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Martes, 19 de Junio 2018

Mira a tu Rey

El evangelio de este domingo, del ciclo A, presenta a Cristo, el Salvador, en su tercera venida, ahora como juez

Por: El Informador

Dios nos ha revelado el secreto del juicio para darnos confianza, y la certeza de que es posible y está al alcance de nuestras capacidades obtener la gloria de su reino. ESPECIAL

Dios nos ha revelado el secreto del juicio para darnos confianza, y la certeza de que es posible y está al alcance de nuestras capacidades obtener la gloria de su reino. ESPECIAL

• XXXIV domingo del tiempo ordinario
• Dinámica pastoral UNIVA

LA PALABRA DE DIOS

PRIMERA LECTURA
Ezequiel 34, 11-12. 15-17

“Yo mismo apacentaré a mis ovejas, yo mismo las haré reposar, dice el Señor Dios”.

SEGUNDA LECTURA
Primera carta de san Pablo a los corintios 15, 20-26. 28

“Cristo resucitó, y resucitó como la primicia de todos los muertos”.

EVANGELIO
San Mateo 25, 31-46

“Vengan, benditos de mi Padre; tomen posesión del Reino preparado para ustedes desde la creación del mundo; porque estuve hambriento y me dieron de comer”.

Cristo es el Rey amoroso y pleno de bondad, que se transforma en alimento para todos en la Santa Eucaristía. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene la vida eterna y yo lo resucitaré el último día. Este es el pan bajado del cielo. El que come de este pan vivirá para siempre”.

Éste es el último domingo del año de la Iglesia. Después de cincuenta y un domingos el pueblo creyente contempla hoy a su Salvador con gran poder y majestad, Rey del Universo, de los seres inanimados, de los animales domésticos y salvajes, de los que se mueven en las aguas, en los vientos y en la tierra, y de los seres pensantes y libres, de los hombres. El evangelio de este domingo, del ciclo A, presenta a Cristo, el Salvador, en su tercera venida, ahora como juez, a quien le han rendido cuentas los que ya llegaron a su presencia y ante quien le darán la razón de sus obras quienes vengan llegando ante El, quien aparece como el dueño de la vida y premia o castiga, y el pastor que separa a las ovejas de los cabritos. La primera venida fue luz en las tinieblas la noche de Belén: la segunda, su oculta presencia en medio, entre los suyos, en su Reino, en su Iglesia. Su presencia en la historia de la llegada del Mesías Rey, anunciada y esperada por siglos. Mira a tu Rey acostado sobre las pajas del pesebre vino a los suyos y los suyos no lo reconocieron”. Los de ojos limpios por su sencillez, sí lo reconocieron. Los pastores dejaron sus rebaños y corrieron a verlo, a adorarlo, a ofrecerle sus regalos. Los magos de Oriente dejaron su tranquila comodidad y emprendieron largo camino para postrarse ante el recién nacido, y, sus cofres y sus corazones, de allí sacaron incienso, oro y mirra para el Rey de los judíos.

Mira al Rey, Maestro y Misericordioso. Así lo contemplaron las multitudes, ávidas de escuchar las maravillas que de su corazón brotaban por sus labios y de recibir de su bondad: salud los enfermos, consuelo los tristes, libertad los oprimidos por las esclavitudes del mundo, del demonio y de la carne. Siempre buscó el Rey a los pecadores, a los débiles, a los golpeados por las injusticias de los poderosos, y regó la alegría, la gracia y la salvación por donde iban sus pasos.

