Domingo, 13 de Septiembre 2026

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Reminiscencias

Por: Abel Campirano

Reminiscencias

Reminiscencias

Entre los siglos XVIII y XIX, el Berlinés Barón Alexander Von Humboldt, incansable viajero, naturalista, miembro de la Academia de Ciencias Francesa, de Baviera, Gotinga y Turín entre otras, gran geógrafo y poseedor de una tremenda erudición que le permitía en sus descripciones que su lector o el interlocutor en alguna tertulia viajara con él en sus incontables periplos por América y considerado el Padre de la Geografía Universal, nos dejó entre muchas cosas un axioma, algo que es indiscutible: los viajes son el mejor tesoro que podamos tener.

Los recuerdos de los viajes son almacenados en la memoria como si fuera un viejo baúl y cada vez que lo abrimos, encontramos siempre nuevos detalles que nos hacen volver a vivir esos momentos inolvidables que se vuelven eternos a fuerza de recordarlos.

Y es que los viajes tienen triple satisfacción: el planearlos, el hacerlos y el recordarlos. Ya les he contado en estas páginas como mi papá, con la debida anticipación, planeaba sus viajes, sobre todo a la Ciudad de México, donde iba con mucha frecuencia.

No solo era la compra de los boletos en las antiguas oficinas del ferrocarril que estaban en la esquina de Prisciliano Sánchez y Colón, sino que nos iba describiendo pormenorizadamente el itinerario a seguir, desde que salíamos de casa, estableciendo la hora para llegar a tiempo a la estación y no andar corriendo en los andenes, hasta nuestro regreso, pasando por todas las cosas que habríamos de hacer en lo que era la Ciudad de los Palacios.

El otro día platicando con mi esposa, recordábamos con cierta melancolía a los organilleros, esos incansables hombres vestidos siempre de uniforme color café con leche y su inseparable quepí, que van cargando por las calles de Dios esas cajas musicales inventadas en Italia en el siglo XVIII, perfeccionadas en Alemania en el siglo XIX, y que en el siglo XXI los chinos, a mi modo de ver, las han distorsionado, y que en la banqueta equilibran cuidadosamente en el tripié de madera integrado a la caja y hacen girar el cilindro con la manivela y la música empieza a escucharse, con tristeza para mí, porque nadie se detiene a escucharlos o a verlos y menos a darles alguna moneda, nos son indiferentes, y mi corazón se pone contrito.

Los repertorios musicales casi siempre son los mismos: Cielito lindo, Canción mixteca, La pajarera, Sobre las olas, y cuando los veo, los escucho o la conversación gira en torno a ese trabajo tan pesado de andar cargando el armatoste de madera tan pesado, la nostalgia me invade por el recuerdo de los viajes con mi padre al, D.F. y de inmediato mi mente se traslada como pajarillo que anda de rama en rama, lo mismo a la calle de Bolívar, que a Madero, 5 de Mayo, Tacuba o Donceles y la figura siempre elegante de mi papá que me daba unas moneditas para llevarle “al del cilindro” que era y sigue siendo parte importante de la historia urbana de la que le llamaron la Ciudad de los Palacios, que dicen que esa denominación no fue de Alexander Von Humboldt, sino de otro viajero, un botánico inglés llamado Charles Latrobe que quedó pasmado cuando visitó nuestra capital, cuando vio esas bellísimas construcciones de tezontle que abundan en el centro, empezando por Palacio Nacional y el edificio del Nacional Monte de Piedad, contra esquina de la Catedral.

La música de los organilleros es peculiar; hablando de recuerdos, y que ilustrarán más este relato, es aquel bolero atribuido a Agustín Lara y que se llama precisamente “El Organillero” que popularizara Juan Arvizu y años más tarde Javier Solís, en cuyas estrofas dice:

“Cantando por el barrio del amor, se cansa mi organillo de llorar. Se mete en las orejas su rumor, y se oye por todita la ciudad.Ya se va el organillero con su tema juguetón, que es olvido y es amor, se aturde todo el barrio y se salta el corazón. Cuando canta su canción, en sus quejas dolorosas cuántas cosas me contó; sonecito callejero, lastimero y juguetón. Ya se va el organillero, nadie sabe a dónde va, dónde guarda su canción. ¡Pobrecito organillero! Si el manubrio te cansó: dale vuelta al corazón”.

Aprendí de mi papá a apreciar y valorar los detalles. Me enseñó a detener nuestro caminar en Isabel la Católica, Pino Suárez o 5 de Mayo, para ver al organillero, escuchar una pieza musical, y como decía antes, poner en su “sombrerito” unas monedas. “Hay que ayudar a todos hijo, mira ese señor, con su edad y tan flaquito ahí va, cargando todo el santo día, a pleno rayazo del Sol su cilindro, para llevar pan para su casa”. Me decía mi papá que si poca gente les daba dinero, menos se detenían a escuchar, aunque fuera un momentito, su música.

Pero bueno, no todo era tristeza; como les platicaba de esos tesoros de Humboldt que son los viajes, recuerdo también otras cosas de mi añorada Ciudad de México. Cuando llegábamos a eso de las ocho y media de la mañana a la estación central de Buenavista, los maleteros, también con uniforme color caqui, esperaban a los viajeros en los andenes para ayudarlos con los velices, como se le llamaba antes al equipaje o las maletas. Por cierto, veliz era una expresión muy usada, proveniente del francés valise, que significa maleta.

En el estacionamiento, con la cajuela abierta, los choferes de los carros de sitio esperaban a sus pasajeros con el maletero abierto para llevarlos a sus destino, y lo primero que preguntaban era si traía uno reservación para que en caso negativo llevarlos al que ellos consideraban un buen hotel, y llevaban por supuesto su buena comisión.

En la década de los sesenta, mi papá alternaba el hospedaje en los Hoteles Regis, Gillow, Bamer, aunque casi siempre prefería el Guardiola que estaba por la calle Madero y San Juan de Letrán, frente a Sanborns, a un costado de la Torre Latinoamericana. El gerente era Don Aladino Suárez, y a mi papá le gustaba frecuentarlo porque allí pasó veladas inolvidables con Gonzalo Curiel, Agustín Lara y Miguelito García Ruiz. Por cierto, Don Miguelito colaboró durante unos años en mi programa de radio; era admirador de “Chalo” y Juan Arvizu, aunque yo he sido tradicionalmente Larista, pero esa es otra historia que les contaré algún día.

En aquél tiempo, como dice el Evangelio, los carros de sitio o taxis en la Ciudad de México tenían sobrenombres: les llamaban cocodrilos, cotorras, corales y canarios según el color con el que estaban pintados. A mi me gustaban los primeros porque eran mas espaciosos; estaban pintados de color negro y verde y las puertas y salpicaderas tenían pintados unos pequeños triángulos blancos simulando los dientes, por lo que el imaginario popular les llamó así: “cocodrilos”.

Como se habrán dado cuenta, empezamos con los organilleros, seguimos con los hoteles del D.F., continuamos con los compositores, y terminamos con los cocodrilos. Por eso intitulé este artículo como reminiscencias, evocaciones que como eslabones vienen engarzados en la cadena de mis vivencias.

Así son estas páginas de los recuerdos que tengo la fortuna de compartir con ustedes y me hagan el honor de leer en estas queridas páginas de EL INFORMADOR. Aquí los espero Dios mediante la semana entrante, ahora con un café machiatto y un croissant de mantequilla.

lcampirano@yahoo.com

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