De aquel lado de la Calzada, como quien dice del otro lado del río, según se mire: del Oriente al Poniente o al revés. La Calzada-río, eje Norte-Sur de Guadalajara, recordatorio, para quien quiera acordarse a partir de lo que la Calzada es, de que lo nuestro, en la Perla de Occidente, de generación en generación, es desfigurar la ciudad, lo que, de acuerdo con el diccionario, significa desemejar, afear, ajar la composición, el orden y la hermosura del semblante y de las facciones. No pretendo sugerir que la ciudad, que las ciudades, deban mantenerse intactas; nomás me intriga cómo es que a Guadalajara la vamos abandonando por partes.La Calzada, en su límite Sur, el Agua Azul, fue un paseo lacustre para los tapatíos todavía a comienzos del siglo XX, confluencia de arroyos y veneros, excusa para los árboles, lujo que, como es tradición, había que extinguir. Así ocurrió hacia el Norte, en un meandro del río San Juan de Dios: la Alameda, ahora Parque Morelos. ¿Para qué acompasar el desarrollo de la urbe con la sustancia natural y social de cada sitio si podemos anularlos? Al Oeste de la Calzada, ejemplo de vibrante actualidad —siempre quise escribir esta frase—: la avenida Chapultepec, un poco más de un kilómetro de desfiguros; de las banquetas al camellón, hasta las fachadas —la mayoría negras— de comederos y bebederos que cubren la historia de una calle que ahora, con sus alrededores, es insegura, campo para el florecimiento de negocios ilícitos. En su extremo Sur, el camellón tiene baños públicos, hechos sin consideración estética, y, a unos metros, puestos comerciales para la demagogia: que las familias de las y los desaparecidos tengan un ingreso, dijeron. No importa que estén a la vera de un teatro y de una galería de arte que están unidos por una plazoleta que no queda sino sospechar que fue bonita. Los puestos están abandonados, como la avenida Chapultepec, como la Calzada Independencia, por lo menos en la porción que podríamos considerar histórica.La Calzada es un tesoro oculto para Guadalajara. Casi once kilómetros, de la estación del tren a la Barranca, por los que corren historia, identidad, movimiento económico y, lo más importante, transacciones sociales. Calzada-cicatriz, frontera clasista: del lado de allá de la Calzada, según se mira desde el poniente. Casi once kilómetros de pura vida. Partiendo del sur: cada sábado, el tianguis cultural; cotidianamente, el Museo de Paleontología, la renovada Casa de las Artesanías; además, el Parque Agua Azul, el Teatro Experimental, el del IMSS. Luego, edificios con arquitectura destacable, dejados en el desamparo; banquetas con una anchura de la que ya no se usa; no lejos, del lado Oriente, la Arena Coliseo, tradición en renovación constante. Después, el Mercado Libertad —San Juan de Dios—, los comercios de Medrano; no lejos, la Catedral, el Teatro Degollado y todo lo contenido en el Centro. Y, más al Norte, uno de los símbolos de lo tapatío: el Estadio Jalisco y, enfrente, la plaza de toros; más adelante, la Arena Guadalajara, el zoológico y, sin pretender que la lista sea exhaustiva, al borde de la barranca, un Centro Universitario de la UdeG, el Parque Mirador y, pronto, el Museo de la Barranca.Todo pespunteado por transporte público, del que tenemos poco: el BRT Macro-Calzada. Subir y bajarse de él, en tantas estaciones, para visitar porciones de la historia y de la identidad de Guadalajara. Según el Censo 2020, con un análisis de Ratio Strategic Analytics, a la vera del recorrido de ese BRT, quinientos metros a cada lado de la Calzada, viven más de ochenta mil personas; en los alrededores del Estadio Jalisco, cuarenta y siete mil. En todo el trayecto, analiza Ratio con datos del INEGI, hay once mil quinientas, más o menos, unidades de negocio de todos tamaños; entre ellas, mil restaurantes.¿Cuántos de los desfiguros que hemos hecho padecer a la ciudad tienen que ver con solo mirar dos aspectos a la hora de intervenirla? El constructivo-financiero, centrado ineluctablemente en sí mismo, y el cortoplacismo que prescinde de la pregunta: ¿qué pasará si hacemos esto? ¿Quién se lo preguntó al entubar el río San Juan de Dios o al hacer la Línea 2 del Tren Ligero debajo del colector de todo tipo de aguas? El premio fueron los malos olores en el cruce de la avenida Javier Mina y la Calzada. Por estos días, porque corre la especie de que los nuevos dueños del equipo de futbol Atlas quieren hacer otro estadio, conviene resembrar la cuestión: ¿qué pasará si el Atlas se va con su show, y lo que este implica, a Zapopan?Allá habrá derrama económica. Es la respuesta, casi tic nervioso, que se ha inoculado en la sociedad: la inversión, sea como sea, donde sea y para lo que sea, es buena de por sí, sin considerar los servicios que el municipio y el estado deben proveer para que lo que se edifique sea funcional, para quienes lo usen y para las colonias que, contra su voluntad, lo van a sufrir. Abandonar el Jalisco —como lo mentamos coloquialmente— en todos sentidos, ¿se justifica por la inversión nueva? ¿No sería ventajoso invertir en él, que es ya parte identitaria de la ciudad? Referencia popular. Y al decir abandonar el Jalisco queda implícito —por lo que la Calzada entera ya es y puede llegar a ser, por el centenario Club de Futbol Atlas y sus seguidores— que es dejar a la suerte, a su mala suerte, un trozo de lo que conforma el espíritu de la ciudad, y a la gente y a la inversión que ya suceden. ¿A quién corresponde incluir en la valuación de proyectos de alcance metropolitano elementos sociales, culturales, históricos y de movilidad? El Jalisco es un buen pretexto para plantear un proyecto de ciudad que recupere el eje norte-sur del nacimiento de la ciudad, pero es, más que nada, la oportunidad para tomar decisiones en deliberación, con perspectiva de largo plazo y todo el ancho social.agustino20@gmail.com