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Domingo, 26 de Mayo 2019

El Buen Pastor conoce a sus ovejas

"Mis ovejas escuchan mi voz; yo las conozco y ellas me siguen. Yo les doy la vida eterna y no perecerán jamás; nadie las arrebatará de mi mano", dice el Señor

Por: El Informador

El caminar del cristiano no es fácil, porque el seguimiento del Pastor implica condiciones difíciles: “Niégate a ti mismo y toma tu cruz todos los días”. ESPECIAL

El caminar del cristiano no es fácil, porque el seguimiento del Pastor implica condiciones difíciles: “Niégate a ti mismo y toma tu cruz todos los días”. ESPECIAL

Cristo está, ahora y aquí, en el Reino que Él fundó: la Iglesia. Ésta es vértice de la historia, es conjunción de todos los tiempos: fue la esperanza mientras Moisés y los profetas lo anunciaban, fue la realidad histórica en su nacimiento, en su vida oculta, en los tres años de la proclamación de la Buena Nueva, en su pasión, en su muerte y en su gloriosa resurrección. Es, oculto y presente, la vida del pueblo peregrino.

Presente está Cristo en este siglo XXI, y el creyente sabe encontrarlo en la Iglesia, en sus palabras, en los sacramentos -singularmente en la Santa Eucaristía- y en cada uno de los prójimos a quienes amar y a quienes servir.

Presente se encuentra —más que como Rey y Señor para avasallar a los súbditos— como Buen Pastor.

Vino a salvar a las ovejas perdidas de la casa de Israel (Mateo 15, 24), y desde entonces, enviado por su Padre, se hace presente con una visión universalista, la del Nuevo Testamento, para salvar a todos los hombres.

Ahora es el Buen Pastor y conoce a todas y a cada una de sus ovejas, y porque las conoce, más confiadas pueden acercarse a Cristo las ovejas: los hombres.

La idea del pastor y del pastoreo estaba profundamente arraigada en la mentalidad del pueblo de Israel, pues era pueblo de pastores y en sus libros sagrados pastores fueron Abel; Moisés, cuando guardaba las ovejas de su suegro Jetró; David, tomado de pastorear las ovejas de su Padre Jesé para ungirlo rey de Israel.

También pastores fueron —¡grande dicha!— los primeros en adorar al Hijo de Dios hecho hombre, envuelto en pañales y recostado en un pesebre.

“Mis ovejas escuchan mi voz” Sigue ahora, en este siglo, llegando la voz de Cristo —no sólo en los tres años de su vida pública—, y sigue, suave brisa, difundiéndose por todas las ciudades, los pueblos, los caminos.

Muchos han escuchado la Buena Nueva, mensaje de salvación, y muchos han cerrado sus oídos porque la palabra de Dios es “espada de dos filos” y corta.

Y con una mirada a este siglo víctima de una tempestad de palabras —y más aún de imágenes y mensajes—, se pierde la capacidad el gusto de oír la palabra de Dios.

Hoy el ser humano ha perdido la paz por esa sobreabundancia de ofertas, en su mayoría verdaderos engaños, y más parecen muchos preferir ser engañados a encontrarse con la verdad.

Hay un adagio latino: “vulgus vult decipi” —el pueblo desea ser engañado—. Se ahoga en la trivialidad de las historias fingidas de las series televisivas; va tras las alucinaciones sobre la política y los deportes; lo atrae la vida social con un fondo de mentira; lo arrastra la tiranía de la moda.

A un sabio le pidieron su opinión sobre la moda, y sabiamente contestó: “moda es lo que pasa”. Pero fugaz y todo, esclaviza. Y en medio de todas esas llamadas, entre todos los canales de comunicación, siempre a través de acontecimientos de personas y otros mil medios, Dios se hace escuchar.

Lo bueno es saber escuchar su voz, porque siempre es bendición, es gracia. No endurecer el corazón, oír la voz del buen pastor.

Cristo dice de las ovejas fieles: “Mis ovejas escuchan mi voz. Y ellas me siguen”.

El cristianismo no es sólo creer, es caminar en seguimiento del Salvador. No es solamente recibir el bautismo y, quizá ocasional y socialmente, alguna o algunas veces otros sacramentos.

El caminar del cristiano no es fácil, porque el seguimiento del Pastor implica condiciones difíciles: “Niégate a ti mismo y toma tu cruz todos los días”.

Mas desde que Cristo fundó su Reino —la Iglesia—, ante su invitación a seguirlo la respuesta ha sido variada: destacan los valientes, los audaces, los generosos, los llamados bienaventurados por el Maestro; los misericordiosos, los pacíficos, los limpios de corazón, los perseguidos por la justicia porque defienden la doctrina del Señor. Muchos han llegado por el martirio, o por una larga y fructífera vida de fiel testimonio en obras de fe, de caridad, de humildad. Son los santos, los conocidos y la multitud de los bienaventurados.

Luego siguen, como siempre, esa otra multitud con caídas y arrepentimientos; esos nunca ausentes, confiados en la bondad del Buen Pastor dispuesto a buscar a las “ovejas perdidas”, así en plural.

“He venido buscar no a los sanos, sino a los enfermos”, dijo el Señor. A la misericordia se acoge esta humanidad. Un poeta cantó: “Ten misericordia de este pobre que va extraviado más por su flaqueza que por su malicia”. Por flaqueza vagan las ovejas descarriadas, y el Buen Pastor las busca y las quiere reunir en un solo redil.

“Yo les doy la vida eterna”. Si con el micrófono o la grabadora en mano, uno a uno, a una multitud reunida se le pregunta: “¿Para qué eres cristiano?”, si bien responden, la razón de su cristianismo es de conveniencia, pero de la buena, de la mejor. Todo cristiano tiene interés, y grande: “Quiero salvarme. Quiero la vida eterna”.

Y por ese deseo del más allá el hombre busca a Cristo, quien dijo: “Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque muera vivirá, y todo el que vive y cree en mí no morirá para siempre”. (Juan 11, 25). Resucitó a Lázaro, al hijo único de la viuda y a la niña hija de Jairo. Y ante todo, Él dejó que le quitaran la vida el viernes y la volvió a tomar a la aurora del día domingo.

Él es la vida, Él da la vida. La cristiandad se reúne en torno de Él, como aquellas multitudes junto al lago de Tiberíades. Ahora es el rebaño, la Nueva Alianza en torno al Pastor, y de él esperaron, y esperan, la vida eterna, “y no perecerán jamás”.

Jesús elige a los apóstoles, para hacerlos pastores. A Pedro, Cristo le dijo tres veces: “Apacienta mis ovejas, pastorea mis corderos”. Y así los doce y sus sucesores, y desde entonces hasta este día el Papa, los obispos, los sacerdotes, viven para guiar, custodiar, nutrir y defender al rebaño.

Pastores atraídos por una razón no natural, sino de fe, llamada vocación.

El Buen Pastor se hace presente en los pastores dispersos por el mundo; a los pastores les es dado el mandato: “Vayan por todo el mundo, prediquen, bauticen; el que crea y se bautice, se salvará”.

José Rosario Ramírez M.
 

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