Cuando un estudiante francés sale a exigir profesores, parece reclamar algo elemental. Pero Francia tiene menos docentes de secundaria pública que en 2008, aunque atiende a 250 mil alumnos más. En Argentina, las universidades reclaman que el Ejecutivo cumpla una ley de financiamiento aprobada por el Congreso. En Nepal, la prohibición de las redes sociales encendió en 2025 una indignación acumulada por la corrupción y los privilegios. Las causas son distintas, pero la protesta termina señalando al mismo destinatario: el poder político, al que los jóvenes comienzan a percibir como parte del problema.La corrupción fue durante mucho tiempo la explicación más visible del abuso de poder: alguien infringía las reglas para beneficiarse. Hoy, el hartazgo alcanza decisiones adoptadas a la vista de todos, amparadas en el orden o la disciplina fiscal. Cuando una ley se incumple, una escuela pierde recursos o un gobierno restringe libertades, los ciudadanos dejan de preguntarse únicamente por la capacidad del poder para resolver los problemas. Empiezan a preguntarse a quién sirven realmente esas decisiones.Esa desconfianza crece sobre un terreno económico ya fracturado. Durante décadas, estudiar y trabajar ofrecían la expectativa de ahorrar, construir patrimonio y llegar a la vejez con cierta seguridad. Nunca fue una promesa universal, pero daba sentido a la movilidad social. Ahora, tener empleo no garantiza independencia. Entre 2015 y 2023, la vivienda se encareció más que los ingresos en 27 de 33 países con datos comparables de la OCDE. El salario sostiene el presente mientras el patrimonio se aleja, y heredar empieza a importar más que cuánto se trabaja.En Madrid, Maricarmen Abascal fue desahuciada a los 87 años del piso donde había vivido durante 71. Seguía pagando el alquiler, pero una resolución judicial puso fin a su antiguo contrato y la nueva renta ofrecida superaba su pensión. Murió días después, antes de poder regresar. Su historia llevó a miles a las calles porque muchos jóvenes reconocieron en ella su posible vejez: pasar la vida pagando por un techo y llegar al retiro sin una vivienda propia que los proteja. Las pensiones, presionadas por el envejecimiento y las trayectorias laborales interrumpidas, difícilmente disiparán por sí solas ese temor.La demografía vuelve más peligrosa la contradicción. Naciones Unidas estima que alrededor de cien países conservan la oportunidad del bono demográfico, cuando aumenta la proporción de personas en edad de trabajar. Pero esa oportunidad caduca si la juventud no logra convertir su esfuerzo en bienestar. Otras sociedades envejecen y necesitan contribuyentes, mientras sus gobiernos miran con recelo la migración que podría ayudarlas. El mundo parece empeñado en desperdiciar la juventud donde la tiene y rechazarla donde la necesita.Lo que se agota en las calles es la paciencia con un modelo que pide sacrificios sin ofrecer horizonte. El poder ha sabido sobrevivir a la acusación de incapacidad porque siempre queda la promesa de corregir. Mucho más difícil será sostener su legitimidad cuando quienes lo eligieron se convenzan de que su bienestar fue sacrificado para preservar el de quienes gobiernan.