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Sábado, 17 de Noviembre 2018

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¡Cristo resucitó! promesa cumplida

La resurrección interrumpe una historia cansinamente repetitiva, e inaugura una nueva creación

Por: El Informador

Vivir la resurrección de Cristo es dejarnos sorprender, como los de Emaús, que les cautivó su explicación y los dejó estupefactos al compartir el pan. ESPECIAL

Vivir la resurrección de Cristo es dejarnos sorprender, como los de Emaús, que les cautivó su explicación y los dejó estupefactos al compartir el pan. ESPECIAL

• Tercer domingo de pascua
• Dinámica pastoral UNIVA

LA PALABRA DE DIOS

PRIMERA LECTURA
Hechos de los Apóstoles 3. 13-15. 17-19

“Ustedes dieron muerte al autor de la vida, pero Dios lo resucitó de entre los muertos”.

SEGUNDA LECTURA
Primera carta de san Juan 2, 1-5

“En esto tenemos una prueba de que conocemos a Dios: en que cumplimos sus mandamientos”.

EVANGELIO
San Lucas 24, 35-48

“Está escrito que el Mesías tenía que padecer y había de resucitar de entre los muertos al tercer día”.

En distintas ocasiones Jesús, el Hijo de Dios, el Mesías de la promesa, anunció a sus discípulos, que iba a subir a Jerusalén a ser calumniado, a ser injustamente condenado a muerte, a ser levantado en alto -en la cruz-, y que al tercer día resucitaría.

Tres veces, atestigua San Marcos, anunció el Señor el hecho con sus tres momentos: padecer, morir y resucitar.

A Cesárea de Filipo llevó Jesús a los 12, y allí en la intimidad les hizo dos preguntas. La primera con intención de prepararlos para la segunda: “¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del hombre?”. Le dieron ellos respuesta de lo que de Jesús se decía. Luego llegó la pregunta directa: “Y ustedes, ¿quién dicen que soy?”.

Pedro, con el rayo de una inspiración divina, le contestó: “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo”. Y los otros con su silencio -el, que calla otorga- aceptaron que ante ellos estaba el Mesías prometido.

“Desde entonces comenzó Jesús a manifestar a sus discípulos que tenía que ir a Jerusalén, para sufrir mucho de parte de los ancianos, de los príncipes, de los sacerdotes y de los escribas, y ser muerto, y al tercer día resucitar” (Mateo 16, 21).

Tres de los 12, por privilegio, acompañaron al Maestro a la cumbre de un monte elevado. Allí Él se transfiguró: su rostro resplandeciente como el sol, sus vestiduras blancas como la nieve, y a su derecha y a su izquierda Moisés -la ley- y Elías -los profetas- conversando con Él. Y luego una nube luminosa, el Espíritu Santo, que los cubrió, y la voz: “¡Este es mi Hijo amado en quien tengo mi complacencia! ¡Escúchenlo!”.

Cuando bajaban del monte, Jesús les dijo: “No den a conocer a nadie esta visión, hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos” (Mateo 17, 9), (Marcos 9, 1), (Lucas 9, 28).

Aunque lo oían sus discípulos, o no entendían o no les era grato el anuncio de la pasión, la muerte y la resurrección, el camino por donde el Señor iba a pasar. “Miren, subamos a Jerusalén y el Hijo del hombre será entregado a los príncipes de los sacerdotes y a los escribas, que lo condenarán a muerte, pero al tercer día resucitará” (Mateo 20, 17), (Marcos 10, 32), Lucas (18, 15).

“Pero ellos no sabían lo que significaban estas palabras, que estaban vedadas para ellos, de manera que no las entendieron y temían preguntarle sobre ellas” (Lucas 9, 40).

“Destruyan este templo y en tres días lo reconstruiré”. Esta frase simbólica es también anuncio de su resurrección. Fue cuando arrojó a los profanadores del templo, que compraban y vendían rebaños y palomas y tenían mesas de cambio.

Los guardianes del templo, escribas y fariseos, le pidieron al Señor una señal que lo acreditara para tener autoridad para hacer lo que hizo. Y esa fue la señal: “Destruyan este templo - su persona, no el templo hecho con piedras y lodo- y lo reconstruiré en tres días”.

“Tenía que cumplirse todo lo que estaba escrito de mi en la ley de Moisés, en los profetas y en los salmos”.

A los que antes no habían entendido el anuncio de los tres momentos: pasión, muerte y resurrección -palabras vedadas para ellos-, ahora el Maestro les abrió el sentido de las Escrituras.

Comprendieron que las profecías habían sido anuncio, que proyectaban la doctrina, enseñanzas para el futuro.

Allí entendieron que el pasado se debería de continuar. Mateo anuncia la necesidad de dar la noticia; Lucas hablará siempre del perdón, de la “metanoia” o conversión; Marcos, de la misericordia; y Juan, en un vuelo de águila desde las alturas, del misterio del Verbo de Dios que asumió la naturaleza humana y todos, afortunados por haber visto, oído y hasta tocado al Señor resucitado dar testimonio ante los hombres del futuro.

José Rosario Ramírez M.

Déjate sorprender

¿Qué es la conversión?: Dejarse sorprender por el Señor resucitado, que entra en nuestro presente, lo libera, lo exorciza de los fantasmas inquietantes del pasado y nos entrega un futuro distinto, que se ha hecho posible gracias a la fuerza  de su amor y a la comunión de vida con Él.

Convertirse significa construir una historia nueva, una historia vuelta del revés respecto a las viejas y despreciables costumbres.

La resurrección interrumpe una historia cansinamente repetitiva, e inaugura una nueva creación, donde el hombre, reconciliado, es llamado a celebrar, en los gestos cotidianos, una sorprendente liturgia de la vida. Una vida sembrada con un germen de inmortalidad.

Creer significa aprender a leer los acontecimientos de la propia vida como expresión del paso de Dios.

Se cede el paso a Dios. Se hace de la propia vida este paso. Se pasa la propia existencia a buscar el cambio. Y después, un buen día, se encuentra uno cara a cara con un pasajero que no es como los demás.

Creer significa aceptar abrir los ojos, aquel día, y susurrar, por qué no, diciéndole a Dios, buenos días mi Dios.

Entonces ya sólo nos falta subrayar cómo la conversión, más que esfuerzo y conquista personal, es esencialmente caer en la cuenta de este pasajero misterioso, que nos acompaña a lo largo de nuestro itinerario… Y caer en la cuenta, sobre todo, de que Él va en la dirección contrario de la que hemos caminado.

Para escribir una nueva historia, desde Cristo que ha resucitado, necesariamente debemos tomar su rumbo y su dirección con su misma acción, dejando nuestro pasado, para comenzar a hacer las cosas siempre nuevas que implica la resurrección.

Vivir la resurrección de Cristo es dejarnos sorprender, como los de Emaús, que les cautivó su explicación y los dejó estupefactos al compartir el pan, ¿qué genera en mí cada Eucaristía en la que participo? ¿Me sorprende el gran misterio que encierra cada Misa?

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