronco espinoso del árbol, en medio de la oscuridad, sin poder evitar algunos percances en el ascenso. Me había rasgado ambos brazos hasta hacerlos sangrar y advertí, además, una pequeña rotura en el pantalón que anunciaba una paliza inevitable.

Aquel guamúchil llegó a ser, para quienes teníamos el valor de desafiar los peligros de la noche, la versión más al alcance de que disponíamos del árbol de la sabiduría cuya semilla perdió Dios, para bendición nuestra, durante un paseo fuera del Paraíso. Mi valentía para trepar en él a oscuras tomó tiempo para templarse, y aun cuando llegué a competir con los gatos como salteador de azoteas desiertas, nunca dejé de hacerlo sin llevar el corazón atascado en la garganta. Mi iniciación corrió a cargo de una insidiosa serpiente que rondaba siempre los pasillos de la secundaria. El legendario reptil me empujó a un lugar apartado y, con voz apagada y misteriosa, dijo:

-¿Vamos al cine a la noche?
-No tengo dinero -le respondí.
-¡No seas pendejo! -me atajó-, no se necesita lana -y, como en secreto, agregó-: se puede ver desde el patio del doctor Chuy, de arriba del guamúchil. ¿A poco no sabes?
Sí, lo sabía; y sabía también la clase de películas que les gustaba ir a ver, y eso era lo que me daba miedo.
-Pero a mí no me dejan; además... el padre...
-¡No seas culero! -volvió a la carga- ¡Ni que saliendo vayas a ir con el mitote!
-Pues no -dije cohibido-, pero...
-¿Pero qué?
-Cuando me confiese...
-¡Uuta loco, qué jodido estás! ¿Todavía andas con esas pendejadas?

No tenía escapatoria. Pensé, además, en mis compañeras, pícaras redomadas al tanto de todo y que, en esas cosas del amor y el sexo, corrían siempre delante de nosotros, echándonos el polvo y una risa sarcástica en la cara. Si se enteraban de que no quise ir...

-Bueno..., sí voy.

-¡Sale! Nos vemos en la estación, atrás del cine, antes de las ocho. ¡Culo de perro si te rajas!

Durante la tarde deambulé entre el miedo y el deseo. En las horas de espera, la serpiente y el cura desplegaron arduo forcejeo en mi mente nebulosa: «Dios os prohibió comer de todos los árboles del Paraíso, ¿eh?». El otro: «Podemos comer del fruto de los árboles que hay en el Paraíso, pero Dios nos prohibió comer y hasta tentar la fruta del árbol que está en el centro del Paraíso, por temor de que muriéramos». El Satanás de secundaria arremetía de nuevo: «De ninguna manera, no moriréis; no os preocupéis por eso. Lo que pasa es que el ruco sabe que el día que comáis de su fruto se os abrirán los ojos y seréis como dioses, conocedores del bien y del mal. Así que no os echéis para atrás».
Fui.

Y fui esa noche y muchas más, pues vi que la fruta de aquel árbol era buena para comer, bonita y apetecible, que a la primera mordida me hizo abrir los ojos desmesuradamente y vi entonces que el mal era bueno; y aunque en el acto sentí que mi alma quedaba desnuda, no me avergoncé de nada ni me escondí de nadie, a no ser de la policía, que hacía el primer rondín de la noche como preguntando: ¿dónde estás, Adán?
Como en las películas de guerra, nos apoderábamos del árbol por medio de una operación comando. El pelotón se reunía en los patios de la estación del ferrocarril, amparado en la oscuridad, en medio de los vagones vacíos. Se fumaba y se tosía durante la espera de los retardados.

Fugaces, atravesábamos la explanada entre las vías férreas de las casas frente a la estación, viejas fincas que databan de principios de siglo, utilizadas como almacenes la mayoría de ellas. Del otro lado de la cuadra, por donde se ingresaba al cine con los nervios tranquilos, las construcciones eran del mismo estilo, pero habitadas por familias de añeja prosapia y lustre pueblerino con las que había que andarse con cuidado.
La carrera terminaba ante una casa derruida que conservaba en pie la parte frontal; escalábamos una reja enorme de sólida herrería y volvíamos a tierra por la parte interior en medio de los escombros. Por un muro de gruesos adobes, cortado en un tajo inclinado, ascendíamos sin dificultad a la azotea de la casa contigua. Con paso sigiloso recorríamos los techos, acercándonos al destino final.