Mira al Rey montado en un asno pequeño. Así lo vieron y aclamaron a gritos, tremolando palmas y ramas de olivo, los habitantes de Jerusalén, en aquel domingo de alegría. “He aquí que viene tu Rey con mansedumbre”. Rey humilde, Rey de la paz, entra en su ciudad el descendiente, en lo humano, del Rey David. Los judíos esperaban otro Mesías: armado, quizá caballero en un brioso corcel y empuñando la espada. Un Mesías fuerte, victorioso en lides humanas para engrandecer a su pueblo, con los dos grandes enunciados de los mundanos: el dinero y el poder. Por eso se irritan cuando el pueblo aclama a quien con humildad se presenta en su ciudad capital. “Él no debe seguir adelante”, lo ha dicho el sumo sacerdote. “Es mejor que muera un hombre y no que perezca todo el pueblo”. Mas sus palabras, sin quererlo, fueron proféticas: la muerte de uno, del justo, de Cristo, sería la salvación de todos. “Mira a tu Rey, que viene a ti justo y virtuoso, modesto y, cabalgando en un asno, un pollino de borrica”.

Mira aquí al hombre, al Rey cinco días después de esa alegre entrada triunfal, surgió la misma multitud voluble, cuando el cobarde Poncio Pilato presentó al hombre, vestido de púrpura y sangrante; todos, azuzados por los poderosos, ciegos, necios, gritaban: “¡crucifícale!, ¡crucifícale!”. En seis distintas ocasiones el Señor Jesús con toda claridad les anunció a sus discípulos que tenía que subir a Jerusalén, a ser rechazado por los sumos sacerdotes, por los escribas, y luego ser injustamente juzgado y condenado a muerte. Así, a gritos piden la libertad de Barrabás, un perverso asesino, y que el justo sea llevado a la cruz, castigo destinado para los malhechores de mayores crímenes y maldades. Mira al Rey clavado en la cruz Así, con crueldad, taladraron sus manos y sus pies para levantarlo en alto, entre el cielo y la tierra, y esperaron que llegara el final. Y enmudeció la boca fuente de verdad y de vida, porque ellos eran hijos de las tinieblas, discípulos del padre de la mentira y caminantes hacia la muerte.

En unas tablas quedó escrito el reconocimiento del mismo Poncio Pilato, que para siempre dejó señalada la personalidad del que gota a gota iba lavando con su sangre redentora las culpas de la humanidad entera.

José Rosario Ramírez M.

El problema no es el juicio

Vivimos fatigados pensando en lo que sucederá el día del juicio final, y ese pensar nos distrae de lo verdaderamente importante, que es el vivir diario, el presente.

Cristo nos dice, hoy es cuando tengo hambre, cuando estoy solo, cuando estoy enfermo, hoy es cuando debemos encontrarle en las necesidades y sufrimientos del otro que es donde él habita.

Estamos alrevesados, nosotros preocupados por lo que sucederá en el último día y Dios inquieto por saber lo que hacemos aquí y ahora, porque este es el tiempo en el que podemos hacer algo, después nada podremos hacer, el juicio se juega ahora, ya que seremos juzgados conforme a lo que hacemos, no a lo que deseamos o creemos. El punto es que hago de mi vida conforme a lo que creo, que vivo de lo que profeso en mi fe, no será un examen de conocimientos, sino de experiencias de fe y práctica de caridad.

El asunto es simple, el juicio no se desarrollará en el cielo entre nubes y la expectación de los ángeles, el juicio se tiene en la tierra, cada día estamos presentando los resultados de lo que será nuestro juicio final, el juicio no será sorpresivo, ya sabemos las preguntas y podemos y debemos ir preparando las respuestas, aquí sí se vale copiar, si tú ves el bien que han hecho otros, lo puedes imitar, es la razón por la cual la Iglesia como madre, nos propone la vida de los santos, como un aliciente para animarnos  y saber que nosotros también podemos, el secreto está en la caridad que se vive.

Dios nos ha revelado el secreto del juicio, no para condenar y atemorizarnos, todo lo contrario, para darnos confianza y la certeza de que es posible y está al alcance de nuestras capacidades obtener la gloria de su reino, en orden a la caridad fraterna que ejerzamos como prójimo con todos, no se trata de hacer una selección de quien sí es mi prójimo, de adivinar quién sí debe recibir de mí, se trata de vivir amando y ejerciendo caridad para con todos, tener los ojos bien abiertos siempre para enfrentar el juicio que se prepara todos los días, y no esperar cerrar los ojos definitivamente para esperar el juicio de Dios.

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