Lunes, 20 de Enero 2020

¡Cristo resucitó y vive!

Porque Cristo resucitó la mañana del domingo, se alegra la cristiandad y hace fiesta los cincuenta y dos domingos del año

Por: El Informador

“El primer día después del sábado, estando todavía oscuro, fue María Magdalena al sepulcro y vio removida la piedra que lo cerraba”. ESPECIAL

“El primer día después del sábado, estando todavía oscuro, fue María Magdalena al sepulcro y vio removida la piedra que lo cerraba”. ESPECIAL

LA PALABRA DE DIOS

PRIMERA LECTURA

Hechos de los Apóstoles 10, 34. 37-43

“Nosotros somos testigos de cuanto él hizo en Judea y en Jerusalén. Lo mataron colgándolo de la cruz, pero Dios lo resucitó al tercer día”.

SEGUNDA LECTURA

San Pablo a los colosenses 3, 1-4

“Pongan todo el corazón en los bienes del cielo, no en los de la tierra, porque han muerto y su vida está escondida con Cristo en Dios”.

EVANGELIO

San Juan 20, 1-9

“El primer día después del sábado, estando todavía oscuro, fue María Magdalena al sepulcro y vio removida la piedra que lo cerraba”.

¡Cristo resucitó y vive!

Desde hace veinte siglos, año tras año, en este día el vibrante y alegre mensaje de las campanas de todos los campanarios del orbe católico rompe la Gloria con el anuncio de que la tumba de Cristo esta vacía y que los guardias del sepulcro han corrido asustados a llevarle al pretor romano la noticia del acontecimiento asombroso, de algo que no les puede caber en su pensamiento: “El Señor resucitó como lo había anunciado”.

Se han llenado de flores los altares; las voces jubilosas cantan el aleluya, grito de triunfo, de victoria, y se han encendido todas las luces; la luz de Dios se simboliza en el cirio pascual, blanca candela labrada con la cera de laboriosas abejas. El cirio es un estandarte levantado, es signo de la luz inextinguible que es Cristo. Tan grande es la alegría por el triunfo de Cristo sobre la muerte, que la Iglesia consagra cincuenta días a cantar, a celebrar la “Pascua del Señor”. Esta palabra —"Pascua"— significa "paso". Es el paso de la muerte a la vida, de la esclavitud a la libertad, como para el pueblo escogido fue el paso de Egipto a la tierra prometida.

Este es el día que ha hecho el Señor. Este es el día, entre todos los días de todos los siglos. ‘para la suprema manifestación de que Jesús de Nazaret es el Hijo de Dios; es Dios, y con su propia resurrección lanza hacia el futuro Reino a la nueva humanidad. Es el día cumbre del cristianismo, que encierra el misterio capital de la existencia de todos los que han muerto y morirán con su fe puesta en Cristo, que murió y resucitó glorioso. El Domingo de Pascua es Dies Domini, Día del Señor, domingo por excelencia como lo llama la liturgia católica: es “el primer día de la semana” (Juan 20, 21). Es comienzo de la creación y principio de todas las cosas. Porque Cristo resucitó la mañana del domingo, se alegra la cristiandad y hace fiesta los cincuenta y dos domingos del año. Y cada domingo la comunidad Cristiana, al celebrar el Misterio Eucarístico, en voz alta proclama su fe en el credo de Nicea—Constantinopla. En Nicea se celebró́ el primer concilio general —ecuménico— el año 325, con motivo de una herejía difundida por un obispo llamado Arria. El concilio fue convocado por el emperador Constantino por acuerdo del Papa San Silvestre. Así confiesan: “Espero la resurrección de los muertos y la vida del mundo futuro”. Así avivan su esperanza en el fundamento de la fe. Como lo confiesan en el símbolo de los Apóstoles, considerado así con justicia por ser resumen fiel de la fe de los apóstoles.

