Una de las consecuencias de la reforma (electoral) al Poder Judicial, una de tantas, es que se instaló una certidumbre, parecida a otras, en otras materias: ante un diferendo con el Sistema de Administración Tributaria, no hay a quien recurrir, los tribunales fallarán, una y otra vez, a favor de la autoridad fiscal, a pesar de las leyes. Originariamente porque el Gran Legislador dictó la nueva Constitución de la República el 6 de abril de 2022: “no me vengan con que la ley es la ley”. Con denuedo han aplicado la ley López Obrador, de índole eminentemente antidemocrática, gobernadores, presidentes municipales, funcionarios de las fiscalías, policías, personas juzgadoras y por supuesto los corruptos y los criminales (las masacres y balaceras recientes dan cuenta de esto: ni leyes ni responsables de hacerlas cumplir). Cuidado: esto no implica que antes de esa fecha México fuera el país de la legalidad, es sólo que resulta fundante que el Jefe de Estado lo afirme de manera categórica e inapelable, al estilo lopezobradorista.Pierre Hasnner, en el libro “Historia de la filosofía política”, compilado por Leo Strauss y Joseph Cropsey, comenta a Emmanuel Kant, el concepto “reino de los fines”: “«Reino» es la vinculación sistemática de varios seres racionales por leyes comunes, y el reino de los fines es la conjunción de seres racionales unidos por leyes objetivas que tienden precisamente a unir esos seres a la vez como fines y también como útiles a los propósitos particulares de cada uno, es decir, como medios.” “En el reino de los fines -escribe Kant-, no es al gobernante al que habla el deber, sino a todos y cada unos de sus miembros en el mismo grado”. Y continúa Hasnner: “El reino de los fines es una república basada en la reciprocidad. Sería imposible exagerar la importancia de la reciprocidad para la moral. El deber es nada menos que la necesidad práctica de actuar de acuerdo con el principio de reciprocidad, que da expresión no sólo a la igualdad de los seres humanos en dignidad, sino a su base en la racionalidad. La reciprocidad es, por excelencia, el principio de interacción entres seres racionales, agentes que adaptan sus relaciones entre sí con objetividad.”Actuar recíprocos, vinculados por leyes comunes que no sólo rigen obligatoriamente, sino porque, en el juego de la racionalidad y la moral, cada una, cada uno, las toma como propias (esencial para considerarlas comunes), merecedoras de ser tomadas como valores personales para relacionarnos objetivamente, con reglas compartidas, con las otras, con los otros, porque, además, son nuestros iguales.Pero si las leyes comunes no tienen valor alguno. ¿Cuáles son las que, de una manera u otra, rigen en el día a día, las que modulan las relaciones sociales de cualquier índole? Las del más fuerte, mujer u hombre. Sea el que infunde miedo ilegítimo con ardides legaloides, los ya dichos sables fiscales, la amenaza a las libertades con el ejercicio personal del poder público que se detenta sin límites legales, sin contrapesos formales. Sea que la fuerza se demuestre con la violencia de las armas y el terror. Al cabo, cualquiera de los anteriores lo que hace es meter bajo su égida moral a la sociedad, o a parte de ésta: si no hay leyes comunes, el discurso de los valores individuales del poderoso se convierte en el gran legislador. López Obrador a la cabeza, seguido acríticamente por Claudia Sheinbaum, determinan quién hace el bien y quién el mal, a despecho de las leyes: nombran a personas a las que llaman corruptas, pero no les siguen un proceso jurídico ¿para qué? En su código, suficiente castigo es hacer público que no le tienen aprecio a quien señalan. Las leyes y el debido proceso son, para ellos, innecesarios; tanto, que también exoneran a quien sea, según les conviene.Los representantes de la cuarta transformación quedan muy a la mano para revelar la calidad del estado de derecho en México. Pero enlazados al desprecio a las leyes, es decir, a lo común que no excluye a nadie, están los poderosos que asumen el mandato moral de la sociedad: si los líderes del morenismo saben lo que política, jurídica y económicamente necesita el país, otros con menos poder hacen su lucha rinconera, dicen saber lo que moralmente es bueno para la gente, para las niñas y los niños; y sus encendidas arengas sorprenden: de Tijuana a Ensenada no faltan los moralistas que ni por asomo son igual de intensos contra los corruptos, contra los violentos, a los que seguramente consideran en la esfera de la política que no les atañe, y como la moral, la suya, sí la dominan: cuidado con quienes piensen diferente. Anatema para las leyes que escapen a su moralidad.Amartya Sen, en “La idea de la justicia”, escribe sobre “resistir la visión relacional según la cual debemos algo a los vecinos que no debemos de ningún modo a las personas que están fuera del vecindario.” Tanto el populismo de los gobernantes de la República como el moralismo de otros con poder, atenidos a “no me vengan con que la ley es la ley”, dependen, para evaluar lo correcto del rumbo que eligieron para todas, para todos, de la respuesta de su “vecindario”, de los “vecinos” a los que algo deben y de los que, irremediablemente, no reciben sino alabanzas. Sen, en la misma obra, a “la completa independencia respecto de las características personales” la califica: “El «nirvana»”. Populistas y moralistas están lejos de ese nirvana, de la liberación de los deseos, de la consciencia individual y de la reencarnación. Al contrario, bajo su férula, quienes estamos fuera de su vecindario quedamos atados a sus deseos, a su ego y a su idea de trascendencia moral. En la república basada en la reciprocidad que conciben populistas y moralistas -a veces son uno mismo-: a su nirvana corresponde un infierno para otras, para otros.agustino20@gmail.com