Nuestra ciudad transcurría en calma, el andar era tranquilo, teníamos tiempo de todo; incluso, por raro que os parezca, teníamos tiempo para nosotros, lo que hoy el tráfago de la vida diaria lo hace casi imposible.Se trabajaba de lunes a viernes. Los horarios tradicionales eran de 9 a 2 y de 4 a 7, y los domingos casi todo estaba cerrado y se iba a misa, al mercado, al fútbol y a los toros. Los sábados eran días más o menos libres, pues el domingo había que ir a misa, al mercado, a ver los partidos de fútbol o a las corridas de toros por la tarde, amén de que la mayoría de los comercios cerraban.El sábado se aprovechaba para ir a la peluquería. Cuatro o cinco sillones de cuero rojo, con descansabrazos y reposapiés metálicos, la palanca para reclinar y el pistón de pie para subir y bajar el sillón, los cueros colgando donde los Maestros del corte de cabello asentaban la navaja libre para el contorno de patillas y bigote o para la rasurada, los enormes espejos en las paredes que permitían verse desde distintos ángulos, la mesita con revistas y cómics, y por supuesto los cuadros de los galanes de moda luciendo sus copetes, eran parte de la decoración de las antiguas peluquerías.Había unos sobreasientos que tenían estructura metálica y se ajustaban a los descansabrazos, para que los niños que no alcanzaban a tocar el reposapiés pudieran estar cómodamente sentados mientras se les cortaba el cabello, y cuando eran más pequeños, los papás los tenían en su regazo para que no se movieran; todo un arte cortar el cabello a los pequeñines.La clientela era variopinta, aunque todos convivían sin distinción alguna, y se platicaba con libertad tanto con el vecino de sillón como con el Maestro peluquero de los temas del día, ya fueran de política o de deporte, y que yo recuerde, no escuché a nadie discutir, porque era el respeto a la diversidad de opiniones lo que reinaba en esa época. Justamente los Maestros peluqueros siempre tenían el chisme actualizado de algún político caído en desgracia o el eterno tema del tapado.El ambiente, informal, relajado, con música de fondo, permitía la charla.Los peluqueros cortaban el cabello con tijeras, máquinas mecánicas (unos artefactos en forma de pinza, con cuchillas entrelazadas en forma de peine) que daban unos jalones de cabello que generaban una que otra lagrimilla, las máquinas eléctricas, y por supuesto la llamada navaja libre que, con depurada técnica, los peluqueros usaban utilizando el dedo pulgar y el índice entrelazados y el dedo medio como base, dejaban perfectamente delineado el contorno de aquellos bigotes que estaban tan de moda, llamados los “caminito de hormiga”, que popularizaran Ramón Armengod y Clark Gable; dejaban impecable al cliente.A continuación, la aplicación de agua con alcohol, que sobre la piel irritada producía un ardor que solo se apagaba en la medida en que el peluquero, con el bledo lleno de talco, le polveaba el área, finalizando toda esa obra de arte con el eterno espejo de mano, una vez girado el sillón de espaldas a donde esperaba la clientela, para decirle al peluquero: “Bien, bien, muy bien” (aunque no estuviéramos conformes, entenderá usted las razones).Le quitaban a uno la sabanita y, mientras se ponía de pie a desentumirse, el artista del corte dejaba la navaja y las tijeras, el bledo y la maquinita, para armarse de escoba y recogedor y dejar todo aseado para su siguiente cliente.Eran frecuentes los chistes como: “Oiga, maistro: le dije como siempre, ¡no para siempre!”, o aquel otro en que el peluquero le pregunta al cliente: “¿Cómo quiere que le corte el pelo?” –respondiendo el cliente– “No quiero que me corte nada, quiero que me ponga del que tiene tirado, mire cómo tengo la cabeza, ¡parezco el faro de Alejandría!”, desataban la risa de toda la asistencia, que pacientemente esperaba su turno mientras hojeaba las revistas.Las revistas estaban en una mesita, y allí podía uno leer Visión, Revista de Revistas, Sucesos, Siempre, Mañana, Cine Mundial, Jueves de Excélsior, EL INFORMADOR, o los cómics como Tarzán, Tradiciones y Leyendas de la Colonia, Aventura, Joyas de la Mitología, Epopeya y tantas otras a las que me referiré en otra ocasión. Había una en particular que no estaba tan a la vista por la clientela adolescente y se llamaba Jajá, que estaba reservada para los adultos; debo aclarar, hoy al paso de los años y para los lectores jóvenes, que lo más atrevido que mostraban era a las artistas de moda en traje de baño, hasta ahí; sin embargo, no se las permitían a los jovencitos.En el caso de las señoras, acudían a los salones de belleza o Beauty Parlor con el objeto de hacerse la permanente (no sé si esté bien dicho así o sea “el permanente”), que requería el uso de tubos de plástico donde se enrollaban mechones de cabello; les ponían un líquido cuyo nombre ignoro y, a continuación, las ponían alineadas en los sillones semejantes a los de las peluquerías, pero en el caso de ellas, estaban cómodamente sentadas y tenían encima de su cabeza las máquinas secadoras, como si fueran escenas de ciencia ficción, todas alineadas con su maquinita encima, para después peinarlas y lucir aún más hermosas en la fiesta o la reunión.En el mismo salón, les hacían la manicura y la pedicura, y les hacían sus cortes, entintados o tratamientos regenerativos; las chicas que las atendían eran como los peluqueros con los caballeros: buenas conversadoras, muchas clientas les tenían tanta confianza que más de alguna le compartió sus secretos de alcoba.También tenían sus revistas: Buenhogar, Vanidades, La Familia, La Mujer de Hoy, Confidencias, Mignon, Selecciones y otras más; y el ambiente era cálido y la decoración con el toque femenino, el eterno femenino, expresión que empleo con las debidas licencias de Rosario Castellanos, gran exponente de la dramaturgia nacional.Finalmente, no hay cosa más bella que haya hecho Dios que la mujer, no cabe duda.Bueno, el espacio me ha ganado una vez más; les dejo tarea: ¿recuerdan ustedes algunos nombres de las antiguas peluquerías y los salones de belleza de la ciudad?Solo me resta agradecerles su lectura, no sin antes hacerles una atenta invitación a reencontrarnos aquí, en EL INFORMADOR, el próximo domingo si Dios quiere. No faltará nuestro aromático café, los crujientes bisquets con mantequilla y mermelada, los mejores compañeros en la lectura de nuestro diario.lcampirano@yahoo.com