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Viernes, 21 de Septiembre 2018

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¡Sálvanos, Señor, que perecemos!

En este domingo, Jesús manifiesta el poder de obrar, porque al imperio de su palabra obedecen los elementos de la naturaleza, los vientos desatados y las olas encrespadas

Por: El Informador

Juan antes de nacer de una madre hasta entonces estéril, es consagrado a Dios y lleno del Espíritu Santo, es un profeta revestido de austeridad, un maestro de penitencia y oración. ESPECIAL

Juan antes de nacer de una madre hasta entonces estéril, es consagrado a Dios y lleno del Espíritu Santo, es un profeta revestido de austeridad, un maestro de penitencia y oración. ESPECIAL

• Décimo segundo domingo ordinario
• Dinámica pastoral UNIVA

LA PALABRA DE DIOS

PRIMERA LECTURA
Isaías 49, 1-6

“Es poco que seas mi siervo sólo para restablecer a las tribus de Jacob y reunir a los sobrevivientes de Israel; te voy a convertir en luz de las naciones, para que mi salvación llegué hasta los últimos rincones de la tierra”.

SEGUNDA LECTURA
Hechos de los Apóstoles 13, 22-26

“Juan preparó su venida, predicando a todo el pueblo de Israel un bautismo de penitencia”.

EVANGELIO
San Lucas 1, 57-66. 80

“Juan es su nombre… ¿Qué va a ser de este niño? Esto lo decían, porque realmente la mano de Dios estaba con él”.

Tristes, cabizbajos, dos discípulos del Señor volvían de Jerusalén a su aldea llamada Emaús, el domingo, después de la tragedia del viernes.

Ellos y muchos más bajaron del monte Calvario derrotados, inconsolables, y de eso platicaban cuando un tercer caminante se les sumó y les preguntó la causa de su tristeza.

Uno de los dos, llamado Cleofás, le contestó que si era el único que no conocía los sucesos de los últimos días en Jerusalén, de cómo a Jesús Nazareno -varón profeta poderoso en obras y en palabras ante Dios y ante los hombres- lo condenaron a muerte y lo crucificaron.

Poderoso en palabras, porque transmitía a los hombres lo que su Padre celestial le había comunicado; esto era la buena nueva, el mensaje del amor de Dios a los hombres, antes nunca revelado -como lo era ahora- con tanta profundidad y semejante claridad.

Poderoso en obras, todos los prodigios con que Jesús daba alegría a los pobres, a los enfermos, a los tristes, a los desposeídos, al mismo tiempo eran pruebas contundentes de su poder como el Mesías y de que ya estaba presente el Hijo de Dios entre los hombres.

En este domingo manifiesta el poder de obrar, porque al imperio de su palabra obedecen los elementos de la naturaleza, los vientos desatados y las olas encrespadas.

Todo sucedió un atardecer, después de una jornada de trabajo. Jesús y sus doce apóstoles cruzaban en una barca el lago de Tiberíades: “se levantó un fuerte vendaval y las olas se echaban sobre la barca”.

Siempre se ha considerado este pasaje narrado por los tres sinópticos -Mateo, Marcos y Lucas-, como una Imagen de las tormentas que han azotado a la Iglesia -la barca de Pedro-, en el navegar de 20 siglos, siempre factor importante y muchas veces central en la historia de la humanidad.

Y también las tormentas llamadas tentaciones, crisis, angustias, depresiones, caídas, y otros muchos nombres con los que es posible designar los días -o el puñado de días- por donde han pasado, pasan y pasarán todos los hombres y mujeres, frágiles, débiles, ante el embate de los enemigos de fuera y las propias miserias y flaquezas.

Ante los graves peligros colectivos o personales, esta página del Evangelio da la clave para no perecer: lanzar el grito pidiendo auxilio a Jesús, el Hijo de Dios, poderoso en obras y rico en misericordia, quien está en medio de los suyos desde el momento en que tomó la naturaleza humana y -hecho hombre en medio de los hombres, sin dejar de ser Dios igual al Padre y al Espíritu Santo-, puso su habitación en medio de aquellos.

“Jesús estaba en la popa de la barca, dormido sobre un cabezal, y los discípulos angustiados le gritaron: “Maestro, ¿no te importa que nos ahoguemos?”

Así fue la expresión en el evangelio de San Marcos; Mateo y Lucas ponen en boca de los azorados discípulos este desesperado grito: “¡Sálvanos, Señor, que perecemos!”

Una breve oración, sólo cuatro palabras, fue eficaz. Alguien ha dicho que la oración, cuando es humilde, confiada, llena de fe y persistente, es capaz de mover al mundo.

La oración fue benignamente atendida. “Jesús mandó al viento, dijo al mar: ‘¡calla y enmudece! y se aquietó el viento y se hizo completa calma”.

La aventura terminó con un grito de admiración:

“¿Quién es éste, al que hasta el viento y el mar obedecen?”

Cristo sigue, como entonces, aplacando incontables tempestades. Para encontrar su auxilio no hay que ser hombres de poca fe, como en un principio titubearon los discípulos. Cristo, cercano, bondadoso, dispuesto, está atento a escuchar el grito: “¡Sálvanos, Señor, que perecemos!”

José Rosario Ramírez M.

¿Qué va a ser de este niño?

En la liturgia católica únicamente se celebra el nacimiento de tres personas, Jesús, el 25 de diciembre; María madre de Dios, el 8 de septiembre y de Juan Bautista, el 24 de junio.

Se celebra a los santos el día de su muerte, por reconocer en este tránsito, su paso definitivo a la vida plena y eterna en Dios, pero de estos tres mencionados se conmemora también su nacimiento en razón de que han nacido limpios de pecado, Jesús por antonomasia el Santo de los santos, María elegida de Dios y predestinada como la llena de gracia y Juan Bautista, purificado desde el vientre de su madre con la presencia purificadora de Jesús, desde el vientre de la Virgen Madre, que lo hace saltar de gozo en el seno de su madre Isabel.

La manifestación de Dios no es una serie de acontecimientos aislados, sino una constante presencia en medio de nosotros, desde lo cotidiano de todos los días hasta los grandes actos que destacan en nuestra vida. Pero la constante en toda manifestación de Dios es su misericordia.

La misericordia de Dios no es lástima por los demás, sino un apego de Dios para con nosotros, a través de su cariño y ternura con un perdón efectivo por nuestras culpas o negligencias, para ratificarnos su fidelidad, por eso nos marca el texto de este domingo en referencia a Isabel quien era considerada estéril lo cual se catalogaba como una maldición para la mujer, que el Señor le había manifestado tan gran misericordia, y con ella se regocijaron todos.

Juan Bautista no sólo es el hijo de Isabel y Zacarías, es como más adelante lo dirá Jesús, es más que un profeta, es el predecesor del Mesías, profeta sin igual que prepara los caminos del Señor, no sólo con sus palabras sino como testigo.

Juan antes de nacer de una madre hasta entonces estéril, es consagrado a Dios y lleno del Espíritu Santo, es un profeta revestido de austeridad, un maestro de penitencia y oración. Su presencia es tan contundente, como determinante es la decisión de sus padres de llamarle Juan, contra toda costumbre y petición de su tiempo y conciudadanos que le querían llamar como su padre: Zacarías. Pero los designios de Dios ya habían fijado la grandeza de este niño: “Su nombre será Juan”, que significa “Yahveh es favorable”.

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