Jueves, 12 de Febrero 2026

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Los colores de la empatía infantil: “Arco”

Por: Arturo Garibay

Los colores de la empatía infantil: “Arco”

Los colores de la empatía infantil: “Arco”

Dos chiquillos que han alcanzado el momento culmen de la niñez -pareciera que en sus horizontes podemos avistar el fin de la infancia- son los protagonistas de “Arco”, un hermoso y magnífico relato de maduración y ciencia ficción que está nominado al Oscar en la categoría de Mejor Película Animada. Aunque “K-Pop Demon Hunters” y “Zootopia 2” -indiscutibles reinas de la popularidad- son quienes se pelearán la estatuilla dorada, me queda claro que “Arco” es -junto con “Amelie y los secretos de la lluvia”- la pieza con mayor artesanía, alma y poesía de entre las cinco nominadas, al menos para mí. Hay en la pieza instantes sublimes.

“Arco” es un chico del año 2932. Pareciera que la humanidad ha alcanzado la utopía, aunque no sin antes haberle dado al traste al planeta. En ese futuro, los seres humanos pueden volar: usan unas capas multicolor muy chulas, con cristales ‘adiamantados’ y refractantes que, además, les sirven para viajar en el tiempo. Sin embargo, para poder hacerlo debes haber cumplido 12 años. Arco apenas tiene diez. Por supuesto, el niño romperá las reglas; en su intento por viajar a la prehistoria para ver dinosaurios, terminará atrapado en el año 2075: una época de desequilibrio ambiental, tormentas arrasadoras e incendios atroces. La sociedad ha alcanzado la plenitud tecnológica, pero el mundo está al borde de la hecatombe climática. Atrapado en un tiempo que no es el suyo, Arco conocerá a Iris, una niña descuidada por sus padres -que se la pasan trabajando de sol a sombra, incluso los fines de semana-, criada por un robot e insatisfecha con su gris realidad. Ella será la gran aliada de Arco en su misión por volver a su época original.

Colorida, preciosa, de sentimientos llegadores y trama fascinante, “Arco” nos invita a reflexionar sobre el presente desde dos futuros: uno muy cercano, muy reconocible, magnético y preocupante a la vez; el otro, sumamente lejano, casi de fantasía, donde parece que todo es perfecto, aunque por debajo de la “perfección” yace la herencia de nuestro presente. ¿Es el futuro algo que a veces soñamos, que imaginamos, o es algo que estamos ya construyendo -o destruyendo-?

“Arco” es, además y especialmente, una pieza sobre cómo se ve el mundo desde la perspectiva infantil; un largometraje sobre la mirada de los niños, la cara impoluta de su relación con la otredad, sobre la importancia de alimentar en ellos la empatía. No, más que eso: de permitirles expresar y sentir la empatía, el ánimo por ayudar al otro que -por cualquier circunstancia- no está en condiciones de ayudarse a sí mismo. Es una película que, entre el dolor o el desánimo de los personajes, enciende siempre el rayo de la esperanza, pero no con la toxicidad engañosa del cine motivacional de Hollywood. Es esta una esperanza palpable, esa que nos permite soñar con algo mejor, que nos invita a seguir adelante, pero que, al mismo tiempo, nos enseña que a veces un mínimo e inocente capricho puede tener consecuencias severas.

De diseño visual hipnótico, colorido y maravilloso, la cinta dirigida y coescrita por Ugo Bienvenu y producida por Natalie Portman es una coproducción de Francia y Estados Unidos que rinde tributo a lo mejor del legado del anime, un estilo gráfico que ha permeado en la cultura visual del planeta y que -aunque reconocemos su titularidad japonesa- ya se ha vuelto patrimonio del mundo entero. La ganadora de Annecy (el festival de cine animado más importante del mundo) presume un acabado impecable y un argumento de aplauso.

La fuerza de “Arco” nos sirve como recordatorio de que el futuro no es un territorio abstracto ni un decorado de fantasía, sino una consecuencia directa de nuestras decisiones presentes. La mirada limpia de estos dos niños funciona como espejo incómodo y luminoso a la vez. Porque si algo deja claro la película es que el porvenir no pertenece a las capas multicolor ni a los viajes en el tiempo, sino a la empatía -o a la ausencia de ella- con la que decidamos habitar el ahora.

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