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Lunes, 15 de Octubre 2018

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El Espíritu es quien da la vida

Con un milagro, la multiplicación de los panes, Cristo inició la revelación del misterio: Él es el Pan Vivo bajado del cielo

Por: El Informador

El encuentro con Jesús no se trata sólo de un entendimiento, de un manejo de conceptos, es una respuesta de amor. ESPECIAL

El encuentro con Jesús no se trata sólo de un entendimiento, de un manejo de conceptos, es una respuesta de amor. ESPECIAL

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LA PALABRA DE DIOS

PRIMERA LECTURA
Josué 24, 1-2. 15-17. 18

“Lejos de nosotros abandonar al Señor para servir a otros dioses, porque el Señor es nuestro Dios”.

SEGUNDA LECTURA
San Pablo a los efesios 5, 21-32

“Respétense unos a otros, por reverencia a Cristo: que las mujeres respeten a sus maridos, como si se tratara del Señor. Maridos, amen a sus esposas como Cristo amó a su Iglesia y se entregó por ella para santificarla”.

EVANGELIO
San Juan 6, 55. 60-69

“Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna; y nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios”.

Es este ya el quinto y último domingo en que la liturgia católica dio, para meditar, el capítulo sexto del Evangelio de San Juan. Son los últimos versículos.

Es el capítulo de la revelación de un gran regalo: Jesús, el Hijo de Dios, promete que se dejará como Pan Vivo bajado del cielo, para que quienes lo coman tengan vida eterna.

Va aquí una breve síntesis de todo el capítulo: Primero: Para preparar a la multitud que le rodea, Jesús les da de comer con cinco panes y dos pescados. Un milagro deslumbrante. Lo quieren coronar rey; Él se les esconde. Segundo: A los ocho días la misma multitud lo busca, y lo encuentra en Cafamaúm. Quieren comer otra vez. Cristo les abre los ojos: “No busquen sólo el pan que alimenta el cuerpo; busquen el pan que alimenta el alma” Tercero: El mismo se presenta: “Yo soy el Pan Vivo bajado del cielo”. La multitud no acepta que haya bajado del cielo, porque dicen que es el hijo de José y conocen a sus padres. No creen, no tienen ojos para ver más allá que los ojos terrenales, para creer en el Padre Celestial que atrae y da la fe. Cuarto: Cristo, con claridad, con palabras sencillas y diáfanas, anuncia: “Mi carne es comida y mi sangre es bebida” Se asustan. Insiste: “Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida”. Y luego la feliz consecuencia: “El que coma mi carne y beba mi sangre tendrá vida eterna”.

Ante las palabras del Maestro, ante su mensaje de verdad y de amor, como ante su persona, hubo rechazo y aceptación.

José y María, obedientes a la ley de Moisés, llevaron a Jesús a los cuarenta días de nacido, a presentar al templo. El anciano Simeón, lleno de divina inspiración, tomó al niño en sus brazos, dio gracias a Dios porque sus ojos alcanzaron a ver al prometido Salvador, y profetizó que ese niño sería blanco de contradicción.

La presencia del Hijo de Dios en la tierra, desde entonces hasta este día, y mañana y siempre, ha despertado el amor y el odio, el sí hasta la muerte y el no hasta dar muerte por odio a Cristo. Así 12 hombres sencillos, los apóstoles, dieron el sí valiente hasta la última consecuencia.

“Duro es este modo de hablar. ¿Quién puede admitir éso?” Esa fue la voz de la multitud, tal vez una masa impensante como esas masas que ahora gritan y ofenden, llevadas por instintos ciegos o impulsos de irreflexión.

Para el sí, para dar el sí, se necesita la fe, y la fe es un regalo de Dios. Cristo lo dijo: “Nadie puede venir a mí, si no lo atrae el Padre”.

La dificultad que de por sí parece engendrar todo mensaje cristiano, para ser aceptado por el hombre, es la predisposición a aceptar con la fe aquello que se manifiesta duro o inaceptable a la razón. Allí se presenta una actitud racionalista.

Como entonces, y después, y ahora, el hombre se resiste a admitir la intervención de Dios en la vida, en la historia y más allá de lo que percibe con los sentidos y cree abarcar con su pensamiento. Le parece duro e inaceptable.

La multitud que ahora rechaza a Jesús, es la misma que comió hasta saciarse el pan del milagro; es la misma que pretendió coronarlo rey. Esto manifiesta que lo aceptan en cuanto sea el médico que los cure o el taumaturgo que les dé de comer, todo en un plano de conveniencia y de solución de sus problemas terrenos. No pueden aceptar que el hombre que está frente a ellos es el Mesías, el Ungido de Dios, el Hijo de Dios, y que ha venido “para que todos tengan vida, y la tengan en abundancia”

Cristo es la solución del problema fundamental, el destino final de cada uno, que es llegar por Él a vivir eternamente.

Ha llegado el momento de tomar una opción, definirse claramente: con Él o contra Él. Les pide aceptación, no de que Él procede de lo sensible, sino de lo invisible, de lo alto, de lo espiritual.

Con un milagro, la multiplicación de los panes, Cristo inició la revelación del misterio: Él es el Pan Vivo bajado del cielo.

José Rosario Ramírez M.

¿Quién puede admitir eso?

El encuentro con Jesús necesariamente deber provocar una decisión, y podemos remontarnos a la pregunta que Josué dirige al pueblo congregado: “Si no les agrada servir al Señor, digan aquí y ahora a quién quieren servir”. Se trata de tomar posición de una manera clara, manifestar consciente y públicamente a quien queremos servir, no se trata de prestar servicios a quien no lo solicite, esto es algo más trascendente y radical, a quién quiero servir, a quien le otorgo el carácter de mi Señor.

Esta elección de servir, sólo puede ser tomada en la medida que se conoce a quien hemos decidido servir, nadie puede servir de corazón y convicción a un desconocido.

La predicación de Jesús cuando les anuncia que su carne es verdadera comida y su sangre verdadera bebida, provocó el efecto dominó en buena parte de los presentes, al grado del escándalo y el abandono, razón por la cual es necesario que se dirija firmemente a los aún presentes: “¿También ustedes quieren dejarme?”

Y la respuesta de Pedro es la razón de la permanencia y hoy en día la garantía del perfecto seguimiento, sólo quien conoce a Jesús, sólo quien sabe de su trascendencia y su amor y cuanto hace por todos y cada uno, puede decir con Simón Pedro: “Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna; y nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios”.

¿Quién puede admitir las palabras de Jesús, por desfasadas que parezcan? Sólo quien ha sido capaz de reconocer sus palabras de vida y quien lo descubre y ve como Hijo  de Dios. Quien le conoce le admite.

El encuentro con Jesús no se trata sólo de un entendimiento, de un manejo de conceptos, es una respuesta de amor, y esta debe ser una respuesta de amor consciente y no forzada, por eso el pueblo ante las preguntas de Josué de la primera lectura responden con firmeza y seguridad: “Lejos de nosotros abandonar al Señor para servir a otros dioses, porque el Señor es nuestro Dios”, son capaces de proclamarlo como Señor y servirlo porque lo han conocido y se saben amados y capaces de amarlo, reconociéndolo: “Él fue quien nos sacó de la esclavitud de Egipto, el que hizo ante nosotros grandes prodigios, nos protegió por todo el camino que recorrimos y los pueblos por donde pasamos. Así pues, también nosotros serviremos al Señor, porque él es nuestro Dios”.

Será capaz de admitir las palabras de Jesús quien sea capaz de experimentar el amor de Dios y a su vez trasmitirlo a sus hermanos.

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