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Suplementos | XXV domingo del tiempo ordinario

El trabajo es una bendición

En la viña no importa el puesto; lo que vale es la diaria entrega, la actitud de servicio

Pero no basta con estar trabajando en su viña, es indispensable no dejar de asombrarnos de su obra y de su amor.

Pero no basta con estar trabajando en su viña, es indispensable no dejar de asombrarnos de su obra y de su amor.

LA PALABRA DE DIOS

PRIMERA LECTURA
Isaías 55, 6-9:

“Que el malvado abandone su camino, y el criminal, sus planes; que regrese al Señor, y él tendrá piedad”.

SEGUNDA LECTURA
San Pablo a los filipenses 1, 20-24. 27:

“Para mí, la vida es Cristo, y la muerte, una ganancia”.

EVANGELIO
San Mateo 20, 1-16:

“Yo quiero darle al que llegó al último lo mismo que a ti. ¿Qué no puedo hacer con lo mío lo que yo quiero?”

GUADALAJARA, JALISCO (24/SEP/2017).- El hombre de este siglo va, corre, vuela, se preocupa, planea y actúa con resultados positivos, es decir, con números negros, y a veces con los preocupantes números rojos, que significan, respectivamente, el triunfo o la derrota.

Pero la mayor derrota es dejar caer los brazos porque ha perdido el trabajo, o porque no ha encontrado trabajo. Y lo que es peor aún, cuando ya ha perdido la ilusión, la alegría de hacer, de trabajar.

El hombre es “homo sapiens” porque está dotado de una inteligencia capaz de analizar, de hacer una síntesis, de expresar su pensamiento y de manifestarlo mediante su voluntad.

Mas también es “homo faber”, y se descubre capaz de realizar por sí mismo el contenido de sus pensamientos mediante la acción. Si no hace, si no actúa, se siente frustrado. Su vida es un sueño vacío, vano. Y si, por pereza, no actúa, se convierte en esclavo de sí mismo.

Quien ha sabido trabajar, ha experimentado entonces la alegría del trabajo y las muchas satisfacciones fruto de su entrega, así como la sabiduría que brota de la misma fuente del trabajo, que perfecciona al hombre, lo hace más hombre, lo torna sabio.

Después de la obra de Dios creador y conservador de cuanto existe, todo lo demás es obra del ingenio y el trabajo de los hombres. Y se ha de decir que el trabajo no es una maldición, porque “ganará el pan con el sudor de su frente”, sino una gran bendición. Un rostro bañado en sudor y unas manos encallecidas, son signo de esa bendición.

La plenitud de los tiempos, la salvación de los hombres, se ha manifestado en Cristo y perdurará en la Iglesia hasta que Él vuelva. Al hombre, a los hombres, les toca participar activamente de la vida y de la humanización hacia la plenitud del hombre, según Dios, en Cristo Jesús.

Así, en el Reino, en la Iglesia, parte vital es la presencia operante de los bautizados. Aquí se manifiesta que no caben en el plan de Cristo ni el inmovilismo, ni la instalación, ni la falsa seguridad de quienes —según ellos— ya tienen ganada la vida eterna.

Toda actitud irresponsable, engreída o presuntuosa, constituye un riesgo. El designio divino de la salvación de cada uno, primero es una amorosa iniciativa de Dios —Él llama—, pero incluye la respuesta del hombre, respuesta manifestada en acción.

San Mateo en el capítulo vigésimo presenta una parábola del Señor con profundas enseñanzas. Primero, la invitación. Sale el dueño de la viña varias veces a buscar y llamar trabajadores.

Es Dios que llama a todos. Para Él no hay excepción de personas, y sin distinción de razas, pueblos, cultura, el llamado es para todos.

Ser llamado al servicio es una gracia. Y la oportunidad de trabajar en la viña del Señor, en su Reino, ha de ser motivo de alegría y ha de despertar agradecimiento.