Caminábamos sobre un muro que corría de una construcción a otra atravesando los patios, ancho, pero tan elevado, que hacía vacilar incluso a los veteranos más probados. La operación debía ejecutarse con rapidez para evitar ser vistos por los vecinos. Cuando se presentaba esta contingencia, el arribo de los guardianes del orden no se hacía esperar, obligando a abortar el operativo. No fueron pocas las noches en que una alerta roja de alharacas de vecindad impidió el disfrute de un lúbrico banquete. Fue entonces cuando empecé a odiar a los ricos.

Ya en la azotea de la casa del doctor Chuy, estábamos en tierra de nadie. Era un galeno de la vieja escuela, ideático y huraño, afamado por el bajo costo de sus servicios, por la efectividad de sus pócimas homeopáticas y por sus habilidades obstétricas que lo hacían digno rival de las comadronas más reputadas de la región; pero, sobre todo, su celebridad la acrecentaba el olor endemoniado, mezcla de ajos con amoniaco, que su cuerpo desaliñado esparcía hasta los confines mismos de su fama. Él no habitaba la casa -sólo la usaba como consultorio-, misma que, por lo general, abandonaba antes de que la función diera inicio. Y aun en las ocasiones en que se encontraba en ella, de notarlo, hacía caso omiso de nuestras correrías por el techo. Siempre fue inmune a las quejas que le llegaban, vinieran de los vecinos o del dueño del cine. «Viejo alcahuete», decían los de este partido. Nosotros, en cambio, pese a que hacíamos escarnio de sus aromas infernales, sabedores de su complicidad, lo adorábamos secretamente.

Bajábamos a tierra descolgándonos por la reja de una ventana y, ya en el patio, escalábamos el árbol de las delicias tranquilamente, preocupados sólo de las espinas. Con una pequeña piedra golpeábamos las afiladas puntas encontradas en el lugar escogido para sentarnos, operación no siempre necesaria dado el acondicionamiento que nuestra asiduidad había logrado en las localidades más socorridas.

Desde aquella atalaya abrojosa conocimos el mundo. Era una ventana al universo, la única a nuestro alcance: París, Nueva York, África, la India; el mar y el cielo, la selva y el desierto; las entrañas de la tierra y el espacio sideral; las legiones romanas, los desastres del futuro; el amor, el sexo y... ¡Kim Novak! Kim Novak tendida en medio de la cama, retando a un amante timorato, desnuda, fiera majestuosa en tonos blancos y negros incapaces de opacar el fuego dorado de su piel lujuriosa.

Recuerdo que esta aparición provocó una sacudida abrupta del Árbol de la Vida. Quienes habían llegado hasta las posiciones más temerarias, hubieron de aferrarse a su rama a la manera como el marino -lo habíamos visto allí mismo- se asía al mástil desesperadamente en medio de la tormenta. A pesar de los rigores de la noche invernal, el ambiente se calentó de golpe. Un bamboleo rítmico sucedió a la sacudida tempestuosa. Los espíritus se agitaron. Un crescendo de resuellos sincopados inundó la noche, alcanzó un clímax violento y se extinguió enseguida en desahogos quejumbrosos de tintes agónicos. Restablecida la calma, un parloteo recorrió el árbol inventariando las secuelas del meteoro. Risas y burlas descendían de las ramas más elevadas; quejas y amenazas remontaban las alturas.

En tales circunstancias no era fácil mantenerse sobre el árbol, pero habíamos recuperado parte de las habilidades prensiles perdidas por el hombre milenios atrás, en un proceso evolutivo que, cuando trepábamos al árbol, a nosotros nos parecía un retroceso incuestionable. Este parecer lo habíamos documentado en la pericia que Chita desplegaba al lado de Tarzán en menesteres similares. La evidente inferioridad del hombre mono frente a su mascota revocaba toda idea de progreso.

Y no obstante los avances de nuestras mañas de chango, cuando esas escenas voluptuosas exaltaban el ánimo de la tropa no era extraño ver pasar un cuerpo en caída libre, atraído por una fuerza inversamente proporcional al producto de las masas involucradas multiplicado por el cuadrado de la distancia sin que la fricción del aire pareciera mermar, como aseguraba nuestro profesor de física, la velocidad del desplome ineluctable.

De presentarse uno de estos percances, era necesario poner en marcha un plan contingente para evacuar las bajas a la retaguardia, renunciando al logro completo del objetivo que la misión se había trazado. Agréguense a estos inconvenientes las dificultades que enfrentábamos al momento de rendir el parte del fallido operativo ante un alto mando insensible que condecoraba nuestro arrojo con azotes.

Texto reproducido bajo la autorización de AndraVal Ediciones y la Universidad Autónoma de Sinaloa

YR

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