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Miércoles, 15 de Agosto 2018

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Al anochecer del día de la resurrección

El Hijo de Dios tomó la naturaleza humana para redimir a todos los pecadores con su vida, con su pasión, con su muerte y su resurrección

Por: El Informador

Ante la evidencia, Tomás tal vez cayó de rodillas —como lo han expresado muchos artistas—  y exclamó: “¡Señor mío y Dios mío”.

Ante la evidencia, Tomás tal vez cayó de rodillas —como lo han expresado muchos artistas— y exclamó: “¡Señor mío y Dios mío”.

LA PALABRA DE DIOS

PRIMERA LECTURA

Hechos de los Apóstoles 4, 32-35

“Los apóstoles daban testimonio de la resurrección del Señor Jesús con mucho valor”.

SEGUNDA LECTURA

Primera carta del apóstol san Juan 5, 1-6

“En esto consiste el amor a Dios: en que guardemos sus mandamientos”.

EVANGELIO

San Juan 20, 19-31

“Paz a ustedes. Como el Padre me ha enviado, así también los envío yo”.

Al anochecer del día de la resurrección

Señor de la vida y vencedor de la muerte, Jesús resucitado se presentó ante sus temblorosos once discípulos, portador de una vida nueva. Siempre, en su vida pública, cada enseñanza suya es acompañada de algún signo milagroso, de algún prodigio nunca antes visto por los ojos de los humanos, y para confirmar con hechos la veracidad de sus palabras.

Un día dijo: “Yo soy la vida”; no dijo “yo vengo de la vida”; no dijo “yo traigo la vida”; no dijo “yo doy la vida”, sino que identificó su persona con el sustantivo vida.

Afirmación única. Nadie de los fundadores de religiones, o iniciadores de movimientos filosóficos o espirituales; nadie, se ha atrevido a decir “yo soy la vida”, porque nadie lo podrá probar. Cristo dijo “yo soy la vida” y resucitó a su amigo Lázaro. Pero la máxima prueba, la anunciada, fue -con un preámbulo trágico, doloroso- dejar que enloquecidos le quitaran la vida el viernes, a la vista de todos, levantado en alto en la cruz, para resucitar glorioso a las primeras luces del primer día de la semana, el domingo. No hay lengua humana que pueda contar tan grande maravilla.

Y allí estaba Jesús resucitado, glorioso, ante sus discípulos, con un amable saludo: “La paz sea con ustedes”. Saludo, sí, pero más que todo un gran regalo: la presencia de Jesús vivo y glorioso los bañó de paz. Ese bien, “la paz de Dios que sobrepasa todo entendimiento” (Filipenses 4, 4), es mayor que el dinero, que la ciencia.

Cristo, al enviar a sus apóstoles como portadores de la buena nueva, les dice: “En cualquier casa que entren, digan primero: ‘La paz sea en esta casa’” (Lucas 10, 5), y en el culto católico está siempre el saludo de paz.

Según Santo Tomás de Aquino: “La paz no es otra cosa que la tranquilidad del orden”. Por eso, no puede haber la verdadera paz donde no existe la justicia. Y la más bella paz, fértil en buenas obras, es la que nace del amor.

Para lograr internamente la paz, el alma ha de buscar situarse en Dios, bondad infinita. Muchos buscan la paz, sin saber cómo encontrarla: primero desearla, luego estimarla, pedirla y vincularla en el amor a Dios y el amor al prójimo. Ahí encontrarán la paz.

El Hijo de Dios tomó la naturaleza humana para redimir —redimir es pagar— a todos los pecadores con su vida, con su pasión, con su muerte y su resurrección. Así que es el único portador del perdón. Su presencia en los tres años de vida pública no fue sino amor, misericordia, perdón; perdón tan grande —divino y humano—, que hasta clavado en la cruz elevó su súplica al Padre: “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen”.

Mas el perdón lo dejó para todos los hombres, de todos los tiempos. Muchos han sentido la paz interior al ser absueltos. Para que su perdón siempre estuviera presente en el mundo, Jesucristo dejó en hombres, también pecadores, el poder de perdonar a otros pecadores. Así la Iglesia, por medio de sus ministros, ha sido en veinte siglos instrumento de perdón, por ser el mismo Señor Jesucristo quien perdona, y el que perdona los pecados al que ha caído es solamente el ministro; es decir, el que administra lo que no es suyo.

La fe tiene un alto precio: Es la virtud que acepta lo que no ha visto, ni oído, ni tocado, y hasta aparece por otros senderos que no son los de la razón.

Era muy grande el prodigio de que Aquél a quien todos vieron expirar clavado en una cruz estuviera vivo el domingo. Era tan débil y pequeña la fe de Tomás el gemelo, y tan terco éste, que para creerlo sólo quería el testimonio de sus ojos, no fuera a ser una visión nacida de un impulso psicológico, de amor. Ni tampoco daría crédito a sus oídos. Quería tocar con su dedo, con su mano; tener la certeza de que allí frente a él estaba el Maestro a quien siguió tres años por pueblos y aldeas de Judea, de Samaria y de Galilea. Y el Señor le cumplió ese deseo, para que fuera después testigo de su resurrección, como luego lo fue hasta el final de su vida coronada con el martirio. Ante la evidencia, ya sin titubeos, Tomás tal vez cayó de rodillas, como lo han expresado muchos artistas en sus lienzos, y exclamó: “¡Señor mío y Dios mío”.

José Rosario Ramírez M.

La Resurrección en la comunidad

Creer en la resurrección se traduce, después, concretamente, en un modo de vivir en la comunidad.

El cuadro presentado por los Hechos de los Apóstoles resulta particularmente significativo a este respecto.

La paz dada por el Resucitado crea una “comunidad de reconciliación”, o sea, un grupo de personas creyentes que viven en la armonía, en la unidad (que no significa uniformidad), en el compartir  los bienes.

Se subraya, no la pobreza (se dice, por el contrario, que “ninguno pasaba necesidad”), sino el amor recíproco.

Los bienes, en lugar de ser objeto de posesión egoísta, y consiguientemente fuente de contiendas, divisiones y diferencias, se convierten en sacramento de amistad y de fraternidad.

En el fondo, la bienaventuranza de Cristo (“dichosos los que crean sin haber visto”) no excluye una posibilidad y hasta una necesidad, un derecho a “ver” en la Iglesia, como apoyo indispensable de la fe.

No se trata, evidentemente, de “ver” a través de las  apariciones (ni siquiera las que nos regala o nos impone la TV ayudan a creer), sino más bien de hacer visible la resurrección a través de la praxis del amor fraterno.

El anuncio de la resurrección está  confiado, ciertamente, a la palabra. Pero la palabra auténtica es inseparable del “hecho”. Si falta el hecho fundamental del amor, de la comunicación —¡un hecho que hay que ver!— el mensaje peligra de no ser  escuchado.

Parafraseando la expresión de Tomás, puedo decir: “¿Si no veo, si no toco el amor a través de vuestros gestos y vuestros comportamientos, no puedo creer en vuestras  palabras.

Las palabras me dicen que habéis encontrado al Resucitado, que habéis recibido su paz.

Hacedme ver, entonces, que han desaparecido los conflictos, las rivalidades, la codicia, los celos.

Hacedme ver los frutos del perdón, de la comunicación, de la ayuda recíproca. Y no soy yo el que más necesita ver para creer, sino más bien vuestra fe que no tiene  más remedio que ofrecerse a la mirada…”.
 

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