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Sábado, 14 de Diciembre 2019
Suplementos | Cuarto domingo de Adviento

¿Eres Tú el que ha de venir, o esperamos otro?

Al igual que el antiguo pueblo de Israel, el hombre moderno espera al Cristo que llene de plenitud su vida y la haga trascender

Por: El Informador

“Nos hiciste para ti, Señor, y nuestro corazón andará inquieto hasta que descanse en ti”. ESPECIAL

“Nos hiciste para ti, Señor, y nuestro corazón andará inquieto hasta que descanse en ti”. ESPECIAL

LA PALABRA DE DIOS

PRIMERA LECTURA

Miqueas 5, 1-4

“De ti Belén, saldrá el jefe de Israel, cuyos orígenes se remontan a tiempos pasados a los días más antiguos”.

SEGUNDA LECTURA

Hebreos 10, 5-10

“Al entrar al mundo, Cristo dijo: Aquí estoy, Dios mío; vengo para hacer tu voluntad”.

EVANGELIO

San Lucas 1, 39-45

“Dichosa tú, que has creído, porque se cumplirá cuanto te fue anunciado de parte del Señor”.

¿Eres Tú el que ha de venir, o esperamos otro?

El pueblo de Israel llevaba siglos y siglos en impaciente espera. Los profetas anunciaban una feliz llegada: llegaría el Salvador; los patriarcas alentaban a la esperanza y todos estaban atentos a interpretar los signos de los tiempos. Habría de llegar. Llegaría el Salvador, y con su llegada “se iluminarán los ojos de los ciegos y los oídos de los sordos se abrirán. Saltará como venado el cojo, y la lengua del mudo cantará; brotarán aguas del desierto y corrientes en la estepa” (lsaías 35. 11). Esperaban la hora de Dios. y la hora llegó: “Vino a los suyos, y los suyos no lo recibieron” (Juan l. 11).

Juan El Bautista se encontraba en la cárcel. Este Juan fue llamado desde el seno materno para preparar el camino del Señor. Fue el último profeta del Antiguo Testamento y el primero y último del Nuevo. Lo tenían en prisión porque le decía la verdad al Tetrarca, llamado Herodes Antípas, hijo de Herodes el Grande, y no porque dudara, sino para que sus discípulos no lo siguieran a él, pues ya había concluido su misión. Juan el Bautista los envió a Jesús con la pregunta clave de si Él era el Mesías, o todavía debían de seguir en espera de otro. La respuesta fue con hechos: “Vayan a contar a Juan todo lo que están viendo y oyendo. Los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios de su lepra, los sordos oyen, los muertos resucitan, los pobres son evangelizados” (Mateo 11. 4). Lo anunciado por el profeta Isaías, con Cristo llegó a su perfecto cumplimiento. Durante sus tres años de vida pública. Cristo fue el profeta poderoso en obras y en palabras. como dijo uno de los discípulos de Emaús. Ante su presencia llena de misericordia, de todos los pueblos y ciudades acudían multitudes ansiosas de verlo y escucharlo. y Él mismo se presentó en la sinagoga de Nazaret como signo inequívoco de que el Mesías era Él y ya no debían esperar a otro: “El Espíritu del Señor está sobre mí, me ha ungido para evangelizar a los pobres, proclamar la liberación a los cautivos, dar la luz a los ciegos, dar la libertad a los oprimidos y anunciar el año de gracia del Señor” (Lucas 4. 18).

La misma pregunta de Juan hace el hombre del Siglo XXI. El hombre de hoy sabe que es limitado por su misma naturaleza: tiene imperfecciones, falla y comete errores. Quiere algo más para su vida que las solas preocupaciones cotidianas del pan y del vestido.

Tiene aspiraciones; tiene no solamente la inquietud de satisfacer las necesidades materiales, sino que anhela plenitud en su vida, ya que el verdadero sentido de la vida no se encierra entre una cuna y un féretro. Los hombres cultos, los enriquecidos en el trato de los libros y en las cátedras, y los sencillos sin letras, con la sola sabiduría de la vida, están unos y otros abiertos a horizontes del más allá, del infinito. Por eso el hombre actual busca espera, interroga: “¿Eres Tú el que ha de venir? ¿Eres tú el que necesitamos ahora?”. La muchas veces citada primera frase con que San Agustín abre su alma en su libro “Las Confesiones”, es el gozo de toda una vida de búsqueda, hasta que a los 33 años las aguas en torrente se aquietaron: “Nos hiciste para ti, Señor, y nuestro corazón andará inquieto hasta que descanse en ti”. El descanso del alma no se encuentra en las riquezas materiales —la codicia es insaciable—, tampoco está en escalar hasta la cumbre del poder, ni en la entrega a ciegas en los placeres de la carne. Todo eso es perecedero, pasa y el hombre sigue vacío, con ansias, con dudas, con tristeza, porque el tener cosas no da felicidad plena. La verdadera alegría no se alimenta de pecar; tampoco el triunfo, el halago, el dominio, dan alegría completa; ni el ruido, ni la abundancia exagerada de atracciones que brincan y saltan por todas partes. Algo más espera el hombre.

La situación de los hombres ante un futuro incierto convierte, para muchos, el presente en una realidad sin perspectivas. Eso provoca una realidad sin perspectivas. Eso provoca una sensación de cansancio, de inestabilidad, de desasosiego y nerviosismo que esteriliza hasta los mejores momentos de la vida.

José Rosario Ramírez M.

¡Feliz Navidad!

A pocos días de la celebración de la Natividad del Señor. El saludo que recorre en estos días los labios de todos es “¡Feliz Navidad!

Verifiquemos que, también en la sociedad actual, el intercambio de los saludos no pierda su profundo valor religioso, y la fiesta no sea absorbida por los aspectos exteriores, que tocan las fibras del corazón. Efectivamente, los signos externos son hermosos e importantes, siempre que no nos distraigan, sino que nos ayuden a vivir la Navidad en su verdadero sentido —aquello sagrado y cristiano—, de modo que tampoco nuestra alegría sea superficial, sino profunda.

La Navidad, en efecto, no es un simple aniversario del nacimiento de Jesús; es también esto, pero es más aún, es celebrar un Misterio que ha marcado y continúa marcando la historia del hombre —Dios mismo ha venido a habitar en medio de nosotros (cfr. Jn. 1,14), se ha hecho uno de nosotros—; un Misterio que conmueve nuestra fe y nuestra existencia; un Misterio que vivimos concretamente en las celebraciones litúrgicas, en particular en la Santa Misa.

La redención de la humanidad es sin duda, un momento preciso e identificable de la historia: en el acontecimiento de Jesús de Nazaret; pero Jesús es el Hijo de Dios, es Dios mismo, que no sólo le ha hablado al hombre, que le mostró signos maravillosos, que lo condujo a través de toda una historia de salvación, sino que se ha hecho hombre y permanece hombre. El Eterno ha entrado en los límites del tiempo y del espacio, para hacer posible “hoy” el encuentro con Él. Los textos litúrgicos navideños nos ayudan a entender que los eventos de la salvación realizados por Cristo son siempre actuales, interesan a cada hombre y a todos los hombres. Cuando escuchamos o pronunciamos, en las celebraciones litúrgicas, este “hoy ha nacido para nosotros el Salvador”, no estamos utilizando una expresión convencional vacía, sino entendemos que Dios nos ofrece “hoy”, ahora, a mí, a cada uno de nosotros, la posibilidad de reconocerlo y de acogerlo, como hicieron los pastores de Belén, para que Él nazca también en nuestra vida y la renueve, la ilumine, la transforme con su Gracia, con su Presencia.

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