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Jueves, 16 de Agosto 2018

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La antesala

Estar en ese lugar tan ajeno a mí, postrado en una silla, expectante de lo que sucede alrededor, me hace observar más a detalle las cosas

Por: Mario Castillo

En mi estancia no veo a George Clooney rondando a las internas. Y tampoco estoy discutiendo con Dr. House sobre sus fallidos diagnósticos, aunque confieso que sí quisiera toparme con “Trece”, Olivia Wilde, ya saben. PIXABAY

En mi estancia no veo a George Clooney rondando a las internas. Y tampoco estoy discutiendo con Dr. House sobre sus fallidos diagnósticos, aunque confieso que sí quisiera toparme con “Trece”, Olivia Wilde, ya saben. PIXABAY

Abro los ojos y lo primero que veo es mi mano conectada a un litro solución de cloruro de sodio el cual a su vez cuelga del techo.

- ¡David!... Grita alguien.

- ¡Ya despertó!

Tras las voces mi cuerpo empieza a reaccionar. Siento la mano fría; sobre mi piel la rasposidad de la bata verde que me cubre.
Más ruidos se filtran a mi mente: tosedera, papeleo, pasos, alguien más quiere vomitar… ah, ese soy yo.

-Hola, soy David. -Hola. Respondo a secas. -Seré tu enfermero esta mañana, dice tras hojear el expediente y darme una enorme bolsa por si vomito.

Estar en ese lugar tan ajeno a mí, postrado en una silla, expectante de lo que sucede alrededor, me hace observar más a detalle las cosas.

En mi estancia no veo a George Clooney rondando a las internas. Y tampoco estoy discutiendo con Dr. House sobre sus fallidos diagnósticos, aunque confieso que sí quisiera toparme con “Trece”, Olivia Wilde, ya saben.

Al paso de las horas, a quienes me rodean los voy adoptando mentalmente como mi nueva familia. Y sí, ahí está David, que de vez en cuando me bromea para asegurarse de que el coctel que elegantemente me ha servido en el litro a medio apachurrar sigue surtiendo efecto. Creo que lo pedí “mezclado, no agitado”. Nada mal para el dolor.

También está a mi lado una persona con la que no hablo ni tenemos la mínima intención de socializar. -¡Pues cómo! Si por algo estamos aquí… por jodidos.

Enfrente, un tipo no deja de moverse. Tiene el privilegio de estar en camilla, pero es tan inquieto que van tres veces que lo canalizan. Debe ser hipocondriaco, pero le doy el beneficio de la duda porque hoy parece ser un día feriado; los hipocondríacos están en la playa, seguramente.

Su mano tiene sangre seca de tantas veces que se soltó su aguja. Ese me desespera. Nunca falta alguien así, desesperante, como en cualquier familia mínimamente “funcional”.

Giro a la izquierda mi cabeza y clavo la mirada en una anciana. Intenta toser pero parece que se ahogará con su lengua. No tiene dientes, lo que hace más dramática la situación (porque simple y sencillamente no sé cómo manejar la situación). Y me pregunto dónde se metió David. ¿¡Alguien que la ayude!?

Pero me calmo al ver que, quien supongo es su hija, sentada a la orilla de la cama de la anciana, sólo hace un gesto y la mira de reojo para ver si todo está bien. Y sí, lo está… por ahora. El dramático soy yo.

Luego, la anciana me miró. La miré. ¿Qué pasa por su mente? Me pongo a divagar, un tanto por lo aburrido pero otro tanto por lo dopado que estoy mientras imagino que ella también intenta leer mi mente.

-Pobre muchacho, tan joven y tan débil.
-He vivido demasiado. Dios, dale otra oportunidad a ese pobre diablo.
-Es verdad, ya no los hacen como antes.
-Es tiempo de partir (con su mirada perdida).

Bueno, son tantas cosas, que yo sólo pienso que ella o yo, o quienes nos rodeaban, tal vez estamos abordo de un avión con vuelo en picada, rezando aunque no seamos creyentes, ante el inminente momento que a todos nos llega.

No hay medicina que cure esperanza. La tienes o no la tienes.

Y ahí está la anciana, con sus ojos negros, boca seca, abierta, ya sin aliento.

Pasan las horas y llega un tipo con bata blanca, lentes de pasta, no sé si es joven o viejo porque veo borroso. Apenas escucho que le advierte a una nueva vecina que tengo a mi lado que le pasará algo que le va a doler. Miro y sí, hasta a mí me duele como le muelen la muñeca de la mano con una pequeña aguja para encontrarle la vena arterial. No salía sangre a la primera… pinchazo por aquí, otro por allá, un pinchazo más. -“Ay, ay, ay…”. Lágrimas de mi nueva vecina. - ¡Ahí está!, dijo el tipo de bata blanca. Al mismo tiempo, me limité a observar con muecas el modo en que sale la sangre de su muñeca para llenar el miserable tubo de la aguja a pequeños borbotones. El dolor de ella, simplemente fue inconmensurable.

Y ahí estamos, todos en la antesala de algo que no conocemos ni sabemos si existe después de pasar la aduana del dolor, sufriendo a diferente escala, en diferentes posturas, con pensamientos que van de la realidad al delirio.

Cierro los ojos. Los doctores trabajan sin goce de sueldo en feriado. David ha terminado el turno. La vida tiene que continuar.

DR

 

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