Hace poco más de un año, un sacerdote, Esteban Sánchez, celebró sus setenta años de sacerdocio ministerial. Recibió el sacramento del orden el 26 de mayo de 1934. Dios fue para él y para sus compañeros, el amo, el patrono, y trabajó en la viña de ese Señor.

En la viña no importa el puesto, si es importante o es el más humilde; lo que vale es la diaria entrega, la actitud de servicio. “Quien quiera ser el primero, que sea el último y el servidor de todos”. Ser cristiano es ser operario, ser constructor de un mundo mejor; y los operarios son desde el Papa, los obispos, los sacerdotes, los religiosos y religiosas.

El rejuvenecimiento que espera la Iglesia, ante la injusticia social, ante el no orden económico y político, ante la institucionalización amoral de los medios masivos de comunicación, ese cambio se espera de los operarios laicos. Se espera la presencia, la acción, el testimonio de los cristianos maduros y comprometidos, con la convición de que a ellos, a los laicos, les corresponde luchar.

José Rosario Ramírez M.

¿Cuántas veces, Señor, has salido a buscarme?

El dueño de la viña sale varias veces de casa, desde el amanecer hasta el mediodía, para contratar jornaleros. A todos les repite su propuesta: “Vayan también ustedes a mi viña”.

Todo pareciera indicar, conforme a la parábola, que el Señor no dejara de buscar e invitar a su viña, y eso es cierto, Él nunca se cansara, ni cambiará su intención de buscarnos, pero también es cierto, que el día se acaba: “Al atardecer, el dueño de la viña le dijo a su administrador, llama a los trabajadores y págales su jornal”.

Por eso toca a nosotros tener siempre los ojos muy abiertos, y ser prontos a ponernos de pie ante el primer llamado, porque si no respondemos habremos fallado a la cita decisiva de nuestra vida. Cualquier hora puede ser buena para Él. Con tal que sea la hora de tu sí.

La decisión consiste en dejar nuestra plaza, nuestro estado, nuestro confort, no necesariamente será pensar que Dios llama si estamos haciendo el mal, Dios llama porque quiere hacerte participe de su viña, de su Reino: “Después de quedar con ellos en pagarles un denario por día, los mandó a su viña”.

Pero no basta con estar trabajando en su viña, es indispensable no dejar de asombrarnos de su obra y de su amor, sin celo y sin envidias, no se alcanza la perfección que está en el “Amor”, por la hora en que hemos sido llamados y en el momento en el cual respondimos, sino por la aceptación de su llamado y la gratuidad con la que recibimos lo que nos da, aun sin merecerlo.

Quien se siente acreedor, con derechos ante Dios y la vida, porque piensa que ya ha hecho demasiado, considera todo lo gratuito como un robo. Como una amenaza a la presunta justicia. Sin embargo, descubrir que somos amados gratuitamente es empezar a responder desde esa hora a la llamada de Dios; descubrir que todo es don –la viña, el vino, el trabajo, la fatiga…- es el modo de estar en la Iglesia buscando el Reino de Dios.

De aquí se desprende otro gran riesgo, que se refleja en el reclamo de los primeros contratados: “Cuando llego el turno de los primeros, creyeron que recibirían más; pero también ellos recibieron un denario cada uno”. Hay algo peor que estar lejos de Dios. Y es esta presunta cercanía, medida por nosotros, calculada según nuestros criterios, que ya no nos permite caer en la cuenta de la distancia abismal en la que nos encontramos aun estando en su obra. La excesiva familiaridad, la desenvoltura con que le tratamos, o nos hacemos la ilusión de tratarlo, nos impide dejarnos sorprender por Él. Por eso puede llegar a surgir el reclamo al que siempre seguirá respondiendo el Señor: “Yo quiero darle al que llegó al último lo mismo que a ti. ¿Qué no puedo hacer con lo mío lo que yo quiero? ¿O vas a tenerme rencor porque yo soy bueno?

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