Los edificios que Guadalajara extraña, IHay ciudades que han crecido conservando buena parte de aquello que las hizo reconocibles. Guadalajara no siempre ha sido una de ellas. Durante buena parte del siglo XX, numerosos edificios que habían sido hitos de la ciudad fueron considerados reemplazables y cedieron su lugar a nuevas construcciones, vialidades o plazas.No se trata de idealizar el pasado. Se trata de recordar que una ciudad también está hecha de los edificios que desaparecen. Y algunos de los que Guadalajara perdió eran auténticos monumentos.La Penitenciaría de Escobedo fue uno de ellos. Durante 88 años ocupó una enorme extensión al Poniente de la ciudad, entre las actuales calles de Enrique Díaz de León, Puebla, López Cotilla y Pedro Moreno. Su fachada neoclásica estaba presidida por un pórtico de proporciones clásicas y un reloj colocado en el friso. La construcción había comenzado a mediados del siglo XIX y en ella participó de manera destacada David Bravo. En 1911 comenzó a dividirse el enorme predio y, conforme la ciudad se extendía hacia el Poniente, la penitenciaría fue considerada incompatible con los nuevos planes urbanos. Los internos fueron trasladados a la nueva Penitenciaría de Oblatos y en 1933 el edificio fue demolido. Dos años después se inauguró en parte de sus antiguos terrenos el Parque de la Revolución.Más antiguo todavía era el Palacio Cañedo, en el número 36 de la calle Liceo, donde hoy se encuentra la Plaza de la Liberación. Construida en 1832 por José Ignacio Cañedo y Arróniz, la casa fue considerada una de las primeras residencias particulares de Guadalajara con calidad de “palacio”, no tanto por su fastuosidad como por su importancia. También fue conocida como el Palacio de los Huesitos. En 1938 André Breton visitó la finca y la describió como el “Palacio de la Fatalidad”, encontrándola ya en franco deterioro. Ocho años después fue adquirida por el joyero Rafael Assad Trejo, quien la demolió para construir locales comerciales. Estos, antes de terminarse, fueron expropiados para dar paso a la Plaza de la Liberación.La Escuela de Jurisprudencia pertenecía a una historia todavía más antigua. El edificio había sido originalmente el Colegio de Santo Tomás de Aquino, un inmueble virreinal que en 1871 recibió una nueva fachada neoclásica, atribuida a David Bravo. Posteriormente albergó al Supremo Tribunal de Justicia y formó, junto con el templo anexo, un importante conjunto urbano en la actual Plaza Universidad. El edificio fue demolido alrededor de 1940 para construir el Edificio Lutecia. El templo, afortunadamente, sobrevivió y hoy alberga la Biblioteca Iberoamericana Octavio Paz.En el otro extremo de la ciudad, sobre el antiguo Boulevard Lafayette, estaba la Escuela de Artes y Oficios. La institución había sido establecida en el siglo XIX para atender a jóvenes de escasos recursos y proporcionarles formación técnica y artística. El inmueble que recordamos fue construido aproximadamente en 1894 y se encontraba en la esquina de Lafayette y Avenida Hidalgo. La escuela pasó posteriormente a manos de los salesianos y en 1914 fue confiscada por los carrancistas. Después de perder sus jardines ante el crecimiento urbano, el edificio central terminó siendo demolido alrededor de 1950. Hoy, en aquel lugar, se levanta la Torre Chapultepec (https://lix.li/0rHLPU)Finalmente estaban las Fábricas de Francia. El establecimiento comercial de Fortoul, Chapuy y Bec se remontaba al siglo XIX, pero fue en 1898 cuando la finca fue remodelada y ampliada hasta convertirse en un verdadero palacio comercial de inspiración parisina, con una fachada Beaux-Arts y ornamentación realizada, según la documentación de Revisiones GDL, con participación de artesanos europeos. Para entonces era el almacén más grande de Guadalajara. En 1948 fue demolido para permitir la ampliación de la avenida Juárez.Cinco edificios distintos, pero unidos por una misma historia: fueron parte de una Guadalajara que ya no existe. Algunos desaparecieron para abrir nuevas avenidas; otros para levantar edificios modernos; otros simplemente porque dejaron de considerarse útiles. En todos los casos, la ciudad perdió algo más que metros cuadrados de construcción: perdió parte de las referencias que daban forma a su paisaje y a su memoria.Ésta es la primera entrega de una serie dedicada precisamente a eso: a los edificios que Guadalajara extraña. No para reconstruirlos en la imaginación, sino para volver a mirarlos y preguntarnos qué clase de ciudad fuimos cuando todavía estaban en pie.