“Creo en la resurrección de la carne y la vida eterna”. Desde el principio de la predicación de la buena nueva el núcleo del mensaje de los apóstoles fue: “Cristo resucitó y vive”. Hablaban así porque lo vieron resucitado, y de ese hecho portentoso dieron testimonio con su palabra, con su incansable empeño y con su sangre, porque debían de beber del mismo cáliz que su Maestro bebió. El primer sermón en la Iglesia lo predicó San Pedro a los 50 días de la Resurrección, ante una multitud de todas las razas y lenguas, y este fue el mensaje: “Dios resucitó a Jesús” (Hechos 2, 32).

En esta forma habla san Pablo, el gran convertido del fariseísmo, en su Carta a los Romanos, también convertidos a Cristo desde su paganismo. Muy firme, bien cimentada, está su esperanza en que él y todos los que mueren en Cristo morirán con Él, para vivir eternamente con Él. Es el gran mensaje para el hombre del siglo XXI. Está, al mismo tiempo, más capacitado para comprender su caducidad radical y el ineludible término de la vida. La experiencia de cada día es una enseñanza de lo ineficaces que son los esfuerzos para eludir los sufrimientos, las enfermedades y la muerte. Aquí debe estar ya no la razón, sino la fe en el Misterio de Cristo resucitado. Es la esperanza del cristiano, es el triunfo, a pesar de todas las apariencias contrarias. La fe cristiana conduce a la victoria.

José Rosario Ramírez M.

El primer día de toda la historia

Vivir la resurrección, hoy, significa proclamar con fe que Jesús, muerto por nuestros pecados” “ha resucitado de entre los muertos”  y que “El que vive… vive por los siglos de los siglos”. Ésa era la convicción de los primeros testigos: “Pues bien, tanto ellos como yo esto es lo que predicamos; esto es lo que habéis creído”. Y resulta decisiva: “Y si no resucitó Cristo, vacía es nuestra predicación, vacía también vuestra fe” y “¡somos los hombres más dignos de compasión!”. Ésta es la predicación de los apóstoles que hasta el día de hoy nosotros compartimos y transmitimos de generación en generación.

La resurrección de Cristo representa asimismo el paso obligado del hombre para llegar a la “esperanza viva”. Y se trata de una garantía. En efecto, “si hemos muerto con Cristo, creemos que también viviremos con él, sabiendo que Cristo, una vez resucitado de entre los muertos, ya no muere más, y que la muerte no tiene ya señoría sobre él” e incluso: “Una vez resucitado con Cristo” debemos “buscar las cosas de arriba”. Nuestra resurrección con Cristo encuentra en Él su fundamento y su cumplimiento, y se apoya en la certeza de que Cristo ha resucitado de entre los muertos de una vez para siempre. En Jesucristo hemos pasado nosotros de la muerte a la vida. Ahora bien, ese paso de la muerte a la vida —esta fe en Jesús, basada en una certeza—  debemos vivirlo en la esperanza.

El carácter problemático de la experiencia cristiana, el aspecto trágico de la existencia humana y la tensión entre el ya y el todavía no de la historia de la salvación nos sitúan entre esta certeza y el paso obligado por la esperanza en la vida. ¿Cómo vivir esta situación? ¡Con el amor! En efecto, “sabemos que hemos pasado de la muerte a la vida porque amamos a los hermanos”.

Una vez arraigados en la resurrección de Cristo, debemos vivir en el Resucitado toda la realidad humana, con sus alegrías, sus sufrimientos y sus luchas. Y asimismo en esa resurrección debemos descubrir el sentido de la existencia y también el de la creación, dado que la resurrección se extiende a toda la realidad cósmica. Este aspecto está muy bien expresado por el apóstol Pablo: “Sabemos, en efecto, que la creación entera está gimiendo con dolores de parto hasta el presente. Pero no sólo ella; también nosotros, los que poseemos las primicias del Espíritu, gemimos en nuestro interior suspirando porque Dios nos haga sus hijos y libere nuestro cuerpo. Porque ya estamos salvados, aunque sólo en esperanza”.

La celebración de la eucaristía, durante este tiempo pascual, significa en particular reconocer todas las manifestaciones del Jesús resucitado en su Iglesia: hacernos instrumentos de estas manifestaciones, como miembros del pueblo sacerdotal; dar gracias al Padre por la continua presencia entre nosotros de Jesús resucitado.

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