De acuerdo con el Instituto Nacional de Estadística y Geografía, en el periodo enero-junio de 2025 se registraron 402 mil 320 defunciones. Dentro de ese volumen tan alto, las causas externas y las asociadas a consumo problemático suelen pasar relativamente desapercibidas, pues aparecen como meros accidentes o eventos desafortunados producto de decisiones individuales, cuando en realidad suelen ser el punto final de trayectorias de desigualdad, estrés crónico, ruptura de redes y fallas de cuidado institucional.En el listado de las causas de defunción, los accidentes se ubican entre las diez principales con 19 mil 292 defunciones en el semestre señalado; al respecto, es importante señalar que esta causa de defunción es la primera entre las personas de 10 a 24 años; pero también tiene un peso muy importante en la carga de mortalidad en edades productivas. Esta distribución es coherente con un país donde la exposición al riesgo cotidiano (movilidad obligada, jornadas extensas, precariedad laboral, uso intensivo del espacio vial) se acumula sobre grupos que, paradójicamente, deberían estar en los tramos de mayor potencial vital y productivo.Lo anterior no se encuentra desvinculado de las lesiones autoinfligidas intencionalmente (suicidios) las cuales aparecen como causa relevante desde edades tempranas: en efecto, según el INEGI, en el grupo de 10-14 años se registraron 131 defunciones por esta causa en el semestre señalado; en el de 15-24 ascienden a mil 050; en el de 25-34 alcanzaron mil 207; en el de 35-44 se observan 827; y en el de 45-54 se registran 615 casos. En total se trata de 3 mil 830 casos, a los cuales habría que sumar otras formas de lesiones y decesos asociados a prácticas de riesgo que se dan ante la frustración y sinsentido y que, en la estadística oficial, aparecen como “accidentes”.En efecto, debe comprenderse que el sufrimiento psíquico se presenta como un continuo que atraviesa etapas de vida marcadas por presiones escolares, laborales y familiares, además de violencias y duelos acumulados. De esta forma, el vínculo entre salud mental, estado emocional y mortalidad también se encuentra relacionado con el indicador de las defunciones provocadas por las enfermedades alcohólicas del hígado: en el semestre analizado suman poco más de 10 mil y se ubican como una de las principales causas a nivel nacional.El análisis adicional es inevitablemente político: cuando el suicidio se instala entre las principales causas en adolescencias y juventudes, y cuando los accidentes mantienen un volumen equivalente al de otras grandes causas, el problema no puede tratarse como una suma de decisiones individuales o de mero azar. Es, en buena medida, una evidencia de ausencia o insuficiencia de políticas y programas robustos de salud mental, con cobertura real, continuidad, dispositivos comunitarios, intervención temprana y articulación con escuela, trabajo, movilidad y prevención de violencias. Albert Camus sostenía que el suicidio es el tema de mayor calado filosófico de nuestros tiempos; y pensando desde esa perspectiva, es pertinente suponer que los accidentes y las lesiones autoinfligidas no constituyen fenómenos separados, sino manifestaciones distintas de un mismo entramado de vulnerabilidades. Ambos se concentran en etapas de la vida atravesadas por expectativas sociales intensas que, cuando no encuentran soporte institucional suficiente, derivan en procesos de angustia, desesperanza o conductas de riesgo. La coincidencia temporal y etaria de estas causas sugiere que la salud mental debe ser entendida como un fenómeno profundamente anclado en las condiciones de vida.Desde esta lectura, la muerte deja de ser interpretada únicamente un evento biológico y se revela como un indicador social extremo. Cada defunción por accidente, por autolesión o por consumo problemático de sustancias como el alcohol señala no solo un desenlace individual, sino la incapacidad colectiva de ofrecer marcos de sentido, protección y cuidado frente a la vida cotidiana.En ausencia de políticas públicas de salud mental que actúen de forma preventiva, territorial y sostenida, el sufrimiento se gestiona en soledad y termina expresándose de manera trágica. Así, las estadísticas de mortalidad no solo contabilizan pérdidas humanas: evidencian, con crudeza, los límites éticos y políticos del modelo de desarrollo vigente.