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Martes, 23 de Octubre 2018

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Aceptación personal y consciente de Jesucristo

La conversión, llamada “metanoia”, significa cambio; significa una actitud interior nueva, un nuevo estilo de vida

Por: El Informador

Sobre la cruz, Cristo no reivindica otra gloria más que la gloria de amar. ESPECIAL

Sobre la cruz, Cristo no reivindica otra gloria más que la gloria de amar. ESPECIAL

• Quinto domingo de Cuaresma
• Dinámica pastoral UNIVA

LA PALABRA DE DIOS

PRIMERA LECTURA
Jeremías 31, 31-34

“Yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo… Yo les perdonaré sus culpas y olvidaré para siempre sus pecados”.

SEGUNDA LECTURA
Carta a los hebreos 5, 7-9

“Cristo aprendió a obedecer padeciendo, y se convirtió en la causa de la salvación eterna para todos los que lo obedecen”.

EVANGELIO
San Juan 12, 20-33

“Ha llegado la hora de que el Hijo del hombre sea glorificado. Si el grano de trigo, sembrado en la tierra, no muere, queda infecundo; pero si muere, producirá mucho fruto”.

El cristianismo no es un sistema de verdades ni un conjunto de preceptos. El cristianismo es Cristo, el Hijo de Dios hecho hombre, dentro de la historia de la salvación sobrenatural de los hombres. Es la intervención salvífica de Dios que culmina en Cristo. El cristianismo histórico –la Iglesia– es, al mismo tiempo, comunidad de salvación y presencia viva entre los hombres del misterio de Cristo, su muerte, su resurrección.

Es la presencia permanente y activa de Cristo en medio de su pueblo; es Dios vivo, Dios que habla a los hombres y les manifiesta sus planes de amor para que todos se salven.

Cristo es el Verbo de Dios hecho hombre, y en la plenitud de la revelación toda la Biblia habla de Cristo. El Antiguo Testamento es la prehistoria de Cristo. Cristo profetizado, anunciado, prometido, simbolizado, prefigurado, esperado y el Nuevo Testamento es Cristo mismo, realización y cumplimiento de las promesas, de las profecías.

La fe es un encuentro personal con Cristo. En el Evangelio de este quinto domingo de Cuaresma, narra San Juan: “Entre los que habían llegado a Jerusalén para adorar a Dios en la fiesta de la Pascua, había algunos griegos, los cuales se acercaron a Felipe, el de Betsaida de Galilea, y le pidieron: “Señor, quisiéramos ver a Jesús” Él es el camino; verlo primero, seguirlo luego, es la salvación, ha sido la salvación de muchos. La disposición interior de aceptar a Jesús es la conversión.

Los evangelistas presentan a Jesús, que anuncia un hecho: la llegada del Reino de Dios. Mas, para entrar en el Reino, la condición es convertirse. “Vino Jesús a Galilea predicando el Evangelio del Reino de Dios y diciendo: “Se ha cumplido el tiempo, el Reino de Dios ha llegado, conviértanse y crean” (Marcos 1, 15). “Desde entonces comenzó Jesús a predicar y a decir: “Conviértanse, porque se está acercando el Reino de Dios” (Mateo 4, 17).

La respuesta por parte del hombre –el de ahora, el del siglo XXI–, ha de ser afirmativa para recibir el Reino en la conversión.

Es el tema central de la Cuaresma. La conversión, llamada “metanoia” –palabra que va pasando ya al vocabulario religioso–, significa cambio; significa una actitud interior nueva, un nuevo estilo de vida.

“Ha llegado la hora en que el Hijo del hombre sea glorificado”. Esta página del Evangelio marca ya los últimos días de Jesús.

Ha subido a Jerusalén; es la última vez, y sólo esperan la pasión, la muerte, la resurrección.

Su final trágico y glorioso es la inminente glorificación del Hijo de Dios, a través de la muerte. Nació para poder morir: cumplió en todo la voluntad del Padre que lo envió; fundó el Reino; predicó la buena nueva; pasó haciendo el bien con sus palabras y sus hechos. Su glorificación es la certeza de lo que dirá en la cruz: “Todo está consumado”; y así, la glorificación es el retorno al Padre.

“Si el grano de trigo sembrado no muere, queda infecundo” Pero su glorificación también es morir: de su muerte nació la vida para todos los hombres.

“El que se ama a sí mismo, se pierde” Cristo –que vino a perder para ganar, a sufrir, a padecer, a morir para dar la vida a todos– muestra el paradójico estilo de lo negativo para llegar a lo positivo: perder para ganar.

La vida tiene niveles, y quien sabe renunciar a los intereses inferiores, asciende a altos niveles. Es el arte de morir a la vida inferior, para desarrollar la superior; es mortificar la vida material, para el desarrollo y la plenitud de la espiritual. Así ha sido la gozosa renuncia de un incontable número de santos, para ir, libres de bagaje, en seguimiento de Cristo. “El que se aborrece a sí mismo en este mundo, se asegura para la vida eterna”. Es la pobreza de espíritu, es la sabiduría evangélica de no apegar el corazón a lo que se ha de dejar al partir del tiempo a la eternidad.

La esperanza del cristiano es llegar, después de la vida terrena –que, como todo lo que tiene principio, tendrá fin–, a la vida eterna, y en ella encontrar a Dios.

José Rosario Ramírez M.

Tengo miedo

Jesús afronta la hora de su muerte no como un superhéroe de película, sino como un hombre entre los demás, un hombre que tiene miedo a morir.

Jesús, en los pasajes en los que anuncia su muerte o la ve ya inminente, se presenta inquieto. Quien posee la vida en plenitud, como él, está en disposición de advertir toda la negatividad contenida en la muerte, y sentir hacia ella una repugnancia invencible.

Por esta razón el autor de la carta a los Hebreos habla de un Cristo que suplica, llora y grita a aquel que podía salvarlo de la muerte.

La hora de la glorificación es la de la cruz. La gloria, entonces, no será un alarde de poder, sino la derrota, el ser objeto de tortura y de juguete en manos de los enemigos.

Jesús no afronta la crucifixión con la fuerza, sino en la debilidad, y sobre todo en el amor. Sabe que los territorios sobre los que Satanás extiende su poder pueden conquistarse únicamente con el amor. Sabe que la muerte, el mal, la violencia, todo lo que es negativo en el mundo, ceden exclusivamente frente a la fuerza del amor. Sobre la cruz, Cristo no reivindica otra gloria más que la gloria de amar.

Cuando sea elevado sobre la cruz, ya no habrá nadie esperando, nadie que tenga ganas de verlo, como solicitaron unos griegos a Felipe. En el momento de la cruz nadie lo solicita y fueron pocos, muy pocos los que permanecieron. Y sin embargo esa hora, la hora de las tinieblas se convertirá en la hora de la máxima revelación. La hora que muestra todo el misterio de amor.

Cristo elevado en la cruz, abandonado y traicionado, concederá en aquella hora una audiencia general, ejercitará una fuerza de atracción universal e irresistible: “Cuando yo sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mí”.

Sobre el terreno árido del Calvario la semilla, sepultada, elevará milagrosamente su tallo de la resurrección dando frutos de amor.

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