Empezamos a buscar la felicidad como una sensación inmediata y pocas veces en la historia hemos estado tan insatisfechos. La industria de la felicidad nos ha vuelto complacientes y nos hace esperar amanecer un día y que las cosas salgan bien sin que tengamos que esforzarnos por lograrlo. En la antigua Grecia, los grandes pensadores entendieron la felicidad como una vida conforme a la virtud. Algo que se construye todos los días y que no es un estado de ánimo que se persigue, sino el resultado acumulado de nuestras acciones, pensamientos y relaciones, que nos llevan a poner la cabeza en la almohada cada noche con una sensación de plenitud.Hoy, la búsqueda de la vida virtuosa podría sonar como una idea anticuada y anquilosada. No tenemos ni siquiera clara la distinción entre un valor y una virtud —y me pongo como primer ejemplo— y nadamos en un océano de relativismo social en el que todo vale y la respuesta a muchas preguntas parece ser “depende”.Heródoto recoge una frase de Solón: “No llames a nadie feliz antes de su muerte”. Esta afirmación encierra una verdad profunda que a muchos nos haría bien comprender. La felicidad no es un destino al que se llega, no es un puerto seguro en el cual anclarnos para evitar las dificultades y el sufrimiento de la vida. La felicidad es el fruto de un hábito virtuoso adquirido por repetición.Entonces, ¿por qué somos tan infelices? Si la virtud es un hábito guiado por la prudencia y orientado a un justo medio, lo primero que habría que revisar son nuestros hábitos. La persona que se para todos los días y se mira en el espejo es el resultado acumulado de sus comidas, ejercicios y horas de descanso, de sus formas de trabajar y de relacionarse, de lo que lee y lo que mira, de sus pensamientos y decisiones. Es absurdo esperar aparecer en el Norte si nuestros hábitos repetidamente se dirigen al Sur.Queremos estar delgados sin cambiar nuestra forma de alimentarnos y hacer ejercicio; tener dinero sin trabajar; queremos ser deseables y no sentirnos solos, pero no hacemos lo que está de nuestra parte para convertirnos en personas agradables con quienes pasar el tiempo. Podría extenderme mencionando muchos ejemplos más. Quisiéramos tener una buena reputación, pero no nos acostumbramos a cumplir nuestra palabra.Quisiéramos tener buenos matrimonios y ser buenos padres, pero evitamos tener conversaciones difíciles y renunciar a la comodidad para anteponer la entrega.Aristóteles conocía bien esta distancia entre lo que queremos y lo que hacemos y la llamó acrasia, la debilidad de quien sabe lo que le conviene y, aun así, elige lo contrario porque cede al deseo del momento. Sabía también que la virtud cuesta al principio y que solo a fuerza de repetirla se vuelve parte de nosotros, hasta que llega el día en que hacer el bien ya no nos pesa y encontramos gusto en ello. Ese gusto es lo que la industria de la felicidad nos vende sin el camino que lo produce y, por eso, nunca lo encontramos. Pero ningún hábito se sostiene si no sabemos hacia dónde lo dirigimos, y Séneca le escribía a su amigo Lucilio que ningún viento es favorable para quien no sabe a qué puerto se dirige.De ahí la invitación a revisar nuestros hábitos con honestidad y a hacernos la verdadera pregunta: ¿hacia qué puerto me dirijo? Encontrar ese puerto y, en el camino, ser felices; en el camino, gozar de una sensación de plenitud como resultado de estar tranquilos por hacer el trabajo necesario para orientarnos hacia nuestras metas en el día a día. Sabiendo que así es como se construye una verdadera felicidad, de la que solo podremos ser plenamente conscientes en retrospectiva, como lo intuyó Solón.@luciachidan