Domingo, 15 de Febrero 2026
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Lo que parece

Por: Armando González Escoto

Lo que parece

Lo que parece

Ante el dilema multilateralismo o unilateralismo, el presidente Trump parece proponer otra cosa que no es nueva, sino un reciclaje del colonialismo decimonónico que consiste en repartirse entre las potencias el planeta Tierra por áreas de influencia, como sucedió con África o Indochina, o como se hizo después de la Segunda Guerra Mundial en que la Tierra quedó dividida entre potencias capitalistas y potencias comunistas, con sus respectivos “satélites”, y países llamados “no alineados” que al final acababan por alinearse de uno o de otro modo.

El multilateralismo propone una liberación completa de las naciones que podrían ahora optar por vincularse con la potencia que quisieran sin que eso traiga consigo compromisos políticos de ninguna clase, se trataría de una vinculación preponderantemente económica y comercial, pero aún en este caso, sin contratos de exclusividad, contrariamente a lo que se ha venido haciendo en sistemas hegemónicos dominantes.

Trump pugna por un mundo dividido, a más no poder, entre tres ejes: Estados Unidos que se quedaría con Occidente, Rusia con toda la Europa Oriental y su porción asiática, y China con su respectiva área de influencia incluyendo Taiwán, cuya utópica independencia es más producto de una ficción política Occidental, que de un acto histórico sostenible. En esta visión, Europa no sería un cuarto eje, sino parte del dominio norteamericano, si bien con un trato deferente dada su tradición y sus capacidades económicas y tecnológicas respetables.

El sueño dorado sería lograr un eje único y absoluto, una hegemonía total sobre el planeta, pero de momento eso resulta imposible, aún si se lograra la gratitud rusa por Ucrania, la de China por Taiwán, y la de Europa por una renovada protección a cambio de Groenlandia. En este aspecto, la OTAN no tendría ya ningún futuro, pues nacida para defender al Occidente de la Unión Soviética, ya desaparecida, aunque Trump no lo sepa, habría tenido su mayor enemigo en el miembro más conspicuo de la propia organización del Atlántico Norte.

En este reacomodo casi violento de las hegemonías mundiales, en este afán sostenido de renovar y fortalecer el dominio norteamericano, Canadá ha sorprendido al mundo en la persona de su actual primer ministro no sólo por el extraordinario y breve discurso que pronunció en Davos, sino por la serie de acciones y decisiones que ha tomado ante esta volcadura del tablero político hecha por Trump. Así, mientras la mayoría de países latinoamericanos peregrinan a Washington para renovar su pleitesía, Canadá demuestra con palabras y con hechos lo que significa tener dignidad aunque no se sea una gran potencia.

Este vasallaje latinoamericano se ha mostrado universal, acaso con excepción de Brasil, y así vemos que Nicaragua niega visas a Cuba, Cuba pide dialogar con su mayor oponente, Venezuela se entrega sin dilación al gobierno azufroso de Trump, México deja de enviar petróleo, aunque ahora envíe despensas, a la isla comunista, Colombia presume las fotos de su mandatario en la Oficina Oval, Argentina ya es casi el Estado cincuenta y uno y medio de la Unión Americana, en tanto los demás países del continente hacen cola para hacer lo mismo, pues vivimos en un tiempo en que el clásico concepto de la dignidad nacional puede alegremente sacrificarse en el ara de los aranceles.

Una virtud tiene Trump, esa odiosa franqueza con la que dice lo que él piensa y confiesa lo que hace, junto con las reales razones de por qué lo hace, y encima publica a los cuatro vientos lo que seguirá haciendo porque quiere y porque puede, ya que, al parecer, en su país, modelo de democracia, no tenían antídotos legales para prevenir el surgimiento de un dictador, o controlarlo en caso de aparecer.

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