En septiembre nos da por sentirnos más mexicanos. Sacamos las banderas, como la camiseta de la Selección y preparamos platillos especiales, escuchamos mariachis y nos disponemos a celebrar una patria que, entre el ruido de los cohetes y los discursos, parece pedirnos que la queramos con especial entusiasmo durante unas horas. Después volvemos a nuestras ocupaciones, y aquel fervor se va apagando como las luces de la plaza.Hay en todo ello un nacionalismo efímero que fácilmente se presta a los intereses ideológicos. Se nos invita a sentir orgullo, pero también se pretende decirnos de qué debemos estar orgullosos, a quién debemos aplaudirle y hasta contra quién debemos dirigir nuestras inconformidades. Así, una celebración que podría acercarnos termina sirviendo para alimentar más las diferencias que ya nos separan.Sin embargo, nuestro vínculo con México tiene una profundidad que merece ser señalada. Más allá de esa exaltación pasajera, hay un amor a la tierra y un verdadero cariño por nuestras familias que hemos ido aprendiendo desde niños, sin necesidad de explicaciones ni vana politiquería. Nos sentimos parte de una identidad porque allí crecimos, porque conocemos sus sabores, porque ciertas voces nos resultan familiares y porque nuestras primeras alegrías tienen esos rostros en bellos paisajes.Por eso, cuando estamos lejos, extrañamos lo nuestro aunque aparentemente sea sencillo, como una comida preparada de cierta manera con tortillas hechas a mano, el ambiente de una fiesta popular, la confianza con que alguien nos recibe. En esas costumbres vive una parte de nosotros. La gastronomía reúne los afectos alrededor de la mesa y las tradiciones nos permiten seguir conviviendo, de alguna forma, con quienes nos enseñaron a disfrutarlas.También allí aparece esa religiosidad guadalupana que, para tantos mexicanos, acompaña la vida desde sus comienzos. La Virgen y los santos patronos se entrelazan con la piedad de las mujeres de nuestras familias, con las oraciones de las abuelas y con la memoria de los ancestros. Hemos aprendido a pedir protección, a agradecer y a compartir el dolor dentro de una historia familiar donde la fe tiene nombres y recuerdos.De esa manera, lo religioso y lo cotidiano se acompañan. La oración da paso a la comida, la fiesta del santo patrono reúne al pueblo y el recuerdo de los ausentes encuentra un lugar entre los vivos. Celebramos también para seguir perteneciendo a esa historia.Las fiestas patrias podrían ayudarnos a reconocer ese fondo afectivo que permanece cuando termina la celebración del grito. Allí está el arraigo: en el gusto de pertenecer, en el deseo de conservar lo recibido y en la disposición de cuidar a quienes tenemos cerca. Porque el amor a México se va haciendo verdadero en el trato que damos a los mexicanos, en el respeto a su dignidad y en esa generosidad cotidiana con la que una comunidad consigue que sus habitantes se sientan, finalmente, en un auténtico hogar. ¡Viva México!dellamary@gmail.com