Logo de aviso informador Logo de circulo informador Logo de gente bien
Martes, 18 de Septiembre 2018

Suplementos

Máquinas de lodo

Frente a la crisis de la partidocracia, las campañas se convierten en auténticas maquinarias de fango
 

Por: Enrique Toussaint

A diferencia de lo que lo que pasó en América del Sur o incluso en Estados Unidos, la crisis del sistema político mexicano es marcadamente partidista. EL INFORMADOR/ N. López

A diferencia de lo que lo que pasó en América del Sur o incluso en Estados Unidos, la crisis del sistema político mexicano es marcadamente partidista. EL INFORMADOR/ N. López

El sistema político mexicano está en crisis. Y, la consecuencia más evidente es la bajísima credibilidad de los partidos. Lo que alguna vez fue la tripartidocracia -el modelo de reparto de poder en tres partidos políticos nacionales- se ha evaporado. Ahora, parados sobre ese punto que Bertolt Brecht llamaría la fase crítica en donde “lo viejo no acaba de morir y lo nuevo no acaba de nacer”, nos enfrentamos a un nuevo régimen de partidos. Las cenizas del viejo no se extinguen por completo, pero hay pocas dudas de que, a partir de 2018, gane quien gane la elección presidencial, estaremos frente a un nuevo sistema de partidos e, incluso, ante un nuevo sistema político. El sistema de partidos mexicano fue longevo, si nos comparamos con el resto de América Latina que vio implosionar sus respectivos regímenes desde los noventa: Venezuela, Argentina, Ecuador, Brasil, Bolivia.

La crisis política mexicana, a diferencia de lo que ocurre en otras latitudes, se manifiesta como la marcada ilegitimidad de los partidos que tripularon eso que llamamos: la transición a la democracia. El pactismo panista, el legitimismo perredista y el hegemónico priista se derrumbaron. Hoy, ninguno juega dicho papel sistémico. Empero, esto no ha producido una crisis orgánica del sistema en su conjunto. Hay indignación y una rabia contra los partidos políticos, pero no las hay frente al sistema económico, el empresariado, la élite social o los poderes trasnacionales. A diferencia de lo que sucede en Italia, España, Francia o lo que pasó en América del Sur o incluso en Estados Unidos, la crisis del sistema político mexicano es marcadamente partidista. Incluso, el concepto lopezobradorista de la “mafia del poder”, cada vez es más útil para explicar a los corruptos del Gobierno, del sindicalismo, los gobernadores y el largo etcétera, que a esa articulación entre poderes políticos y económicos que simbolizó en 2006.

Así, el tipo de crisis política que vive México, nos ha llevado a que la corrupción de los gobiernos, de los partidos y la política, en general, se coloque en el centro del marco de discusión rumbo a los comicios del primero de julio. La agenda pública se ha llenado de desvíos, operaciones maestras de defraudación, saques públicos, negocios que lindan en el lavado de dinero y conflictos de interés.

Y como consecuencia, la campaña presidencial se convierte en una competencia de denuncias, sospechas y guerras de lodo. En donde los medios de comunicación o los tribunales son más importantes que la política o los proyectos. En una misma semana nos enteramos de los negocios poco éticos de Alfonso Romo -posible jefe de gabinete de López Obrador-, la presunta participación de Ricardo Anaya en un negocio con un lavador de dinero y que Meade es responsable de desviaciones en la Secretaría de Hacienda por más de 500 millones de pesos. Todo revuelto, los casos metidos en la licuadora, y como resultado el crecimiento paulatino de ese elector que tendrá que acudir a las urnas el próximo primero de julio a votar tapándose la nariz.

Sin embargo, hay varias consecuencias de este tipo de campañas y debates políticos que no debemos soslayar. Primero, la operación ventilador como técnica de defensa. Los casos de corrupción no provocan una discusión pública sobre sus causas ni una apuesta por reducir los altos niveles de impunidad. Por el contrario, la campaña funciona como una gran puesta en escena en donde los actores principales lanzan mierda frente a un ventilador, buscando manchar a todos -no importa si el propio ejecutor sale manchado durante el performance-. La técnica del ventilador es eficaz porque refuerza el hartazgo de la ciudadanía con los políticos y los gobiernos.

Segundo, y en la misma línea, la estrategia del “todos son iguales”. La mezcla entre un debate público polarizado y un periodismo incapaz de diseccionar y discernir entre casos, provoca que cale hondo en la sociedad esta idea de que no importa por quién votes, al final todos son iguales. Dicha estrategia tiene como objetivo desincentivar el ánimo de cambio y eternizar el estatus quo. ¿Quién se beneficia? Los peores. Así, una sociedad que abraza el “todos son iguales” como lema, eterniza y blinda al gobierno de los peores. Buena parte de la propaganda de los malos gobiernos tiene como meta la erradicación de las diferencias. Empujar al ciudadano a que pase de la indignación a la resignación.

Tercero, convertir a la prensa en un amplificador de fango, renunciando a su naturaleza crítica.

Lamentablemente, en cada campaña, en lugar de colocar los problemas más importantes del país a debate público, una parte de la prensa se presta a jugar un rol de voceros de aquello que ni los políticos se atreven a enunciar en público. Dicha utilización provoca que, tras los comicios, el ciudadano pueda percibir a una parte de los medios informativos como fieles escuderos de ciertos intereses políticos y no reflejo de sus preocupaciones. Una sociedad que pierde aprecio por su periodismo, es una sociedad expuesta a toda clase de abusos.

Esta utilización del periodismo como megáfono de los intereses de los partidos políticos nos deja en un estado de indefensión frente a la llamada “posverdad”. Sabemos que la “posverdad” es una mentira aderezada de verosimilitud, pero que sólo el periodismo libre, así como la sociedad civil activa, pueden desenmarañar. ¿Quién tiene razón en el escándalo que afecta a Ricardo Anaya? ¿Qué participación tuvo Meade en las tramas que involucran a la Secretaría de Hacienda? ¿Es cierto que AMLO convertirá a México en Venezuela? La instrumentalización del periodismo en las campañas, como máquinas generadoras de lodo, invisibiliza su papel de “notario de la realidad”.  

Cuarto, una errónea concepción de lo que significa la corrupción. La crisis de la partidocracia en México ha tenido, también como consecuencia, una interpretación muy acotada de la corrupción. La corrupción es síntoma de un ecosistema enfermo, en donde una parte es el Gobierno y las instituciones, pero no todo el problema. El ecosistema se compone de una sociedad civil apática, medios de comunicación presionados, una iniciativa privada tímida y contenida, contrapesos inexistentes y poderes fácticos extremadamente influyentes. En México, existe una idea moralista de la corrupción: los buenos no se corrompen y los malos -que son los que gobiernan- son corruptos. Una aproximación voluntarista y moralista de un debate que es sistémico, social y político.

Y, cinco, el lamentable papel protagónico que han tomado las consultoras en la definición de lo qué se dice, lo qué se calla y lo qué se debate en una campaña. Es decir, ya no conocemos a los candidatos, sino a un actor que se mueve y baila al ritmo de lo que un consultor de cabecera opina que deben ser sus ataques, sus defensas y sus propuestas de campañas. La hegemonía de las consultoras sobre el proceso político banaliza el discurso y contribuye a que las campañas sean grandes productores de fango, lodo y suciedad, pero que quedan ahí. Son dardos de campaña, para desprestigiar al contrincante, sin ningún recorrido legal o jurídico. La expresión más acabada de un juego de simulaciones.

YR

Suplemento Tapatío

Temas

Lee También

Comentarios